"El arte puede contribuir a cambiar la actual escala de valores"

  • Esta pionera indispensable para comprender el devenir de las artes plásticas en España en los últimos 40 años recibirá el día 28 el título de Hija Predilecta de Andalucía

El día de 1970 en que Juana Domínguez Manso (más conocida como Juana de Aizpuru) decidió abrir su galería en Sevilla, algo cambió para siempre y para mejor en el panorama artístico español. Sin aquel primer eslabón, la trayectoria de creadores como Juan Suárez, Alberto García-Alix, Rafael Agredano, Rogelio López Cuenca, Carmen Laffón, Curro González y Guillermo Pérez-Villalta habría sido muy distinta, y seguramente menos influyente. Luego, en 1982, vendrían la apertura de la sede en Madrid (que durante dos décadas simultaneó con la de Sevilla, hasta que finalmente decidió cerrar ésta) y la primera dirección de ARCO, que asumió hasta 1986. El próximo día 28, la Junta le concederá el título de Hija Predilecta de Andalucía; mientras tanto, durante estos días ha pasado por Málaga con motivo de la inauguración de la exposición de Martin Kippenberger (del que aún es su principal valedora en España) en el Museo Picasso. La conversación era imperdonable.

-¿Cómo recibe una vallisoletana el nombramiento de Hija Predilecta de Andalucía?

-Con muchísima felicidad. Es verdad que he trabajado muchísimo en Andalucía, durante muchos años desarrollé proyectos muy importantes en la comunidad y mantuve el empeño de promocionar a los artistas andaluces por todas partes. Pero que te lo reconozcan oficialmente da mucha, mucha satisfacción. Es cierto que esto podría no haber ocurrido, que podría haberse quedado todo ahí, en aquel trabajo y aquella ilusión; pero precisamente por eso esta noticia me ha hecho más feliz.

-¿Cuáles fueron los obstáculos más difíciles para abrir una galería en la Sevilla de 1970: los sociales, los políticos, o los derivados de los propios artistas?

-Mira, podría decirte que aquélla fue una época durísima, que fue dificilísimo abrir la galería, que efectivamente tuve todos esos problemas de los que hablas, pero la verdad es que no fue así. A finales de los 60 apareció en Sevilla una generación de artistas que rompieron radicalmente la tradición académica, que en la ciudad tenía entonces mucho peso, y comenzaron a buscar otros estímulos, otros aires. Muchos conectaron especialmente con el arte norteamericano, y fueron ellos quienes, ante mi entusiasmo por lo que hacían, me animaron a abrir la galería. Y yo, simplemente, lo hice. En cuatro o cinco meses alquilé el local y lo organicé todo para acoger las primeras exposiciones. En aquellos años aposté por artistas como Gerardo Delgado, José Soto, Carmen Laffón y Francisco Molina. Enseguida tuve clientela. Pronto comencé a vender bastante bien, y eso me permitió promocionar a otros artistas dentro y fuera de Andalucía. Aquella generación tuvo mucha repercusión en España, y me alegro de haber formado parte de aquello. Es cierto que todos los comienzos son difíciles, y el mío no lo fue menos. Pero hoy recuerdo aquellos años con mucha alegría.

-¿La apertura de la galería en Madrid se debió a ese interés por promocionar a nuevos artistas?

-Yo aspiraba a llegar más allá de Sevilla. En los 80 necesitaba dar un salto que me permitiera conectar con una noción más universal del arte, y hacerlo desde Sevilla era más difícil por las conexiones, por su situación. En un momento dado tuve la necesidad de ir a donde estuviera el arte contemporáneo más presente y me fui a Madrid. De inmediato tuve la oportunidad de poner en marcha la primera edición de ARCO y comprendí que mi decisión había sido acertada. Eso sí, Madrid no era la ciudad que es hoy: entonces era mucho más provinciana, y en realidad tampoco había demasiado arte contemporáneo. Lo que sí había era más oportunidades para mostrarlo. Y las aproveché, a pesar de que los veinte años que mantuve abiertas las dos sedes fueron agotadores. Dieciséis inauguraciones por temporada acaban con cualquiera.

-En estos 40 años siempre ha reservado un espacio en sus proyectos para artistas emergentes. ¿Es una cuestión de principios?

-En cuestiones de arte soy muy ecléctica. No me gusta especializarme en nada, porque la manifestación artística es siempre universal. Mi trabajo con artistas jóvenes no obedece por tanto a una especialización, sino a una necesidad, porque los creadores jóvenes refrescan el arte. Pero en realidad mi trayectoria se distingue por haber trabajado con artistas emergentes y haber seguido con ellos cuando ya se han convertido en consagrados. Esto reporta siempre una satisfacción enorme, pero implica hacer una apuesta muy decidida por ellos cuando aún son poco o nada conocidos.

-¿Está el panorama artístico actual donde y como usted pensaba que estaría hace 40 años?

-Nunca he sido muy previsora. Lo importante es que los artistas sigan sorprendiendo. En el arte no se pueden hacer pronósticos, y eso es maravilloso. ¿Quién podía imaginar en los años 20 todo lo que iba a ocurrir después?

-¿Y el mundo?

-Creo que tampoco podemos predecir cómo va a estar el mundo dentro de algún tiempo. Pero lo que sí es cierto es que hoy no está bien encaminado. Actualmente se defiende una escala de valores que hay que cambiar con urgencia, y el arte puede contribuir decididamente a lograrlo, a corregir ese desvío social, a distribuir mejor las oportunidades. Sin duda.

-Entonces, ¿defiende usted el compromiso ético del arte?

-Por supuesto. El mundo está sometido a un consumismo brutal, a un agotamiento de los recursos. Todo se exprime, todo se agota. Y el arte tiene mucho que decir ahí.

-¿Cuál es su balance de la pasada edición de ARCO, la primera dirigida por Carlos Urroz?

-En los últimos años, ARCO ha sufrido las consecuencias de ciertas decisiones fallidas porque la directora no era la más indicada. Urroz se presentó como una tabla salvadora, mejor preparada, que sabía lo que es la feria; despertó expectativas muy altas y eso animó a muchos, por eso este año han regresado galerías muy importantes. Por lo general, ha habido más calidad y menos espectáculo, más arte esencial, serio. La feria ha estado mejor organizada y el programa de coleccionistas ha funcionado bien. Con Urroz no podía ser de otra manera.

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