El cubismo: (re)mirar la realidad

  • frutero Óleo sobre lienzo. 45'5 x 45'5 cm. París, 1919. Donación de Christine Ruiz-Picasso.'Málaga Hoy' presenta a sus lectores, una por una, las 155 obras de Pablo Picasso que componen la importante colección permanente del Museo Picasso Málaga, legado fundamental del artista

PUES sí: el Picasso cubista también está representado en el museo malagueño que lleva su nombre. Frutero, realizado en 1919 en París, es uno de los lienzos más característicos y representativos de la colección permanente del Museo Picasso Málaga, y uno de los que mejor reflejan las intenciones del malagueño respecto a las vanguardias, de las que no quiso formar parte (al menos nominativamente) pero a las que alimentó, inspiró, espantó y sacó de quicio. Se trata de una de las obras más visitadas y que más atención reclaman en las paredes del Palacio de Buenavista: se dan cita en ella colores cálidos y atractivos, cierto tono hogareño que envuelve en una naturalidad pasmosa la apariencia compleja de lo representado y también un desahogo rústico y casi despreocupado. Especialmente en el espacio abierto alrededor de la figura, donde el trazo se hace más improvisado, reaparece el Picasso que no se preocupa en rematar la faena, que deja muestras del proceso de creación sin pudor alguno, lo que viene a confirmar que el genio apenas consideró unas cuantas de sus obras como terminadas: el resto eran ensayos, pruebas planteadas una y otra vez sobre el lienzo, el papel o la cerámica, como una generación espontánea que cree haber encontrado, y que tras haber alcanzado el Eureka descansa de manera plácida. La puntilla sobra. No tiene importancia.

Picasso ya había venido trabajando con Braque en el desarrollo del cubismo desde 1913. Sólo un año antes había inventado el collage al plantear con las manos manchadas el siguiente dilema: ¿Por qué no trasladar directamente la realidad al lienzo en lugar de pretender representarla de una u otra manera? ¿Por qué el reto estético ha de estar encerrado en la misma pintura? Y así, matando la disciplina, renovó para siempre sus contenidos y sus alcances. Con el cubismo, el proceso crecía justo a la inversa: consistía en representar con los méritos de la pintura el efecto que el collage había sembrado en los ojos de un ensimismado siglo XX. Así, Picasso y Braque parieron el cubismo. Las consecuencias resultaron decisivas: si el arte clásico, llevado a los altares en el Renacimiento, decidió reinventar la realidad en la superficie sometiendo toda la dimensión en un único punto de fuga en el que confluyen todas las líneas para consolidar en el observante la sensación de profundidad, el cubismo hallaba (no buscado: encontrado) un nuevo realismo, feroz por sus propósitos y a la vez dócil por cuanto proveía en su mansedumbre, en el que los puntos de fuga se multiplicaban como experiencias hondas y fecundas. El cubismo vino a dar la razón a Platón: en la medida en que la pintura había querido representar al mundo, ahora quedaba claro que esa representación era sólo una sombra. El ojo humano ve más, o cuanto menos está capacitado para ver más: es su inteligencia la que interpreta su visión en ese plano continuo, el punto único en el que confluye todo. Se trata, al fin y al cabo, de una estrategia de supervivencia: la inteligencia ordena el asombro del ojo para que el ser humano pueda vivir en la costumbre. Pero qué maravilla cuando, de pronto, alguien corre la cortina y cabe descubrir que somos criaturas de luz, espacio y tiempo.

El collage ya se había dedicado a revelar estos misterios desde la vida cotidiana. Eran periódicos y retales de las más domésticas liturgias las que alimentaban el misterio. Aquí, la apuesta se reafirma. A Picasso le basta un frutero común para demostrar el milagro: no hay ángeles ni vírgenes incandescentes, sólo ese fragmento de vida en el que apenas se repara. Y la mirada adquiere sabiduría.

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