Museo

De ángeles y máquinas

  • El Museo Jorge Rando acoge hasta el 26 de marzo la primera exposición en España del alemán Ernst Barlach (1870-1938), maestro del expresionismo.

Un año después de su inauguración, el Museo Jorge Rando ha logrado convertirse en lo que pretendía: un "salón de estar del arte en Málaga", tal y como en su momento expresó su mentor. El centro se ha consagrado como un equipamiento modélico en cuanto a la capacidad de regeneración urbana que se les supone a los museos: sus exposiciones, visitas guiadas, conciertos, proyecciones de cine, mercadillos y demás actividades, todas rigurosamente gratuitas, han abierto una brecha a favor de la cultura en el corazón del barrio del Molinillo, donde el museo, instalado junto al convento de las Mercedarias, tiene su casa. Pero ahora, el proyecto demuestra que también es capaz de competir con el resto de espacios para el arte en Málaga (que no son precisamente pocos ni pobretones) en la organización de exposiciones internacionales de primer nivel. Ya Jorge Rando apuntó también que su museo serviría para introducir en España a sus maestros, los maestros alemanes del expresionismo, por lo general desconocidos en esta orilla. Y así su museo inauguró ayer la muestra Ernst Barlach. Figura de un futuro mejor, dedicada al artista alemán, que podrá verse hasta el 26 de marzo. La iniciativa ha sido organizada por la Ernst Barlach Gesellschaft en un trabajo conjunto con el Museo Jorge Rando y ha sido comisariada por la directora artística del Museo Barlach de Hamburgo, Heike Stockhaus, que ayer estuvo presente en la inauguración junto a Jorge Rando; la concejal de cultura, Gemma del Corral; y la directora del museo, Vanessa Díez.

La exposición recorre, con más de ciento cuarenta obras entre escultura, dibujo y obra gráfica (entre ellas algunas piezas monumentales como la escultura Güstrower Ehrenmal -El ángel flotante-, recientemente expuesta en el British Museum de Londres; o Der Bettler-El mendigo-), las etapas creativas de un artista que convirtió su obra en testimonio del mundo y en icono de la paz. La creación artística de Barlach (1870-1938) fue considerada por el nazismo como arte degenerado: más de 400 obras fueron confiscadas, desarmadas y parcialmente destruidas desde el ascenso de Hitler hasta la muerte del artista. Cien años después, El ángel flotante es considerado un icono mundial del pacifismo. Tal y como explicó ayer Vanesa Díez, receloso a las ciegas promesas del bienestar de su época, Barlach luchaba por un concepto de progreso "que caminara hacia un futuro donde primasen los valores humanistas, éticos y espirituales". Un viaje en 1906 a Rusia le inoculó una ferviente admiración por el arte popular, inspirándole el pueblo y campesinado ruso. Tras este viaje previo a la Revolución de Octubre, su obra estuvo protagonizada por campesinos y mendigos, vagabundos y buscavidas, figuras sencillas, solitarias, escépticas e introspectivas con las que se enfrentaba a la glorificación de la técnica, del racionalismo y del materialismo y se rebelaba ante la veloz aceleración de la temprana sociedad industrial. "La obra de Barlach transciende a su extraordinaria relevancia estética, convirtiendo la parcela invisible del ser humano, de manera fascinante, en arte", subrayó Díez.

La comisaria de la muestra, Heike Stockhaus, explicó cómo Ernst Barlach "se dio cuenta de que la transformación de su tiempo conllevaría el fundamento del déficit que nos ocupa hasta el día de hoy: el nuevo materialismo, el empleo de las máquinas. La modernización de principios del siglo XX no sólo cambió fundamentalmente la relación entre el hombre y Dios y sus leyes, sino también la orientación de las personas entre el presente y la eternidad". Así, la representación de las figuras de Barlach, sacadas de la vida real, con toda su humanidad, enfrenta al espectador "a la pérdida de valores de nuestra existencia". La comisaria recordó igualmente que la idea del concepto de sus figuras nació durante su viaje a Rusia en 1906: "Este viaje le proporcionó nuevos impulsos en el pensamiento y la concepción de su obra que le acompañarían en el libre desarrollo de su trabajo hasta su muerte, siempre con nuevas facetas". Y el mismo Ernst Barlach manifestó en su momento: "Yo encontré en Rusia esta asombrosa unidad entre lo intrínseco y lo extrínseco: así somos los humanos, todos mendigos y en el fondo existencias problemáticas. Por todo esto tenía que crear lo que veía".

El posterior estallido de la Primera Guerra Mundial dejó, necesariamente, una profunda impronta en Barlach, si bien, "al contrario de los memoriales que se construyeron en toda Europa", el artista no glorificaba en su obra "el patriotismo de los héroes caídos en la guerra, sino que conmemoraba la paz; sus obras son la representación de la paz". Ahora, el genio invita a "abandonar el teatro del mundo y contemplar, lejos de todos los espejismos, los contornos de una verdadera y pura existencia". El siglo XXI tampoco podrá ser el de la indiferencia.

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