"La educación cosmopolita que me dio mi padre fue su mejor regalo"

  • A sus 91 años, la única superviviente de los cuatro hijos de Chaves Nogales asiste feliz a la recuperación de la obra del autor de 'Juan Belmonte' y desea que pronto se le estudie en los colegios, como a Antonio Machado

La sombra de los limoneros, sus frutos ácidos y fragantes, enlazan Marbella con Sevilla en la vida y los recuerdos de Pilar Chaves, la única hija superviviente del gran periodista sevillano del siglo XX, nacido en 1897 en la calle Dueñas, la misma donde vio la luz Antonio Machado, y muerto también como él en el exilio, sólo que en Londres y en 1944, cuando vislumbraba el final de la Segunda Guerra Mundial y la victoria de los aliados. Los limoneros presiden ahora la casa que el arquitecto sevillano César de Leyva le construyó a Pilar y su marido, Eric Jones, en la Cascada de Camoján siguiendo su indicación principal: "Tras vivir tantos años en Inglaterra, queríamos una casa andaluza y con patio cordobés". Una residencia aireada y espaciosa, abierta al huerto, el arroyo y la montaña marbellí, donde los libros y los árboles conviven en armonía, casi rozándose. En el frigorífico de la cocina, un imán luce una frase atribuida a Cicerón que preside la vida de esta mujer a sus enérgicos 91 años: "Si tienes una biblioteca con jardín, nada te falta".

Hace dos años, Pilar Chaves acababa de habilitar aquí un despacho para dar cabida a las nuevas ediciones de la obra de su padre y a los restos de un archivo modesto, expoliado por la guerra y el exilio. El material se acumulaba en cajas y parecía una ardua tarea para una mujer que contaba entonces 89 años el poner orden en aquella maraña. Ahora, las ediciones antiguas y los recientes lanzamientos de Libros del Asteroide, Renacimiento y Almuzara lucen apilados en pulcros estantes junto a fotos de familia que muestran a "la Pili", como la llamaba su padre, en su puesta de largo en la embajada británica en Madrid, junto a su madre, la guapa y trianera doña Ana, o con sus hermanos Juncal, Pablo y Josefina. Hoy, ninguno está aquí y a Pilar se le escapa la única queja de la jornada. "Me gustaría preguntarles qué harían en tal o cual situación pero estoy sola. Es lo único terrible de hacerse mayor", señala esta mujer que también ha sobrevivido a su marido y padre de sus dos hijos, Marc-Eric y Antony Jones Chaves.

Aunque sus padres eran sevillanos hasta la médula, Pilar nació el 27 de julio de 1920 en Córdoba "porque a mi padre le habían ofrecido trabajar allí en un periódico que se llamaba La Voz y que a los dos años se le quedó pequeño. A mi padre se le quedaba todo pequeño muy pronto. Así que nos fuimos a Madrid y en 1924 nos instalamos en una casa de la Ciudad Lineal donde nació mi hermana Josefina. Nos criamos salvajes, en el campo, rodeadas de gallinas que vivían sueltas en las ramas de los abetos. Mi madre siempre estaba guisando caldo con pollo para invitar a los amigotes que mi padre había hecho desde el primer momento, como Sánchez Ocaña, Manuel Benavides y Emiliano Barral". Barral, autor del monumento a Pablo Iglesias y de una escultura célebre de Antonio Machado, esculpió en aquellos años felices un busto de su padre que preside ahora el hogar marbellí de Pilar y que es "lo único" que lograron conservar del legado paterno. "Pasado el tiempo nos llegaron algunas cartas suyas. Su secretaria, Frances Kaye, nos escribió diciendo que nos había mandado sus efectos personales pero no llegaron nunca. Lo único que hemos salvado es el busto, que mi hermano Pablo halló en un mercadillo".

Manuel Chaves Nogales, según recuerda su biógrafa y principal recuperadora de su obra, María Isabel Cintas, en su libro El oficio de contar (Fundación Lara), no pasó nunca de parlotear inglés pero sus dos hijas mayores, Pilar y Josefina, llegaron a ser bilingües. La importancia que ello tuvo en la supervivencia del clan en una Europa convulsionada por fascismos de todo tipo guarda relación directa con la decisión que tomó don Manuel cuando "la Pili" apenas tenía diez años. "Iba al colegio que María de Maeztu tenía en el Hipódromo, al final de la Castellana, pero mi padre comenzó a dudar de mi formación en aquel centro al ver que había muchas olimpiadas, muchos cantos y chicas vestidas de blanco haciendo gimnasia. Pienso que aquello le recordó el inicio de las juventudes alemanas, que había conocido de cerca como reportero. Debió pensar que en España sólo estaban la Residencia de Estudiantes y la Iglesia, y se le ocurrió la idea de enviarme a Inglaterra".

El corresponsal en Inglaterra de Ahora, el periódico donde Chaves Nogales desarrolló su actividad profesional desde 1930 hasta su salida al exilio, les envió folletos de varios centros. "Escogimos a las locas pero lo hicimos bien. Toda mi vida he ido guiada por algo. Siempre hemos acertado, no sé por qué. Tal vez es que cuento solamente los éxitos y nunca los fallos", sonríe.

Su primer colegio inglés fue Winchester House. "Me pareció terrible. Llegamos mi padre y yo un domingo a las cuatro de la tarde y era noche cerrada. Mi padre me dijo que residiría en el hotelito de enfrente, y que saldríamos de paseo todos los días hasta que me adaptase. Pero al día siguiente me llamó por teléfono desde París, diciéndome que volvería lo antes posible, que le había surgido una urgencia. Y estuve un año entero sin verlo", desgrana, sin perder la sonrisa. "Los primeros días fueron muy difíciles. No entendía nada y me perdía. Encargaron a una chica que me explicara a qué clase tenía que ir en cada momento. Pero cuando llevaba un rato en el aula empezaba a llorar. Entonces me llevaban al despacho de la directora, que me daba una chocolatina y me ponía un disco de pasodobles hasta que se me pasaba el sofoco".

"Ahora pienso que aquella educación cosmopolita fue el mejor regalo que me hizo mi padre. El centro estaba en el sureste, cerca del mar. Al año de estar allí hablaba y escribía en inglés. Luego vino mi hermana Josefina y nos trasladaron a Hollington Park School, que ya era un colegio construido a propósito, con su calefacción, donde me hice amiga de muchas hijas de diplomáticos y militares que servían en el extranjero. Había dos directoras, una inglesa y otra francesa, así que en París también pude ayudar a don Manuel con el idioma", explica, orgullosa de haber sido fiel a las enseñanzas paternas. "Mi padre y yo nos llevábamos muy bien. Él me empujaba a discutir y reflexionar, a hacer cosas diferentes. Era mi brújula", sostiene.

Curiosamente, el tiempo que Pilar estuvo más cerca de él fueron los años de la emigración.

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