Un brillante fin de ciclo

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Ciclo 'Flamenco en el Picasso. Nombres propios'. Museo Picasso Málaga. Fecha: 15 de abril. Conferencia: Marta Carrasco y Luisa Triana. Baile: Rocío Molina. Guitarra: Eduardo Trassierra. Cante y mandolina: José Ángel Carmona. Percusión: Oruco. Aforo: Más de 200 personas (lleno).

El ciclo Flamenco en el Picasso. Nombres propios llegó a su fin con un cartel de lujo. Esta vez la figura a tratar era La Argentinita y la encargada de hacerlo fue la crítica de danza Marta Carrasco, quien contó con la valiosa colaboración de Luisa Triana, que conoció a La Argentinita ya que fue pareja artística de su padre, Antonio Triana. Así, con un testimonio de tal magnitud, pudimos conocer algunas curiosidades, de forma tan breve que nos dejó con ganas de más. Pero nos esperaba la actuación de Rocío Molina, quien, como dijo Marta Carrasco, supone la consecuencia directa de la forma de entender la danza de La Argentinita.

Molina nos trajo una selección de números de su nuevo espectáculo, Danzaora. Este título alude a cómo se autodefine esta artista, pues considerarla bailaora se le queda tan corto como danzarina, pero ambas facetas están muy presentes e imbricadas en su concepción del baile, que reúne distintas escuelas como la bolera, la clásica española, la folclórica y cómo no, la flamenca. Son parte importante de este montaje la percusión con distintos objetos y la música de instrumentos como la mandolina.

El primer número que nos ofreció tenía algo de primitivismo atávico, recordando a aquellas primeras civilizaciones que tomaban la danza como un rito que les conectaba con lo divino. Así, bailando sobre la única percusión de una pandereta que ella misma tocaba, Molina desplegó su dominio del equilibrio y de cada uno de los músculos de su cuerpo. Con solo echarse por encima un vestido, el registro cambió, convirtiéndose en flamenco, y dio paso a unas impresionantes bulerías, donde la velocidad vertiginosa iba de la mano del poderío y la perfección técnica, dejando al público casi sin respiración. Los braceos deliciosos, estirando el cuerpo como si quiera tocar el cielo, nos brindaron unos momentos de gran belleza plástica para, después de un breve solo de guitarra, volver a conquistarnos por seguiriyas. En este palo, lo trágico quedó subrayado en el baile y la expresión de Rocío Molina que, en total compenetración con sus músicos, logró poner a todo el auditorio de pie.

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