Las fronteras de la música

  • El Centro José Guerrero acoge una muestra con 'performances' de John Cage, Ligeti y Steve Reich que propone una reflexión sobre la naturaleza misma del hecho sonoro

¿Debe el arte crear belleza?, ¿tiene que evocar la profundidad de lo sublime?, ¿ha de despertar oscuros escondrijos de la pasión? Bien está que persiga todo eso, pero, según Marcel Duchamp, debe aspirar ante todo y sobre todo a marcar y quizá cambiar no ya al espectador ocasional, sino la cultura, el modo de vida de su época. Así lo sugiere en una breve obra musical, un canon titulado Erratum Musical. Si el arte no deja su huella en la cultura de una época y no imprime su sello en su modo de vida, apenas será algo más que un pasatiempo culto o elegante divertimento.

Tan exigente planteamiento tiene una segunda vertiente: el azar. El artista apenas es consciente de su labor y la obra final se escapa en buena parte de sus manos. Por eso el Erratum Musical se completará más tarde con un complicado artilugio que, al modo de un bombo de lotería, deja escapar las notas musicales de manera aleatoria y así se compondrá la deseada melodía. El dispositivo se ha reconstruido para esta exposición y cada semana lo hacen funcionar músicos participantes en una performance. El resultado de cada sesión, anotado en una pizarra, se interpreta después al piano.

Estas dos ideas ahorman la muestra: de un lado, la ambición del arte -interpelar a su tiempo- y del otro, su fragilidad para lograrlo. De ahí la doble alusión de la palabra Erratum: remite al error, a la facilidad de equivocarse, y convierte a la vez al artista en figura errante que rastrea la palabra adecuada para marcar su tiempo.

Ambas ideas se cumplen en el perfil artístico de John Cage que sintetiza en cierto modo las distintas obras que componen la muestra. Fue él quien recompuso esta obra de Duchamp y quien sacó a la luz Vexations, una obra de Erik Satie tan breve como inquietante porque su ejecución comporta repetir 840 veces la pieza, poniendo así a prueba al intérprete y cubriendo de ironía las piezas de repertorio que, en el curso de un año, se reiteran cientos de veces por diversas orquestas en muy selectos auditorios.

Cage sugirió que la música debía tener en cuenta e incorporar sonidos nada musicales pero que forman parte de nuestra vida diaria (algo parecido pensó Picasso del collage: lo no pictórico, decía, también pinta) y así lo mostró en su Water Walk. La muestra recoge su partitura: un conjunto de trazos que señalan los desplazamientos que debe hacer el intérprete hacia sus instrumentos que son, entre otros, una batidora, una olla a presión, un jarrón con flores, que debe poner bajo el grifo de una bañera, y también un piano. Recoge también una filmación que hizo el propio Cage (puede encontrarse en internet) de la obra y ofrece además performances que realizan músicos profesionales.

Un conjunto de fotografías muestra la interpretación más célebre de otra pieza de Cage, 4'33", la que hizo David Tudor, a quien Ligeti dedicó sus Trois Bagatelles, réplica de aquella propuesta. El pianista pulsa la única nota que forma la primera bagatelle, permanece sentado ante el piano hasta cumplir el tiempo de silencio que conforma la segunda y sabemos que la tercera ha terminado cuando el músico se levanta y saluda. Una filmación recoge la ejecución de la obra el día que se inauguró la exposición.

Cage dejó su huella en obras de músicos como Karlheinz Stockhausen (una amplia documentación da en la muestra cuenta de uno de sus trabajos), La Monte Young o Tomás Marco, cuyo Living-Room Music, dedicada, no sin sorna, a Richard Strauss, puede ser interpretada por cualquier aficionado, si deja que entren en casa los sonidos de la calle. Pero también impulsó Cage la imaginación de los autores del grupo Fluxus y así, George Brecht propuso su Puesta de sol con vehículos a motor, en la que coches y motos deben hacer sonar ordenadamente en el crepúsculo motores, claxons y radios, según cuidadas instrucciones que se reparten a cada interviniente, impresas en tarjetas. Éstas se ofrecen en la muestra a los espectadores que también pueden admirar en una filmación a Charlotte Moorman interpretando la Opera Sextronique de Nam June Paik.

Una propuesta de Steve Reich tal vez resuma la exposición. En Pendulum Music hay algo de escultura y de arte de acción: cuatro músicos hacen oscilar otros tantos micros sobre altavoces que generan por retroalimentación sonidos difíciles de prever. Un quinto intérprete los trabaja desde una mezcladora de sonidos.

La muestra informa, da que pensar y no está exenta de humor. El espacio reducido en el que se acumulan las obras ayuda: el visitante se ve en cierto modo cercado por propuestas que parecen invitarlo a decidir cuáles son las fronteras que separan al ruido del sonido y a ambos de la música. Un programa sugerente.

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