Pijama, dientes, pastillita y a dormir

Es mejor, a estas alturas, no llevarse a engaño y aceptar que Freud tenía razón: cualquiera daría un brazo por que le contaran un cuento antes de irse a dormir y poder entregarse al canto de las sirenas con el runrún de una historia de las buenas, una de ésas que logran hacer olvidar las miserias del día. La versión dramática de Sin noticias de Gurb de Eduardo Mendoza a cargo de Rosa Novell es en gran parte un cuento invocado con acento maternal para aliviar las pesadumbres de la jornada: la diversión que promueve es la que conduce a la serenidad y la ausencia de complejos, ya que la representación mantiene el carácter ingenuo y entrañable de los personajes. La novela no sólo se recrea, sino que se convierte en otra cosa, como si la encarnación de los gestos de cariño que contiene el papel transformara al libro hablado en un verdadero beso de buenas noches. Si las madres supieran de la existencia de Gurb, contarían su odisea cada noche a sus adorables polluelos.

Al comienzo de la función, uno cree que Rosa Vallés va a pasarse la hora y media sentada en el sofá con el libro entre las manos, y de alguna forma esta idea apetece. Sin embargo, al minuto la actriz comienza a conquistar el escenario, presentado con luces tenues, con movimientos y carreras de acá para allá, confiriendo a su narración agilidad, ritmo y más humanidad si cabe. Mientras la acción transcurre con su ritmo hipnótico, en la perfecta cadencia y dicción de Vallés y en el trazo del argumento que diluye con las manos, uno recuerda al chino que mantiene la ilusión de que vive en San Francisco años después de haber desembarcado en Barcelona y pinta ahora la escena con mucha más hilaridad. La risa es nueva. En la voz de la actriz, Sin noticias de Gurb es más que un descubrimiento escénico, es casi una ceremonia de reconciliación con uno mismo, una aceptación del regalo de ser quien se es, que no es poco. Y qué sueños tan felices.

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