Una ciudad de teatro u otra cualquiera

  • El Festival Internacional de Málaga reunió en su última edición a 42.000 espectadores · Este año se ha ganado la batalla de la calle, pero quedan algunos frentes en los que mejorar, especialmente la singularidad

El Festival Internacional de Teatro de Málaga clausuró el pasado domingo su vigésimo sexta edición (la primera de la era crisis) con un balance satisfactorio en cuanto a cifras: más de 42.000 espectadores participaron en las diversas actividades del certamen, de las que 16.000 asistieron a los espectáculos de sala (lo que supone un crecimiento del 68% respecto al año pasado), 26.000 se acercaron al centro histórico para la sección de actuaciones de calle Invitados en casa y 850 acudieron a las conferencias, presentaciones y homenajes programados dentro de los diversos programas paralelos. Una respuesta positiva que gracias a éxitos de taquilla como los de las obras Hamlet, Boris Godunov y Urtain garantiza la continuidad del festival en líneas semejantes.

Además del aumento en la participación popular, la pasada edición ha resultado decisiva por la recuperación del teatro de calle y la celebración de propuestas en diversos espacios distintos a los habituales, desde el Rectorado de la Universidad al restaurante Mariano. Si hace un año, precisamente, la carencia más aguda que presentaba el certamen era su escasa presencia en la calle y su casi nulo impacto en la ciudadanía a pesar de su carácter veterano e incluso tradicional en la cultura malagueña, la dirección de Miguel Gallego ha hecho posible que, durante un mes, el teatro fuera una realidad visible en Málaga, lo que ha tenido una consecuencia inmediata en la venta de entradas para los espectáculos de sala. El citado ciclo Invitados en casa ha sido el principal estandarte en este sentido, con un cartel que ha contenido no sólo la mayor cuota internacional del festival, sino, a menudo, sus mejores niveles artísticos: véanse las deliciosas gamberradas La cama, del cómico israelí Adrian Schvarzstein, y On air, de los belgas D'outre-rue. El ambiente festivo que estas funciones espontáneas ha generado debería repetirse sin paliativos cada año, incluso con más notoriedad: cierta lógica apuntaría a la celebración de un festival de teatro calle propio e independiente, preferiblemente en verano (el abandonado agosto sigue reclamado más actividad cultural en Málaga); de hecho, el mal tiempo deslució el primer tramo de Invitados en casa y tuvo efectos nocivos en el ánimo de los peatones.

Igualmente reseñable ha sido la llegada del Festival de Teatro a otros ámbitos, desde los académicos hasta los hosteleros, aunque cabría profundizar en las próximas ediciones para que la impregnación de las artes escénicas en la ciudad se produzca con más imaginación, que indudablemente será necesaria para sorprender al público. Todas las fórmulas que estimulen a los espectadores a participar como agentes activos, no sólo como meros observadores, serán bienvenidas y tendrán seguro buen fruto.

Una vez analizadas las fortalezas, conviene detenerse en las debilidades, especialmente aquéllas que impiden una mayor proyección del festival fuera de Málaga a pesar de su largo recorrido y las pertinentes presentaciones en Madrid. Si algo se echa de menos en el certamen, todavía, es una mayor singularidad: es decir, una seña propia que identifique al festival con Málaga, y no con cualquier otra ciudad. Y esto se consigue, esencialmente, a través del cartel: cualquier ciclo escénico nacional se caracteriza por sus propuestas propias, pero, en el caso de Málaga, esta idiosincrasia dista aún mucho de darse. La mayoría de las obras propuestas pueden o han podido verse en otras localidades españolas; por ejemplo, el montaje más sobresaliente, Operation: Orfeo de los daneses Hotel Pro Forma, se escenificó en el Central de Sevilla hace diez años. Rain, de los canadienses de Cirque Eloize, lleva más o menos el mismo tiempo representándose en todo el mundo. Y obras como Boris Godunov de La Fura, el Hamlet de Juan Diego Botto, Urtain de Animalario y Mi primera vez han sido programadas en la presente temporada por prácticamente todos los teatros de España. En consecuencia, el Festival de Málaga se parece más a una temporada comprimida que a un festival en sí, donde se ofrecen montajes con la consideración de únicos en una amplia extensión de influencia. El problema, claro, es que mientras el Teatro Cervantes continúe saturado y el Echegaray carezca de presupuesto para financiar sus programas buena parte de lo que sería una temporada habitual seguirá desviándose al festival. De hecho, en los próximos meses el Cervantes ofrecerá dos taquillazos destacados y aplaudidos por la crítica: la versión de La señorita Julia de Strindberg a cargo de Miguel Narros y Un dios salvaje, de Reza, con Maribel Verdú y Aitana Sánchez-Gijón. De igual forma se podrían haber dejado Hamlet y Cómica vida para el curso normal. La singularidad, eso sí, es un riesgo. Y el riesgo cuesta. Pero aquí ya hace falta.

16.000

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