la hoguera del LENGUAJE

  • Estudios y ponencias. La Fundación Francisco Umbral publica los resultados del I Congreso Internacional dedicado al escritor madrileño, un volumen con trabajos de J. Ignacio Díez, Bénédicte Buron-Brun, Denis Vigneron, Carlos X. Ardavín y otros destacados especialistas en su obra

J. Ignacio Díez (ed.). Fundación Francisco Umbral. Madrid, 2012. 350 páginas. 20 euros

Se recogen aquí los estudios y ponencias del I Congreso Internacional dedicado a la obra de Francisco Umbral, Los placeres literarios: Francisco Umbral como lector, celebrado en Madrid en octubre de 2011. De este modo, viene a cubrirse el insólito vacío académico, de difícil explicación, que orillaba a uno de los autores más literarios, a una de las literaturas más radicales y complejas, de rara versatilidad, que se dieron en el siglo pasado. Probablemente, dicho vacío deba atribuirse tanto a los juicios sumarios de Umbral sobre sus compañeros de profesión (los galdobarojianos, los angloaburridos, etc.), como a la discutida primacía de su escritura en las últimas décadas del XX. Se trata, aun así, de un silencio significativo, de un homenaje inverso, que a la contra señala el influjo de este escritor, cuya ambición nos parece hoy, más que la de transparecerse en su obra, la de abismarse por derecho propio en el linaje secular de la Literatura.

Hemos titulado estas líneas como La hoguera del lenguaje en un doble sentido: en el más obvio de la literatura como incendio, como brasa viva y fuego especular, y en el sentido arcaico de regreso al hogar, a la piedra originaria del idioma. La escritura de Umbral participa a un tiempo de ambos prodigios: aquel que exige la remoción de lo antiguo y aquel otro donde el lenguaje se revela en su mundanidad primera. A lo largo de estas páginas se abunda en el estudio de las lecturas de Francisco Umbral, diseminadas y visibles en toda su obra, así como de sus maestros recurrentes: Lorca y Juan Ramón en la poesía, Quevedo, Valle-Inclán y Gómez de la Serna en la prosa, Proust en la memoria lírica, Ortega, Sartre y D'ors en el ensayo, Larra y González-Ruano en el artículo, Baudelaire en el dandismo, en el gesto vital del escritor ante la sociedad moderna. A esta nómina cabría añadirle los nombres de Neruda, de Borges, de Cela, de Pemán, de los Machado, de Guillén, de Unamuno, de Gabriel Miró, de Delibes, de Torres Villarroel y de muchos otros, no tan evidentes. Lo que parece claro, en cualquier caso, es que Francisco Umbral participó de casi todos los géneros de la modernidad (el ensayo, el artículo, la autobiografía, el poema en prosa), y que se sirvió de ellos modernamente; vale decir, de una manera dúctil, permeable, transfronteriza. Sus detractores suelen aducir el carácter periodístico, fugaz, de su literatura, así como un exceso metafórico, una brillantez decorativa e inane, en la prosa. Pero esto, que en otros escritores pudiera ser cierto, referido a Umbral es manifiestamente erróneo. Y no sólo por lo dicho más arriba: por el ambicioso tratamiento de los nuevos géneros, desde el ensayo y el artículo a la novela (novela que es a un tiempo su refutación y su continuidad posible); sino porque el lirismo de Francisco Umbral, su extraordinaria imaginería poética, nos llega bajo la especie de la exactitud, y no bajo el tenor de lo ornamental y de lo ocioso. Dar nombre a las cosas es presentarlas ante nosotros por primera vez, con el escalofrío y el prestigio, con el perfil rotundo de lo nuevo. Y eso es lo que la escritura de Umbral, como pocos en su siglo, hizo posible: otorgarle a lo mostrenco, a lo sobredicho, al corpulento fardo de lo sabido, la sorpresa y el misterio de lo vivo. Esto significa que la metáfora en Umbral no es accesoria, sino reveladora y precisa, por cuanto accede a una realidad inexpresada y elíptica. Esto significa, de igual modo, que su escritura está más cerca del ensayo, de la indagación poética, que de un vago preciosismo, inexistente en su obra. Cuando, pasados los años y las banderías, se vuelva sobre la obra de Umbral, se verá que su mayor aportación a las letras españolas ha sido esta de vivificar y aguzar el idioma, trayéndole o devolviéndole una complejidad infrecuente. Una complejidad, por otra parte, que lejos de un improbable casticismo, se ha surtido de la más alta cultura de Europa y América. Así lo demuestra este volumen inaugural, en cuyos estudios (textos de J. Ignacio Díez, Bénédicte de Buron-Brun, Denis Vigneron, Carlos X. Ardavín, Dolores Thion, José Antonio Soto, Francisco Esteve, Gregoria Palomar, Jorge Urritia, Jean-Pierre Castellani, y tantos otros), se perfila ya un Umbral, entre clásico y barroco, a la manera d'orsiana. Un Umbral limpio de anécdotas, trascendido felizmente, certeramente, a categoría.

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