El ciudadano descalzo

  • Mario Gas y José María Pou, pesos pesados de la escena nacional, se reencuentran en el Festival de Mérida en un 'Sócrates' cargado de humanidad.

El segundo estreno absoluto de esta 61 edición del Festival de Teatro Clásico de Mérida, tras la Medea de Foix, Plaza y Belén, fue el muy aplaudido Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano, reencuentro de dos pesos pesados de la escena nacional, Mario Gas y José María Pou, con ganas de reverdecer el rumiar indagador del filósofo ahora que la otra escena, la política (tanto aquí como en la cuna de la civilización), vuelve a acoger el enfrentamiento de posturas en torno a lo que fue, es y puede ser la democracia.

Se podría decir, entonces, que esta escenificación del juicio y muerte de Sócrates, que convirtió el teatro romano en el hemiciclo ateniense y a los espectadores en una suerte de testigos y cómplices de los acontecimientos, llega en un momento oportuno para enfrentar nuestros días de leyes-mordaza, violencia de género y rescates financieros, y hacia ese reflejo de los eternos valores socráticos sobre el presente se encamina principalmente el esfuerzo de los textos escritos ad hoc por Mario Gas y Alberto Iglesias. Son las otras fuentes de la obra, las clásicas de Platón y Diógenes Laercio, las que, como era de esperar, más resuenan y hacen pensar, trascendiendo las propias intenciones conscientes de los responsables como el afuera intemporal de la propia escena, ahí donde en verdad se nos interroga. Así, ante la argumentación socrática, ante el diálogo que desbroza de retórica y sofismas el acercamiento a la verdad, uno vuelve a acordarse de la polémica predilección de Borges por Sócrates, "el ciudadano", antes que por Cristo, "el político", lo que nos advierte -y esto también valdría para el presente, claro- que el poder y la ley siempre manchan, y que el libre de ataduras siempre debe establecer algún tipo de distancia con respecto a ambos. Y no sólo habría de asumir esto el anarquista o el vigía ataráxico, también todo aquel que pretenda transformar positivamente la comunidad en la que está inmerso.

Esta idea, como decimos, se encuentra también sobrevolando el Sócrates de Gas, y a su vislumbre ayuda, en cierta medida y paradójicamente, todo lo que supera la palabra, tanto la parquedad escénica y la atmósfera pugilística (los actores siempre en escena, en las gradas o en la arena del juicio, interactuando en grupo o por turnos) como la singular presencia de José María Pou, un auténtico volcán de signos que acompañan a la refriega dialéctica y lo caracterizan por ese exceso que tanto molesta a sus adversarios: exceso de humanidad, en definitiva, una que se hace carne en contradicciones, vicios y derrotas cotidianas que sin embargo lo colocan en la atalaya perfecta desde la que observar el mundo y a sus iguales, ellos sí atrapados en la madeja de relaciones e intereses que impide mirar de frente a la moral, la felicidad, la dignidad y, por supuesto, al ideal -por definición también excesivo- democrático. Pou lleva tiempo siendo dueño de la escena, pero no lo sería en igual medida, sin su falta de garbo, su desaliño y soterrada virtualidad clownesca, una materialidad que rompe con el tono pulcro y puede que demasiado aseado de este Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano. De esta manera, la gran revelación en Mérida, más que en los parlamentos y en su legítima vocación didáctica, estuvo quizás en los enormes pies descalzos de Pou, foco secreto de la escena, concreción de esa humildad irreverente o arrogante que cifra toda la complejidad del que sólo sabía que no sabía nada.

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