La doble subversión

Hay en la pintura de Broto lo que podríamos llamar una doble subversión. Como autor con un lenguaje abstracto y no-referencial, viene caracterizándose su obra desde los setenta y ochenta por erigirse como un ejemplo de la capacidad de la pintura a través de sus especificidades (la materialidad, la bidimensionalidad y el cromatismo) por superar la representación y ofrecer un cúmulo de sensaciones.

Aquí radicaría la primera subversión o superación que, dicho sea de paso, es la que realizaron buena parte de las vanguardias históricas y de la neovanguardia. La segunda proviene de que esas características que hicieron superar la tradición pictórica, como la bidimensionalidad y la "planitud" -esta última esgrimida por Clement Greenberg (Modern painting, 1965) como característica fundamental de la pintura moderna-, son superadas por la aplicación del color que consigue en el espectador sensaciones y evocaciones próximas a la profundidad y al volumen (lo contrario a lo plano y bidimensional), exclusivamente por los medios propios a la pintura y sin deberse a ninguna finalidad representativa.

De este modo, la maestría de Broto al realizar veladuras, al superponer pinceladas (meditadas y elaboradas las que más e instintivas las que menos), al llevar a cabo una suerte de ejercicio de composición creando estructuras a brochazos o traduciendo a través de éstos bandas y franjas perfectamente delimitadas, consigue, de un lado, que la superficie se articule en estratos que crean profundidad e incluso evocaciones, y, de otro, una obra profundamente atractiva en lo cromático y sugerente en la aplicación del color.

Impactantes resultan la cualidad de delicuescencia que otorga a su pincelada, los perfiles de ésta que vacilan entre desaparecer o manifestarse, así como la vibración y fluctuación cromática de los brochazos superpuestos, todo un ejercicio óptico.

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