La conformación de un mapa humano

  • La adaptación de 'In nomine Dei' de Saramago regala una soberbia lección de escenografía a cargo de José Carlos Plaza

Sí, sí, han leído bien. El pasado jueves, en el Teatro Cánovas, nos congregamos cuarenta personas para ver In nomine Dei. Es cierto que la obra se representa en Málaga diez días seguidos y que la primera función, la del miércoles, reunió a mucha más gente, pero aún así hay cosas que no se explican, especialmente cuando no hay un partido de fútbol interesante en televisión. Sería de suponer que Málaga dispone de gente con capacidad suficiente para responder bien a una propuesta teatral que lleva el nombre de José Saramago, con una producción enorme de tres horas de duración y 26 actores sobre las tablas. Bien querría decir que, al menos, cada función debería tener garantizados un centenar de espectadores. Con semejantes ingredientes, a priori el reto no resultaría descabellado, y sin embargo la sensación se hizo extraña anteayer cuando el público comprobó que su número no llegaba a duplicar al del reparto. Y es una verdadera lástima, porque In nomine Dei es uno de los mejores montajes, si no el mejor, que ha presentado el Centro Andaluz de Teatro en su historia. Cabría preguntarse por qué la Consejería de Cultura invierte un presupuesto considerable en una producción tan cara para luego permanecer impasible ante estas cifras. Es seguro que si mucha gente supiera que el Cánovas acoge una obra de teatro de Saramago acudiría a verla. Los 13 euros de la entrada se van en un par de tapas con sus cervezas. La propuesta de José Carlos Plaza merece mucho más mimo institucional, no sólo a la hora de realizar la obra sino también a la hora de hacerla accesible. Hay que ser más valientes e ir de perdidos al río: en plena campaña electoral es imperdonable que no se saque provecho de Saramago. Aunque sólo sea por los votos, diantre.

En fin, por mí que no quede. In nomine Dei es uno de los episodios más felices de la presente temporada teatral malagueña, a pesar de que las dimensiones medianas del Teatro Cánovas han obligado a reducir considerablemente la puesta en escena y, una vez, más, debamos contentarnos con la versión B. No importa: desde el ampliado proscenio (sacrificadas un buen número de butacas) hasta el fondo, el montaje permite disfrutar de una verdadera lección de escenografía a cargo de José Carlos Plaza, que distribuye a los 26 actores y más de 60 personajes por el escenario con rara imaginación y bellísima capacidad conmovedora. Sólo el impacto inicial, una vez retirado el telón, tras el que se disponen los amenazantes soldados, se recuerda intacto durante los 180 minutos posteriores. Católicos, protestantes y anabaptistas se mueven, viven, se matan, comen, sufren hambre, fornican, se torturan y se consumen en una ciudad de Münster transformada para el teatro en frontera; el resultado es un mapa humano, tanto en su concepto geográfico como emocional. No queda un resquicio libre del sudor y la sangre: todo se resuelve en una maquinaria de odios y vísceras que invoca, con más solvencia incluso que el texto, la desnuda intolerancia que pretende azotar el autor.

Con respecto a la interpretación, se percibe ante todo que Plaza ha permitido a cada actor elaborar su propia dramaturgia, dentro, obviamente, del marco unitario siempre respetado. El paisaje construido se parece, quizá demasiado, a un collage de encarnaciones, pero los mejores trabajos en este contexto logran sostener el total, y con amplio margen, en los niveles que se esperarían de una producción como ésta. Vayan en primer lugar mis aplausos a Manuel Monteagudo, soberbio, cuyo Rothman hace una apología profética de la poligamia con una recreación del delirio que supone, tal vez, lo mejor de la obra. Álvarez-Novoa cala hondo, especialmente en los compases finales, y también resulta digna de elogio la participación de Alicia Cifredo, madre que recuerda a la que reclamó la integridad de su hijo frente al rey Salomón y la usurpadora.

Todo ello, claro, se aprovecha de una obra monumental que Saramago escribió en su mejor época, la que condujo del Evangelio según Jesucristo al Ensayo sobre la ceguera. Un consejo: no se la pierdan.

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