La autodestrucción y la misma moneda

  • Quince años después de su estreno, 'El club de la lucha' de David Fincher es un objeto ferozmente contemporáneo

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El club de la lucha nació hace quince años como película, y dieciocho como novela, como coyuntura personal, como respuesta a una vida acostumbrada a la rutina, a los designios de una sociedad sentenciada a consumirse en si misma y a orientarse según una alternativa autodestructiva. En este sentido, esa tangente es inconsciente, más dirigida al egocentrismo de los individuos que a su propia convivencia. El personaje protagonista, Tyler Durden, anarquista redirigido al sentido más bello, amplio y profundo de la violencia política, personaliza un modelo de existencia de lo más atractivo, y a la vez, incongruente, con la filosofía que defiende. La sociedad se autodestruye y no parece sentir remordimientos por ello, sino que disfruta sobrepasando sus límites. Tyler parece consumido por su disfrute, por su gozo a la hora de aleccionar a un mundo en decadencia, si bien la violencia que aplica sobre él va fuertemente marcada por un sadismo precoz, oscuro y emocional. Su estatus de psicópata, de voz de una conciencia sobrehumana, sólo es entendible si se analiza como respuesta meramente sentimental. Ya sea el amor a la violencia o el odio a la sociedad, los cimientos de ese pensamiento se contradicen dentro de su contenido más que en su origen. Porque El club de la lucha combatelas reglas con reglas, la imposición de una doctrina social con una individual, etc... pero todo parte de la misma base: el desahogo de la impotencia. Chuck Palahniuk describía en la novela homónima un mundo que se había vuelto tan apático que el mero hecho de que existiera gente que quisiera pelearse brutalmente entre si era un rasgo esperanzador de la humanidad.

De hecho, Fincher, en ese sentido (y en casi todos) es muy escenográfico. Toda la acción transcurre en distintos sitios pero en una misma atmósfera, donde reina una frialdad desoladora. Las personas actúan, en definitiva, como autómatas, siendo esto clave para el desarrollo de la historia, porque establece que podría no haber nunca un elemento disruptivo en ese mundo tan frío. Allí es donde entra en escena un protagonista que quiere salvar al mundo ofreciéndole una redención en forma de castigo final. Todo es horriblemente cínico, por supuesto, pero dentro de la realidad en la que se desarrolla el filme, es brillante. Un hastiado Edward Norton refleja a la perfección lo dejativo que puede ser un individuo con respecto al mundo que le rodea si no se siente parte de él. Lo que hace Brad Pitt, sin embargo, corresponde más a un ejercicio de carisma. El guión gira entorno a él, pero además le ofrece la posibilidad de convertirse en un poderoso filósofo, canon de belleza y ejemplo de madurez dentro de sus actos.

Irónicamente, la historia de El club de la lucha muestra lo que sería el mundo si su población se guiase por determinados modelos de perfección, cuando Tyler Durden (Pitt en la ficción) los agrupa prácticamente todos. Sin embargo, a diferencia de los demás, no por ello cree en sí mismo, sino que se fija unos objetivos que puedan realizarle de verdad, como si todo lo que hubiera conseguido sólo sirviera para darse cuenta de que sigue siendo como los demás, con la importante excepción de que Tyler lo reconoce. Ahí es donde empieza esa suerte de depresión que hunde al narrador (Norton) al ver que quiere desalienarse de la sociedad pero no encuentra cómo. De tal forma, el club de la lucha surge como instrumento, y al final acaba siendo la base de la convicción de que la violencia es la nueva filosofía; con ella se pretende combatir los males de la sociedad que han provocado su estancamiento. Si se le puede reprochar algo a la película es que es más un complemento de la novela que algo que funcione de forma autónoma, porque como tal, podría parecer mucho más simple de lo que es, y su cinismo acabaría con ella para el gran público.

No dejaría pasar la posibilidad de leer el libro de Palahniuk, porque ofrece una visión de los escombros de la humanidad que vale la pena conocer por si acaso. Por otra parte, está escrita según un orden en el que se narra lo pasado, lo presente y lo futuro de lo que se habla en cada capítulo, de forma que la continuidad de la novela no se pierde en ningún momento, porque mientras ocurre algo, no dejan de ocurrir más cosas tanto antes como después. Fincher acertó al reflejar esto en los primeros compases de la película, donde no hay una ordenación esquemática, sino que se deja más a merced del espectador. Justo como su mensaje.

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