Viva el culebrón, oiga

Teatro Cervantes. Fecha: 9 de diciembre. Dirección y dramaturgia: Antonio Onetti. Texto: Josep María Benet i Jornet, Rodolf Sirera y Antonio Onetti. Reparto: Cayetana Guillén-Cuervo, Antonio Valero, Ricard Borrás, Verónika Moral, Jaume García, Sebastián Haro, Jaime Menéndez y Lara Grube. Aforo: Unas 350 personas (menos de media entrada).

Vaya por delante que la serie de televisión Amar en tiempos revueltos despierta simpatías en un servidor por su naturaleza resueltamente teatral, lo que resulta de agradecer ahora que casi cualquier producción audiovisual asume el apelativo teatral como peyorativo. Pero he aquí un caso único: resulta que esa misma serie es mucho más respetuosa con el hecho teatral, y más teatral incluso en su naturaleza, que la adaptación escénica de una de sus tramas a priori más aptas a la dramaturgia. Esta obra de teatro, si es que llega a serlo, se comporta como una cosa plana, inerte, tan excitante como una mesa camilla. Del Antonio Onetti que conocíamos como autor y director no queda mucho (por más que él mismo sea responsable también de la serie), si acaso su interpretación maniquea de la historia, aunque habría que recordarle que convertir a los falangistas en permanente caricatura hace un flaco favor a quienes desde una postura más racional trabajan aún en revelar la brutalidad del régimen franquista. Si el espectador no ha seguido la serie, es mejor que desde el principio desista de entender algo: la dramaturgia no funciona como tal, sino que se reduce a una mera sucesión de acontecimientos insostenibles pero que cuentan, claro, con que el respetable ha visto el culebrón, así que directamente se salta todo lo relacionado con construcción de personajes, motivaciones, contextos, contrastes y matices. Todo consiste en hablar muy rápido para que el público tenga la sensación de que está pasando algo.

Pero lo peor de todo es el reparto. El berrinche que simula Cayetana Guillén-Cuervo cuando Luisito le dice que se larga a hacer una película, zapatazo incluido, debería grabarse y estudiarse como antiejemplo de réplica dramática. Antonio Valero se limita a aprender tres posturas (en serio, no conté más) y a soltar sus textos como si estuviera dando el pésame, aunque vaya a besar a la chica. A Verónika Moral no hay final de frase que se le entienda (alguien tendría que explicarle, y también al resto, que el tono engolado no es garantía de nada; más bien al contrario). Y Jaume García parece saber que su personaje no tiene sentido alguno, y actúa en consecuencia. Eso sí, en la función de ayer casi todos cometieron fallos inexplicables. Hubo momentos en que cabía admitir que el teatro puede ser ridículo. Y aunque no hubiera voluntad, tal desaguisado resulta imperdonable.

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