"Aquí, quienes no tienen imaginación no pueden innovar"

  • Con 'El cielo de tu boca' el artista continúa hoy en el Cánovas su personal búsqueda de la esencia sonora

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Por su propio pie y con la puerta, tan sólo, entreabierta. Andrés Marín (Sevilla, 1969) entró en el flamenco para quedarse, pero no a cualquier precio. En casa bebió desde niño del género tradicional y hace veinte años decidió subirse sólo al escenario. "Al principio cuando me veían bailar me cortaban la cabeza. Hasta que no se acostumbran es todo rechazo", sostiene un artista versátil que esta noche lleva su empirismo al Cánovas con El cielo de tu boca.

-¿Dicen que éste es su proyecto más experimental?

-Sí, estoy de acuerdo. No es usual mezclar campanas con flamenco y también por llevar al maestro LLorenc Barber, pionero en la búsqueda de sonidos. Yo siempre he ido rompiendo pero sólo con el baile. Y en mi anterior espectáculo, El alba del último día metí una pieza de tres minutos con una campana muda, que giraba y yo era los pies. Ahora he querido dar el salto a otro universo sonoro, sin dramaturgia, basado en la emoción, en el paisaje de colores. Como dice Llorenç, la campana es un agujero mágico que nos trae recuerdos y emociones. Ha sido siempre un instrumento comunicador y la mediterránea, además, es una campana con desafine, que te produce vértigo, desequilibrio.

-¿Y cómo encaja el movimiento?

-Me apetecía darle también libertad al movimiento del cuerpo. En mi baile hay siempre partes que están improvisadas. Y Llorenç saca cosas de mí más expresionistas. Él crea en el momento. La expresión fuerte la mete antes o después del tiempo, y yo voy navegando sobre eso. Es muy interesante porque te permite sacar, de repente, momentos tuyos que tenías guardados. Yo soy de la opinión de que la perfección es aburrida. Me canso de la plasticidad fijada. Creo que la expresión viva es más agradecida.

-Presentó este montaje en la pasada Bienal de Sevilla, donde fue muy aplaudida su farruca...

-Sí eso parece. La verdad es que es difícil innovar porque es un palo muy hermético, con mucha estructura. Llevo también una asturiana flamenca que la cantaba la Niña de los Peines, y la bailo con un cencerro en la espalda.

-¿Cómo entró en contacto con Llorenç Barber?

-Su sobrino vive aquí en Sevilla y me pasó un día su música. No sabía que estaba tan reconocido y que fue de los pioneros en apostar por lo experimental. Le propuse este montaje y le pareció bien. Me gusta como trabaja porque coge una dinámica de ritmo, la escucha y sobre eso va creando. Es muy complicado. Hay que estar muy pasado, muy de vuelta para improvisar. Como Morente en el flamenco. Él coge un registro y va creando. Para eso hay que tener muchos conocimientos y mucha reflexión detrás. Muchas horas de búsqueda para llegar a lo esencial.

-¿Su misma búsqueda?

-A mí sólo me interesa lo esencial, sin artilugios. Es mi condición de ser. No busco lo barroco, ni el efecto, lo rehuyo. Sé que hay cosas que dan más resultado de cara al público, más comerciales pero yo, gracias a Dios, no las necesito.

-De padre bailaor y madre cantaora ¿cómo osó salirse del tiesto?

-He vivido desde niño la ortodoxia. Nos han querido vender un flamenco muy rígido y estático. Cuando en su origen ha sido una música muy libre y anárquica, nunca de compañías. Cuando éstas llegan se hacen dictatoriales para que vaya todo en orden. Y para mí eso mata la expresión, la personalidad, que está por encima de todo.

-¿Cómo entiende el flamenco?

-El flamenco es una libertad de expresión absoluta. Yo lo utilizo como vehículo para navegar por otras corrientes. Trabajo sobre lo más puro, busco a cantaores así, con conocimiento de la raíz para que la fuerza no se pierda.

-Se lo pondrían difícil al principio...

-Cuando empecé a los 19 años lo tuve muy difícil. Este mundo es muy jerárquico y los que están diez años antes que tú mandan. Pero yo seguí hasta que he podido coger mi pequeño sitio. Sería más fácil contar una historia con un argumento, un principio y final. Pero yo prefiero tirar por un lenguaje corporal.

-Aunque cueste venderlo...

-Vivimos en un mundo que el sonido no interesa. Interesa lo visual. No tenemos ganas de deleitarnos con el paladar auditivo. Hay que educar a la gente y a los programadores. Lo que pasa es que quien abre primero la puerta es el que se lleva el bofetón. A Morente -salvando las distancias- le pasó lo mismo. Le pusieron verde desde que empezó y hoy es el que manda.

-En Francia cala bien su baile...

-Están por delante. El Festival Mira de Toulouse programa sólo flamenco extremo como el de Montepellier. Hemos estado Israel Galván y yo, los dos defendemos el mismo lenguaje y nos suelen llamar a los mismos festivales. Pasa igual en Barcelona. Mira a Miguel Poveda, si hubiera nacido en Sevilla a lo mejor hubiera sido uno más, con todo el talento que tiene.

-¿Cómo explica lo suyo?

-Yo ya no doy explicaciones. Ya tengo gente que cree en mí. Comparto lo que decía Amós Rey: el cante es cuando dejas un espacio entre frase y frase para que el público imagine. En el baile es igual.

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