Un héroe posmoderno

  • El protagonista de esta frenética novela es un ex matarife reconvertido a médico

Alguna vez se ha mencionado aquí el diferente modo de abordar el género negro en ambos lados del Atlántico. Mientras que allá parece haber una mayor proliferación del héroe individual, del outsider cínico y acorralado, en Europa abunda la figura del policía, del funcionario público, como garante último, y quizá solitario, del Estado. Naturalmente, esto es una observación general, y no una norma inexorable. Sin embargo, hay un fenómeno común a ambas orillas: el desplazamiento del heroísmo desde el lado de la legalidad hacia la zona umbría del crimen. Vale decir, hacia la mafia, cuya épica particular encontramos ya en Mario Puzzo y El padrino. Y así se nos presenta Burlando a la Parca, en cuyas solapas podemos leer que se trata de una combinación de House y Los soprano, dando a entender que en estas páginas no hallaremos ningún pecho caritativo y pusilánime.

¿Cuándo ocurre esto, el heroísmo del mafioso, me refiero? Probablemente, con la llegada de la televisión. Pero no por la televisión en sí, sino por el colosal industrialismo que ella supone. En El largo adiós de Raymond Chandler, nos encontramos con un envejecido Philip Marlowe, sentado en su apartamento de Laurel Cannyon, viendo la tele mientras espera la llegada de unos matones. Al leer esas páginas, sabemos que Marlowe está acabado. De algún modo, el mundo de ahí fuera ya no es su mundo; y el detective, súbitamente, se ha transformado en una venerable antigüedad frente a un crimen multitudinario y joven. Para Malraux, el fisgón, el detective, era una figura arquetípica sin ningún anclaje en la realidad. Sin embargo, a través de él se vislumbró el interior, turbulento y frenético, de la gran ciudad en los años 20-30. A partir de los 50, la realidad se hace demasiado compleja, demasiado difusa, para que un señor con sombrero, ayudado de sus puños, salga con bien de ciertos asuntos. Y aquí es donde la mafia, la humanización de sus integrantes, nos ofrece una panorámica del mal moderno, al tiempo que nos descubre la temblorosa humanidad, el tierno corazoncito, de sus sicarios. Ése era el hallazgo, en cierta manera, del hard boiled: el de sobreponer, a una turbia búsqueda del bien, el temperamento hosco, violento, desesperanzado (como un Satanás rubio se nos presenta a Sam Spade en el comienzo de El halcón maltés) del detective privado. Pues bien, ése es también el sendero que sigue el protagonista de Burlando a la Parca: un antiguo matarife de la mafia italiana, reconvertido en médico residente, gracias al programa de protección de testigos. Lógicamente, hay una dolorosa historia detrás; hay viejos amores, viejas deslealtades, y una inquebrantable fe en la ley del Talión, en la levítica condena de lavar sangre con sangre. De modo que Peter Brown, nuestro médico asesino, utiliza los conocidos recursos del private investigator (un oscuro sentido del bien, una cierta propensión a la violencia, un ingenio súbito y mordaz), para burlar la insistente persecucución de sus antiguos socios.

Si lo característico de la novela policial fue la confianza en la lógica, el fino psicologismo de Hercule Poirot o un más expeditivo Holmes, la seña de identidad del género negro era, y todavía es, la pesadumbre. Después de habernos aventurado por el submundo del hampa, uno salía más impuro, menos imparcial, más trémulo y sanguíneo, habiendo contemplado la oscuridad que habita el corazón de los hombres. No ocurría así con Muerte en el Nilo o Escándalo en Bohemia, pues de lo que se trataba, lo que se deducía, era la limpia arquitectura del mundo. Allí, el Mal no podía eludir el escrutinio del Bien; y el Bien nunca ignoraba las pasiones humanas. En Burlando a la Parca, novela tan divertida como frenética (también tan inverosímil y heróica como cualquiera en su género), encontramos la huella de ambos tipos: ya sea la aspereza del protagonista, la insistente violencia que rige sus días, ya el final feliz, que promete nuevas horas de dicha a un alma tierna y fatigada. Se trata, en suma, de la redención. No en vano, los Corleone no sabían reprimir sus lágrimas cuando sonaba, con disparos de fondo, la Tosca de Puccini: "E lucevan le stelle...".

Josh Bazell. Anagrama.Barcelona, 2009. 316 páginas. 18 euros.

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