La dramaturgia del corralón, y algo más

  • El Espejo Negro recupera 'La cabra' 13 años después en una Málaga necesitada de revulsivos tanto o más ácidos

Cuando la compañía malagueña El Espejo Negro estrenó en 2001 La cabra logró poner patas arriba todo lo que la gente creía saber hasta entonces sobre el teatro de calle. La recreación de los viejos espectáculos gitanos, con toda su pobreza, su escatología, su espontaneidad, su gracia y su mala leche, sirvió para que las marionetas de Ángel Calvente y los suyos se metieran mucho más allá de lo que otros antes se habían atrevido, incluso hasta afanar las carteras al respetable. La cabra tuvo dos nominada a los Max (tuvieron que llegar los espectáculos infantiles para que se hiciera justicia con El Espejo Negro) y se embarcó en una gira que llegó hasta Japón. En este 2014, la compañía ha decidido recuperarla para celebrar su 25 aniversario, con marionetas enteramente reconstruidas, reparto renovado (Calvente, Ana Franco, Carmen Ledesma, Pili Esteban y Olga Magaña, todos fabulosos) y otra larga gira de actuaciones por delante, que ya ha llevado el espectáculo al Titirimundi castellano, viaja hoy a La Rinconada y regresará a Málaga el 21 de junio para el nuevo Festival de Teatro de Calle. Ayer, El Espejo Negro ofreció dos funciones en la Plaza de Félix Sáenz, dentro del Festival de Teatro con Objetos, Títeres y Visual que organiza el Teatro Cánovas. Y el público que llenó ambas disfrutó a raudales, aunque cabe hacer algunas reflexiones.

La cabra mantiene intactos sus argumentos originales: una manipulación depuradísima marca de la casa (genial Antonio el bailarín), el play-back como motor esencial, bastante sal gorda (la abuela a la que se le caen las bragas mientras baila sevillanas), lenguaje soez, actitud descarada y ritmo frenético. Tal vez, en comparación con La cabra primigenia, la nueva parece más contenida, menos terrorista, o esa impresión se llevó ayer el arriba firmante en la sesión matinal. Seguramente, la presencia de un amplio grupo de niños del Colegio Prácticas Nº1 invitó a los artistas a bajar un pelín el tono, aunque precisamente fueron los pequeños quienes más parecieron disfrutar. Tampoco ayudó mucho la separación del público en la trasera y el lateral con vallas de seguridad en un espectáculo que tiene precisamente en el contacto directo buena parte de su identidad: en La cabra no se trata tanto de ver como de dejarse llevar por la bulla. Y quizá faltó ayer un poco más de osadía, por más que el resultado fuese poderosamente divertido, como lo fue antaño.

Pero el problema, que tampoco llega a ser tal, no tiene nada que ver con El Espejo Negro. La representación fue perfecta, el elenco estuvo sembrao (incluido Calvente, que en su día anunció que no volvería a actuar para limitarse a dirigir, y ahí lo tienen, de nuevo por bulerías) y el público, ya fuesen los niños, los jubilados, los jovencitos llenos de piercings, una mujer tocada con una hiyab que le hacía fotos a todo lo que se moviese y hasta un matrimonio que lo observaba todo en primera fila con gesto de extrema seriedad, se lo pasó en grande. No, la cuestión tiene que ver más con algo a lo que se refirió tras la función el director del Cánovas, Antonio Navajas: la falta de una cultura respecto al teatro de calle en Málaga. A veces, parecía que Calvente y sus mujeres actuaban ante una pandilla de adolescentes avergonzados, por mucho que disfrutaran de lo lindo. Aunque la plaza se mantuvo llena en los cincuenta minutos de función, todo el mundo parecía estar de paso: a muy pocos se les ocurrió imitar a los niños y sentarse en el suelo, ofrecerse voluntarios, seguir el rollo, bailar, cantar, desmelenarse. Calvente tuvo que esforzarse para que el público acompañara a las palmas, como si reclamase algo prohibido. En el debate de la creación de nuevos públicos en Málaga, La cabra ha venido a demostrar que sobra intención de mirar, tal vez por la acumulación de museos, y faltan la chispa, la imaginación, la alevosía y la desenvoltura que requieren un espectáculo como éste. Es cierto, insisto, que las vallas no ayudaban: pero ante semejante bacanal, uno habría querido ver la plaza entera convertida en tablao, como antes. Y no tanta foto con los móviles. Calvente lo resumió así: "Parecéis guiris". Lo éramos, maldita sea.

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