"La diferencia es el talento"

  • El concierto de la Joven Orquesta Barroca en la Sala María Cristina inaugura hoy a las 20:00 el programa de actos del 'Año Chicano', motivo de sobra para volver a conversar con el artista, el malagueño y el hombre

En el estudio de Eugenio Chicano, que el próximo día de Nochebuena cumplirá 75 años, uno encuentra la ambientación idónea para un cuento de hadas: hay un mar de colores y pinceles, estanterías que se elevan hasta el techo llenas de objetos indescriptibles, postales firmadas por poetas decisivos, recuerdos y olvidos, lienzos, discos, maravillas que darían para varias vidas. El pintor recibe como de costumbre, con su hábito coloreado al azar, su gesto de fraternidad y su invitación al asiento. Conversar con él es hablar con algunas de las mejores luces del arte del último siglo, y también con un trozo fundamental de Málaga. El diálogo adquiere pronto el sabor antiguo de la amistad. Aquí la generosidad no es milagro, sino norma.

-Si pudiera volver atrás, ¿escogería de nuevo ser pintor?

-Sí. La pintura es lo más grande del mundo, por exceso y por defecto. Su grandeza consiste en que te basta coger un papel y pintar encima para que exista. Las necesidades, luego, vienen a cuenta del oficio. Pero la diferencia es el talento. Lo que te saca de quicio, lo que te permite salir del magma del oficio, es el talento. En el fondo, todo consiste en equilibrar talento y oficio. Pero no es fácil. Casi todos los que se dedican al arte tienen que tener aparte un trabajo impertinente o aburrido para vivir. Quienes se han independizado lo han sufrido. Claro que no es lo mismo sufrirlo en Madrid que, por ejemplo, en Bruselas. En Bruselas llevas una carpeta con dibujos bajo el brazo y te peleas todo el día, malvives, pero algo vendes. En Madrid no. Te plantas en el Café Gijón, abres una carpeta y sale todo el mundo corriendo. Y hace el mismo frío.

-¿Le ha dado el arte todo lo que esperaba de él cuando empezó?

-Sí, más tarde o más temprano. Pero hay que tener en cuenta que la historia de los grandes artistas, como Picasso o Max Ernst, con todas aquellas señoras en sus camas, no va a volver más. Y no va a volver por la propia evolución de la pintura: cada vez estamos más lejos de la figuración y el hiperrealismo. Lo difícil, sin embargo, es decir algo, de manera que tu obra pueda dialogar con el espectador. Yo soy un pintor pop, lo que significa que empleo elementos ya connotados. Eso me ayuda, parto de una carnada y el espectador lo tiene más fácil para entrar. Otra cosa es que luego le guste y se quede o quiera largarse de allí cuanto antes.

-¿Y qué quiere decir usted?

-En mi última exposición, la dedicada al bodegón clásico, planteaba una reivindicación de la buena pintura. Por su significación académica, el bodegón ha menudo se ha pintado mal; lo que yo he querido es hacerlo otra vez, chicanizarlo, mudarlo de ambientes y por último añadirle algunas impertinencias. Son tres tiempos distintos. Y según su preparación y sensibilidad, cada uno entra por uno de los tres. Siempre, eso sí, sin enturbiar la primera belleza de los originales.

-El discurso de la belleza no es precisamente popular en el arte contemporáneo.

-Eso se debe a cierta gente radical, chic y maleducada que piensa que la belleza es un asunto burgués. Mira, todos los artistas de mi edad hemos pasado por la dictadura, y casi todos hemos hecho en algún momento un arte crítico, de corte social. Cuando llegué a Italia, en el año 71, con el Mayo del 68 en la espalda, mi pintura gozó de cierto éxito porque a los italianos, que llevaban 30 años sin dictadura, les resultaba atractivo el tono ácido de su crítica. Ellos ya tenían aquello como muy superado y se dedicaban a la poesía lírica. Todos menos Pasolini, que seguía denunciando la irresponsabilidad de la sociedad y la corrupción de su tiempo.

-¿Alguna vez se ha arrepentido de regresar de Verona?

-Se dieron una serie de circunstancias. En el 86, Curro Flores vino a ver una exposición en Milán, y poco después de su regreso a Málaga me llamó Pedro Aparicio para levantar la Fundación Picasso. Aquel mismo año tuve una exposición en Madrid que funcionó muy bien, y Fernando Quiñones me llamó para participar en el festival Alcances, en Cádiz. Ya aquí conocí a Mariluz en la Sociedad Económica, y nos enamoramos. Así que la vuelta a Málaga era inevitable. Yo me planteaba instalarme en Estados Unidos, pero poco después nos dieron al equipo de la Casa Natal el Premio Nacional de Fundaciones, cuando los comienzos habían sido muy difíciles. Aquello comenzó a rodar y no podía dejarlo.

-Permítame que le repita la pregunta: ¿Alguna vez se ha arrepentido de regresar de Verona?

-Claro, ésa es la pregunta del millón. La herida italiana me sangra cada día. El problema es que, en Italia, con el estómago lleno todo es arte, libertad y diversión, pero con el estómago vacío se pasa muy mal. Yo mismo tuve que elegir más de una vez entre comprar un libro o comer ese día. Bastante después, cuando ya había vivido una temporada en Málaga, planteé a Mariluz la posibilidad de irnos a Madrid, y ella no pudo decirlo más claro: para qué. Eduardo Úrculo lo dice también muy claro: hoy, la pintura es un negocio. Todo es un trust. Sólo cuenta lo que tu pupilo hace, no el arte. Yo no estoy dispuesto a ir a Madrid a exponer y que me cueste dinero; lo que yo quiero es que un galerista dé la cara por mí.

-¿Se ha llegado a sentir solo?

-Solo, no. Desaprovechado. Como otros pintores y escritores de Málaga. Nadie llamó a nuestra puerta a cuenta de lo de 2016. Nadie. Y algo podríamos haber aportado, creo yo. Pero también tenemos una Facultad de Bellas Artes que no se ha puesto en contacto conmigo ni una sola vez. Y algunas veces he visto exposiciones de los alumnos en el Ateneo y he descubierto ideas muy interesantes, pero les falta técnica, precisión, la parte del oficio. Ahí yo podría serles muy útil. Lo que ocurre, también, es que el oficio se desprecia, porque se tiende a pensar que el genio es inherente. Pero nada más lejos de la realidad: llegar a se refinado es la consecuencia última de un oficio duro. Y de una autocrítica severa.

-¿Quizá en ese desprestigio del oficio se encuentra la respuesta a la desconexión entre el arte contemporáneo y el público?

-Esa desconexión se debe a que la gente no se cree el arte contemporáneo. Y no se lo cree porque falta un ingrediente esencial: la moral. El artista debe ser fiel a la verdad, a sí mismo, a su trabajo. La gente necesita pensar que lo que ve es creíble, que responde a la necesidad del artista. La moral te rescata de la vorágine de lo comercial, de la compra-venta. Y también es importante la codificación: cada cosa debe estar en su sitio. La fotografía es un arte visual, no forma parte de las artes plásticas por muchas manchas que luego le pongas encima. Pretender hacerla pasar por lo que no es significa engañar al público. La gente ha dejado de ir a museos y a galerías porque se siente engañada, y eso genera frustración. Pero luego, eso sí, ponen a Sorolla en el CAC y va a verlo todo el mundo. Por mucho que la España que pintaba, de coros y danzas, sea mentira.

-Uno de los primeros objetivos de la Fundación Picasso era el de reparar la imagen y el nombre del artista en su ciudad. ¿Cree que se ha conseguido plenamente?

-Sí. Y lo más importante es que hoy se concibe a Picasso por derecho, por su obra. Sus detractores, que hicieron mucho ruido en su momento, hoy ya no se atreven a decir nada. Eso se ha conseguido a base de mucho trabajo. En los primeros años salíamos a la calle con unas diapositivas y nos plantábamos en cualquier sitio en que pudiéramos dar una conferencia. Había mucho por hacer, teníamos mucho en contra, pero el objetivo se consiguió.

-¿Es verdad que Picasso le llamaba a usted El Novillero?

-Sí. Nunca le conocí personalmente, pero hablamos a menudo por teléfono. Una vez estuve a punto de ir a visitarle con Rafael Alberti, pero al final no salió la cosa.

-¿Y qué le debe usted a Picasso como artista?

-Picasso ha sido mi breviario. Pero más que su pintura me importaba su testimonio. Yo decidí que no me iba a jubilar porque él tampoco lo hizo. Mi pensamiento político y social es el suyo. Mis opiniones sobre la República y la Guerra Civil son las suyas. En su momento decidí que iba a fiarme de su influencia, que iba a ir detrás de él y que iba a hacer mías sus ideas. Que aquel hombre tan sabio me ofrecía garantías. En una ocasión pude ver unas fotos de su biblioteca y me esforcé para distinguir los libros que tenía en las estanterías, porque yo también quería leerlos. Su sabiduría era abismal. Cuando recreaba el arte griego no pintaba como los griegos, sino que era un griego: se empapaba de toda su cultura, de toda su filosofía, y después pintaba. Cuando recreaba el arte etrusco, era un etrusco. Y a mí ahora me pasa un poco lo mismo con él. He mirado tanto, tanto su obra que a veces creo saber lo que pensaba cuando la pintaba. Me digo "aquí estaría dándole vueltas a esto, o a esto otro". Es un nivel de intimidad muy especial. Y eso tiene mérito en el caso de Picasso, que era un barroco, no dejaba un hueco libre.

-Su figura está muy vinculada en Málaga a ciertas tradiciones, como los toros, el flamenco y la Semana Santa. ¿Qué le gusta y qué le disgusta de ese mundo?

-En ese tipo de manifestaciones tan serias, trascendentes, apasionantes y trágicas, se da una regla precisa: si no las entiendes, no las disfrutas. Y cuando más las entiendes, más las disfrutas. Por eso, en un determinado momento, puse todo mi empeño en conocerlas a fondo. Y eso hoy me permite disfrutarlas mucho. Quizá haría una excepción con la Semana Santa. Su verdadera explosión sólo la vives cuando eres joven y participas en ella, cuando te metes en todas las procesiones y vas a todos los encierros, cuando conoces al dedillo toda la imaginería y la gozas en la calle. Después, la vida va desmontando los misterios, la Pasión , la Resurrección, y te deja perplejo la manipulación que algunos hacen de eso. Mi gran defensa consistió en quedarme únicamente al abrigo de lo cultural de estas manifestaciones y aparcar todo lo que en ella pueda haber de místico. Y no me va mal.

-¿Qué otros mitos se le han caído?

-¿En qué ámbito?

-En el político, por ejemplo.

-La política no la hago, me la hacen. No soy un francotirador, me mantengo en la poesía del proyecto. Lo malo es que ya tengo prisa. No puedo esperar mucho más. Ya ves, en pocos años pasamos del socialismo a la socialdemocracia, y ahora cuando un banco se declara en quiebra vamos todos corriendo a prestarle dinero. Hay que empezar a ponerse de acuerdo.

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