Piratas del Caribe interestelar

Animación-Space opera, Japón, 2013, 123 min. Dirección: Shinji Aramaki. Guión: Harutoshi Fukui, Kiyoto Takeuchi. Música: Tetsuya Takahashi. Cines: Málaga Nostrum, Vialia, Plaza Mayor, Píxel, Miramar, El Ingenio.

Con su estética sintética de aspiración hiperrealista, a mitad de camino entre la animación 3D y el videojuego, no muy lejos del Tintín de Jackson y Spielberg aunque en clave siniestra y barroca, Capitán Harlock, toda una superproducción en su género avalada por la Toei, adapta el manga de Leiji Matsumoto (1977) y sus entregas de anime televisivo (Rintaro) para resucitar los peores fantasmas de aquella Final Fantasy de comienzos de siglo que avivó el fuego de las teorías de Masahiro Mori sobre el Valle Inquietante, esas que nos hablan de la peligrosa frontera de toda simulación que, en su cercanía a lo humano, sus formas y movimientos, acaba produciendo un contraproducente efecto rechazo en el espectador.

A este fantasma se le añade ahora el cargante paisaje de un futuro apocalíptico y distópico que recupera también una desgastada y abigarrada iconografía posmoderna para presentarnos naves espaciales de apariencia orgánica y piratas interestelares con capa, cicatriz y parche en el ojo en un espacio sideral en el que la vida en el planeta Tierra no es sino una utopía de reinicio y redención para sus héroes y protagonistas, que lucen para la ocasión unos pelazos digitales dignos de Marco Aldany.

Densa y farragosa, bastante pretenciosa y altisonante en sus vuelos y sentencias filosófico-humanistas entre secuencias de acción y destrucción masiva, Capitán Harlock no termina de funcionar ni como parábola visionaria de mensaje ecologista, ni como space-opera deudora de los grandes hitos del género (Guerra de las Galaxias mediante). Tampoco como duelo fratricida de dobles con ecos de tragedia clásica, y mucho menos en sus contados y obvios apuntes de erotismo galáctico para aficionados al hentai más blando e inocente.

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