Vidas de papel

  • En el 400 aniversario de la desaparición de Shakespeare y Cervantes, seis autores comentan el carácter inspirador y los momentos novelables de las vidas de ambos

Cuatrocientos años después de sus andanzas en cuerpo y sangre, de lo que ellos fueron sólo quedan, con suerte, algunos huesos. Con inigualable sentido dramático, William Shakespeare y Miguel de Cervantes se pusieron de acuerdo en expirar con escasa diferencia. Pero mientras sus palabras siguen enteras, intactas, contundentes, sus vidas discurren entre comillas. Incluso las certezas se las arreglan para quedar en brumas. En la jornada inaugural de la Feria del Libro, seis escritores comentan qué encuentran inspirador en la existencia de ambos autores: unas biografías que dejan claro que ambos habrían ejercido de excelentes personajes de sí mismos.

Felipe Benítez Reyes

Ha obtenido premios como el de la Crítica y el Nacional de Poesía ('Vidas improbables') o el Nadal ('Mercado de espejismos'). La semana que viene publica 'El azar y viceversa' (Destino).

Para el autor roteño, lo más fascinante "tanto de Shakespeare como de Cervantes es que ambos tienen mucho de fantasmagoría prestigiosa". "Te lees una biografía de 600 páginas del inglés -continúa- y te das cuenta de que, si se ciñera a los datos de su vida que se conocen, se podría reducir a seis páginas. De la vida de Cervantes tampoco sabemos mucho, aunque las conjeturas suelen ser elásticas. Ambos tienen una vida en sombras, y no está mal que sea así, porque los convierte más en personajes literarios que en literatos. Al menos a Cervantes no se le discute la autoría de las obras que firmó, que es un debate en cambio que afecta intensamente a Shakespeare. El momento de la vida de ambos que prefiero es ese en que por primera vez cogen la pluma y piensan: "A ver qué sale...".

Jesús Maeso

Es uno de los más reputados autores de novela histórica, con títulos como 'El lazo púrpura de Jerusalén', 'La cúpula del mundo' o 'La caja china'.

El autor jiennense afincado en Cádiz confiesa no conocer tanto de la vida de Shakespeare como de la de Cervantes, aunque las de ambos, dice, "están llenas de enigmas". "¿Qué hacía en Stratford-upon-Avon vendiendo lanas en la madurez de su vida? Resulta incomprensible -comenta-. Pero no lo es menos don Miguel de Cervantes, que comienza El Quijote a los 58 años y leía los papeles que encontraba en el suelo, como un devorador de palabras".

"Yo creo que en Cervantes pesan varios avatares de su apaleada vida que influyen directamente en su obra: la contienda de Lepanto, que le hace tener una nueva visión del mundo que le hace aborrecer a los gobernantes tiránicos. Los cinco años de cautiverio en Argel, que templan su carácter hacia la compasión por sus semejantes y el amor hacia la libertad. La lucha diaria por la subsistencia que lo hace un escéptico de la vida y triste conocedor de los abusos de los poderosos; una vida privada atormentada que lo vuelve irónico; la pureza de sangre, que siempre lo perseguirá convirtiéndolo en un crítico cerval de la religión, y las desventuras que sufre como comisario de los impuestos del Rey, donde conoce, como diría don Quijote, que en estos reinos existe la ley del embudo: lo ancho para el noble y lo estrecho para el pueblo. Y finalmente el frío de la cárcel en Argamasilla, que le hace arder su privilegiada mente y su corazón de escritor y sale de su pluma El Quijote".

Montero Glez

Actualmente, se encuentra revisando el que será su próximo título: '¡Al cajón!', una crónica sociopolítica, de corte reflexivo, sobre las pasadas elecciones municipales en Cádiz. Entre sus títulos, 'Pólvora negra', 'Pistola y cuchillo' y 'Talco y bronce'.

"Lo que más admiro y me sorprende de Cervantes está en el prólogo a El Quijote". Para el autor madrileño, el presidio fue también fundamental en la creación de todo el universo y el espíritu de este clásico: "Cervantes crea a sus personajes más libres desde la cárcel, y pide disculpas porque, de haberlo hecho en un sitio más relajado, escribe él, las musas se hubieran acercado más. Viene a decir que el artista crea no con el estómago vacío, sino bien lleno. Al contrario de lo que se piensa, así es como se hacen las más grandes revoluciones: el hambre es servil, no hace al hombre creativo para nada. Si no lo hubiese hecho estando en prisión, la novela sería muy distinta. Es un hombre que escribe de vuelta de todo y esperando nada".

En torno a los pasos de Shakespeare, Montero Glez encuentra "especialmente inspiradora toda la conspiranoia que hay en torno a su vida". "Una de estas teorías señala que no existió y que, en realidad, Shakespeare era un seudónimo de Francis Bacon: un tipo muy perverso y con un sentido bastante mecanicista de cara a la naturaleza, pero que luego tenía sus cosas de ocultista, muy complejas, como sus textos sobre la Atlántida... Me gusta pensar, como absoluta hipótesis, que Shakespeare era este hombre que se aburría y se dedicaba a escribir tragedias".

Pablo Gutiérrez

Profesor de Literatura en Sanlúcar de Barrameda, fue Premio Ojo Crítico de Narrativa por 'Nada es crucial'. Entre sus títulos también están 'Los libros repentinos' o 'Democracia'.

"La biografía de Shakespeare es una pura conjetura: se duda hasta de la autenticidad de sus obras y existen especulaciones sobre si era o no un nombre ficticio adoptado como pseudónimo por varios dramaturgos. Todo ese misterio es estimulante, claro, y especialmente una etapa que suelen llamar los años oscuros de su vida, donde se le pierde la pista y ya no se vuelve a saber de él hasta que no se ha convertido en un dramaturgo de éxito. Curiosamente, los episodios más novelables de su vida están alejados del teatro: su relación extraña con la que fue su esposa según los documentos de herencias, Anne Hathaway. Juntos tuvieron tres hijos, dos mellizos, uno llamado Hamnet que murió de niño, y parece imposible no enlazar el nombre con Hamlet (aunque el nombre del personaje provenga de una leyenda anterior, uno de esos relatos de los que se nutrían los dramaturgos del momento, que no buscaban la originalidad argumental ni nada parecido). Después de nacer los pequeños, Shakespeare hizo un clásico: se marchó de casa, y ahí os quedáis con los mocos y los pañales (isabelinos) que yo me voy a vivir la ancha vida de los teatros londinenses. Y a partir de ahí ya nos imaginamos una vidorra de fabulosas historias nocturnas, borracheras, duelos, poesía, teatro... La vida que uno querría vivir, vaya. Lección terrorífica para la existencia: entonces, ¿no es posible conciliar vida laboral/estelar con casa/bebé/abnegado esposo? Desde finales del XVI hasta ahora, ya ves...".

"La de Cervantes, por el contrario -continúa- es la historia de un perdedor. Un perdedor en todos los frentes, en plan películas de cine negro: el veterano de guerra herido, secuestrado y sin nadie para pagar su rescate, el funcionario encarcelado por (ejem) exceso de celo en su labor como recaudador de impuestos y por molestar a enemigos poderosos, el escritor frustrado, incapaz de encontrar su tono y su público, incapaz de conjugar las letras con la necesidad de ganar dinero, el escritor plagiado (Avellaneda) que ve cómo circula de mano en mano esa novela que escribió con rabia de preso sin que le aporte beneficios, y sorprendido también de que la obra que escribió con más descuidado estilo (su gran obra era La Galatea) sea la única que gusta a la gente. Cervantes quería la vida de Shakespeare, precisamente, la del autor de éxito que es aplaudido en los corrales con amantes sin número, en plan Lope. Eslava Galán ha narrado un episodio enigmático de su vida, la aparición de un hombre asesinado en su casa, en una situación extraña donde pudieran estar enredadas las hermanas de Cervantes, que pudieron haber sido prostitutas. Eso da para una historia, desde luego, una historia muy a la española, de excesos, inmoralidades, pobreza...".

Eva Díaz Pérez

Periodista cultural, en su trayectoria como escritora ha sido finalista del Premio Nadal con 'El Club de la Memoria' y ganadora del Premio Málaga de Novela con 'Adriático'.

"Creo que hay un momento en la vida de Cervantes que es como uno de esos golpes de timón que hacen que su biografía dé un brusco cambio de rumbo. Y ocurre en Sevilla, cuando pide al Consejo de Indias ocupar un cargo en América pero es despachado de malas formas con un busque por acá en qué se le haga merced. Y menos mal, porque siempre me ha fascinado pensar qué habría sido de Cervantes en el Nuevo Mundo, porque con Mateo Alemán, con el que por cierto compartió padecimientos en la Cárcel Real de Sevilla, se pierde incluso su rastro cuando marcha a México, algo parecido a lo que le pasa a Gutiérrez de Cetina. Y, sobre todo, es fabuloso pensar si realmente habría escrito allí El Quijote y cómo, porque quizás pesara en él la melancolía o la nostalgia imprimiendo a la obra otro aire bien distinto".

"Por cierto, Salvador de Madariaga escribió una fantasía histórica, como llamó a la obra El 12 de octubre de Cervantes, en la que fabula con ese momento. Sitúa a Cervantes en una taberna de Sevilla en 1592 cuando se celebra el primer centenario del Descubrimiento. El escritor se queda dormido y sueña con los personajes que aún no ha escrito. Quijote y Sancho Panza intentan convencerlo desde el sueño para que no parta a las Indias. El hidalgo cree incluso que un brujo encantador está intentando torcer la vida del autor que ha de escribir su historia y, al modo pirandelliano, se cuelan en sus pensamientos. Finalmente, Cervantes despierta y decide no marchar al Nuevo Mundo porque aquí tiene una empresa mucho más importante".

Juan Bonilla

Premio Biblioteca Breve con 'Los príncipes nubios' y Premio de Novela Vargas Llosa con 'Prohibido entrar sin pantalones', entre sus títulos se encuentran 'El que apaga la luz' o 'Nadie conoce a nadie'.

"De Shakespeare me impresionan mucho sus últimos años, cuando se retira, después del incendio de su teatro. Y me impresiona el testamento en el que deja claras sus preferencias por una hija -de la que hay quien asegura que estaba enamorado, lo que se refleja en La Tempestad- mientras que prácticamente no le deja nada a la otra -casada con un mal tipo que se vio envuelto en un escándalo sexual que acabó por amargarle sus últimos días-. Y me impresiona que el hombre que escribió obras que aún nos dicen tantas cosas y tanto nos emocionan -aunque creo que tenía, al contrario que Cervantes, mucho más de poeta que de constructor de historias: sus historias siempre acuden a la exageración con insólita eficacia-, una vez retirado se dedicara a litigar por unas lindes en su pueblo o pasara el tiempo ocupado en sus negocios de propietario de tierras. Y que en su testamento no dejase una moneda para los pobres del lugar. Ese Shakespeare final, como cansado y de vuelta de todo, con su punto de desprecio hacia los otros, me parece un excelente personaje de Shakespeare. El hombre que dio voces a príncipes torturados y a enamorados y a reyes y a emperatrices, haciendo mutis dedicado a negocios vulgares. Y de final tan poco heroico que ni siquiera nadie se paró a consignar de qué le vinieron las fiebres que lo mataron (no fue hasta mucho después de su muerte cuando empezó a surgir esa empresa que conocemos como biografías de Shakespeare".

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