Música Una figura en el Auditorium Club

El huracán es David Bisbal

  • El almeriense se metió en el bolsillo a un Auditorio Municipal lleno hasta los topes y regaló durante más de dos horas sus mejores poses, con mucho, mucho ritmo

No hubo tregua, desde bastante antes de que empezara el concierto. A eso de las 19:00 los fans buscaban ya plaza en las puertas del Auditorio Municipal para garantizarse el acceso a la primera fila: horas y más horas de nervios, fatiga y muchas, muchas ganas. Aquellas primeras incondicionales eran jovencitas aguerridas dispuestas a llevarse cualquier obstáculo por delante en su empeño por acercarse al figura, pero ya dentro había de todo: matrimonios respetables, bebedores de cerveza, progenitores abnegados que habían acudido a acompañar a sus pequeñas, parejas que no perdían ocasión de dar rienda suelta a las manos y señoras vestidas como para ir a misa. Todos acudieron al abrigo de David Bisbal, porque Bisbal es mucho Bisbal. Las entradas llevaban meses agotadas, así que no era difícil presagiar lo que se iba a encontrar el almeriense: una legión que llenaba el recinto hasta los topes dispuesta a corear cada palabra que saliera de su boca. Y así fue: el tremendo coro no dejó de vocear durante las más de dos horas de concierto. Las afonías deben estar todavía calientes.

Pero lo admirable fue cómo el artista se metió a tantísima gente en el bolsillo. Arropado por una banda eficaz y de probada solvencia, en la que militaban viejos compañeros como David Palau (responsable de la dirección musical), el batería David Simo, el teclista Pedro Hoyuelos, el bajista Jordi Portaz y el guitarrista Juan Sánchez, Bisbal se presentó con su último disco, Sin mirar atrás, como primer argumento, aunque no tardaron en sucederse temas de sus anteriores álbumes, convenientemente mezclados con los nuevos. Allí sonaron Al Andalus, Amar es lo que quiero, Oye el boom, Esta ausencia, Lloraré las penas, Silencio, Dígale y Cómo olvidarte, entre tantas otras jaleadas a cada sílaba por una jauría de seguidores que no cejaron un segundo en su empeño de alabar cada gesto, cada pirueta, cada envite, cada paso de baile, cada cambio de vestuario, cada mínimo gesto. El almeriense supo responder con su mejor complicidad, con el tono exacto que le hace parecer tan de la casa allí donde va. Sin tregua, claro, todo el mundo terminó exhausto y feliz.

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