La herida señalada

Centro Cultural Provincial. Fecha: 20 de febrero. Compañía: Histrión Teatro. Dirección: Julio Fraga. Texto: Luis Felipe Blasco Vilches. Interpretación: Mari Paz Sayago. Aforo: Unas 70 personas.

Tres argumentos hacen de Desmontando a Isabel una obra imprescindible. El primero (no necesariamente en orden de relevancia: considérense los tres vértices en igual volumen), el texto de Luis Felipe Blasco Vilches, una acertada aproximación a la figura de Isabel La Católica que aprovecha al máximo las muchas resonancias del personaje (incluidas las de su conciencia) para una dramaturgia múltiple en efectos, pródiga en recursos, reveladora en sus alcances, que evita el fácil tono pedagógico pero resulta ilustrativa (brechtianamente incluso, si quieren), también, en cuanto a la Historia. Lo mejor es el modo en que los hechos se configuran en un orden íntimo: todo, desde el dolor premonitorio de la muerte hasta la expulsión de los judíos, es una cuestión personal. Poético sin ser relamido, hábil sin ser seco, accesible en sus humanas inflexiones sin una sola concesión, el monólogo se adentra en lo desconocido con soltura. Y, allí dentro, enciende una luz.

El segundo, la dirección de Julio Fraga. Precisa, centrada en el detalle y hermosísima (muy a pesar de que uno no dejaba de imaginar durante la función de ayer en el Centro Cultural Provincial cómo habría funcionado en otro sitio más acorde con las exigencias de la pieza). Fraga apuesta por el menos es más, también a la italiana, y acierta de pleno. El juguete comparece surcado de elementos teatrales, pero éstos son siempre sutiles, mínimos, discretos, y esta naturaleza que tiende a parecer efímera subraya sus significados; más aún, los elementos significan casi sin que se llegue a reparar en ellos. Así sucede con el agua, el señalamiento de la herida, las distintas alturas y el estremecedor reloj de arena final. Mucha sabiduría escénica es la que hay puesta en cada instrumento y su correspondiente aplicación.

El tercero, la interpretación de Mari Paz Sayago, brutal, estremecedora, hecha de carne y alma hasta las heces. Funciona también su trabajo con un propósito de contención: la actuación se resuelve en una economía limpia que multiplica los efectos de cada gesto. Sólo una actriz descomunal podría poner tanto corazón en escena. El mío salió así de reconfortado.

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