Arte

Revisión y alegorías locales

  • La exposición que el Centro Cultural Provincial dedica a la figuración malagueña de los 80 revela con acierto las inspiraciones y conexiones de sus protagonistas

Una sensación agridulce queda con esta exposición que revisa la nueva figuración malagueña de los 80. Sentimos que se ha perdido una excelente oportunidad para haber realizado una aproximación más exhaustiva y profunda, posiblemente por las limitaciones espaciales que ofrece el Centro Cultural Provincial. La articulación de las obras también podría haberse sometido a otros parámetros distintos a los de la ordenación por autores, quizás hubiera sido más ilustrativo y enriquecedor por temas, lo que acentuaría el modo tan disímil de reformularlos y el eclecticismo del que gozó aquella generación (Bola Barrionuevo, Durán, De Molina, Muriel, Padilla, Santos, Seguiri, Tato y las inclusiones, legítimas aunque tal vez forzadas, de Córdoba y Calvo Capa).

No obstante, una vez manifestado lo agrio y perfectible, hemos de señalar que la muestra nos brinda la oportunidad de situarnos y aprehender con una visión parcialmente de conjunto los autores, temas, influencias y estilos que protagonizaron y se concitaron en la neofiguración malagueña, claramente deudora de la Nueva Figuración madrileña de los 70 (Chema Cobo, Alcolea, Franco y Pérez Villalta sobrevuelan), y, a su vez, de las influencias y ecos que alimentaron ésta (Gordillo, Hockney, Kitaj, Boshier).

Según se alejaron cronológicamente de la vinculación y recepción de lo madrileño (no podemos olvidar las implicaciones con la capital de Durán o Bola Barrionuevo, sin olvidar la presencia compartida como en la obra de Pérez Villalta de Torremolinos, Pedregalejo, La Malagueta, el Paseo Marítimo o los hotelitos-palacetes de La Caleta y el Limonar), los autores malagueños, ya entrados los 80, ejemplificaron un conocimiento, relativamente cercano, de fenómenos como la Transvanguardia italiana, Los Nuevos Salvajes alemanes o, incluso, la pintura francesa del momento, en correspondencia con otros núcleos artísticos nacionales tradicionalmente mejor conectados e informados. Los neofigurativos malagueños, por tanto, no sólo singularizaron su obra respecto a los madrileños (extremo originado por su lógica recepción postrera, por un gran dinamismo y eclecticismo y por los temas propios), sino que vinieron, por una parte, a dinamizar la escena local a pesar de las lacras, carencias y déficits culturales y artísticos; empresa ésta compartida con el Colectivo Palmo, el taller 7/10, experiencias artísticas a la postre trascendentales y comprometidas como la de los Agustín Parejo School o la novedosa programación de la galería del Colegio de Arquitectos, en la que, incluso, algunos de estos pintores (Durán y Seguiri) participaron en el Templicon, original proyecto de Juan Antonio Ramírez, todo un posmoderno ejercicio de integración de las artes y convergencia con corrientes foráneas que devino máquina simbólica. Málaga pareció estar cerca de la pretendida modernidad -o posmodernidad, según se mire-, además de crear dinámicas culturales gracias a esas sinergias. Tal vez pobres en equipamientos pero no en vida cultural. Por otra parte, este grupo vino a converger sin una excesiva dilatación con tendencias aún vigentes e incluso relativamente emergentes en algunos escenarios artísticos nacionales e internacionales, cuestión que venía a ser novedosa durante la segunda mitad del XX en Málaga (a excepción de las obras de Barbadillo, Chicano, Peinado o Brinkmann), al tiempo que superaba la figuración fantástica que reinaba en la ciudad desde los 60.

La Nueva figuración malagueña, como se desprende esta exposición, fue un conglomerado ecléctico de estilos, facturas pictóricas y temas: pura heterogeneidad aunque se prefiguran asuntos medulares en muchos de estos artistas. Concilió los débitos al núcleo madrileño y a sus fuentes con nuevas aportaciones formales y lingüísticas ya mencionadas. Además consiguió manifestar como tema propio (o singular) un hedonismo, una alegría de vivir y un carácter lúdico de la vida que se asentaba sobre distintos ámbitos: la comunión con lo urbano (reflejado por espacios que pasaron a ser míticos) y con la continua presencia de la playa como espacio de plenitud; la atención a la arquitectura del relax, así como atender a las nuevas prácticas del ocio.

A todo esto ha de sumarse la cita a la Antigüedad y la mitología grecolatina (tema consustancial a la figura de Pérez Villalta), lo que unido a la alusión al medio urbano y natural -en algunos casos construyen verdaderas alegorías de lo local- como lugar primigenio, de plena sensualidad, de intercambio popular y tendente a las nuevas sofisticaciones de las sociedades desarrolladas, suponía una reformulación de ciertas claves mediterraneístas que recorrieron el arte español del siglo XX.

Junto a ello, autores como Durán o De Molina insistieron en muy distinto grado en el tema de la pintura (una de las constantes de la neofiguración madrileña), al modo de cita dentro del expresionismo aprendido en Alemania de De Molina (algunas obras recuerdan a Penck) o como reflexiva indagación metapictórica en Durán.

Por último, en correspondencia con algunas claves del momento, y según qué autores, ensayaron el carácter narrativo de la imagen, la densificación, la alegorización, la recuperación de la historia del arte y los procesos de simbolización del universo icónico.

Centro Cultural Provincial C/ Ollerías, 34. Hasta el 22 de diciembre

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