Vuelve el hombre (con su culpa)

Drama, Reino Unido, 2011, 99 min. Dirección: Steve McQueen. Guión: Steve McQueen y Abi Morgan. Fotografía: Sean Bobbitt. Música: Harry Escott. Intérpretes: Michael Fassbender, Carey Mulligan, James Badge Dale, Nicole Beharie, Jake Richard Siciliano, Hannah Ware. Cines: Alameda, Albéniz.

Ya en Hunger, el primer largo del reputado videoartista británico Steve McQueen, el cuerpo de Michael Fassbender, el hombre deseado del momento (Fish Tank, Malditos bastardos, X-Men, Jane Eyre, Un método peligroso), era la atracción central en la agonía del activista del IRA Bobby Sands, una historia atravesada por la violencia institucional y la degradación física como acto político en torno a un episodio clave del conflicto norirlandés en los años 80.

En Shame, un filme con todos los ingredientes para conquistar al gran público adulto avalado por premios y reconocimientos, el cuerpo fibroso, bien dotado y apolíneo de Fassbender también absorbe los desplazamientos y pulsiones de un atractivo yuppie adicto al sexo al que la visita de su conflictiva hermana (la no menos ubicua Carey Mulligan) alterará su rutina de cazador solitario atado a una mecánica de insatisfacción.

McQueen insufla a un ambiente sofisticado y a un argumento morboso ese plus de estilización arty que lo distancie de una propuesta al uso. En efecto, aunque ahora con menos atrevimiento y rigor conceptual que en Hunger (en la que había una secuencia de conversación de más de 15 minutos rodada en un único plano), la puesta en escena prima los planos largos y sostenidos, regalo para unos intérpretes que pueden trabajar el gesto en el espacio y modular los diálogos en grandes bloques de tiempo (como en la secuencia en la que Mulligan canta el New York, New York), y la banda sonora es generosa en pasajes de empaste de intensidad elegíaca y guiños culturalistas (preludios de Bach y solos de Chet Baker).

El virtuosismo y la elegancia visual de Shame, sus deslumbrantes paisajes nocturnos urbanos, sus apartamentos, oficinas, vagones de metro y habitaciones de hotel que dejan ver el exterior, no ayudan a frenar empero la deriva moral, más bien moralizante, de su trayecto narrativo, demasiado empeñado en condenar las adicciones y los excesos, filmados a mitad de camino entre el pudor y el atrevimiento autorizado para mayores de 18, de un hombre herido y solitario, otro autista emocional de manual de autoayuda que encuentra en el sexo de pago y el onanismo compulsivo las vías de escape para calmar su inexplicable y gratuita angustia. Y es que, a pesar de todo, no debe cundir el pánico: la salvación llegará a tiempo, el castigo sólo era un aviso.

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