El ímpetu de la joven Pogostkina

  • La joven solista sorprendió gratamente por su magnífica técnica desarrollada en el concierto de Bruch · Su solvente interpretación cautivó a la totalidad del público

Vuelta a los conciertos de abono tras el lapso acostumbrado (por desgracia) que supone el mes de enero. Vuelta a los conciertos programados bajo la fórmula de una primera parte con obertura o breve pieza orquestal, concierto con solista y sinfonía final. Y vuelta a escuchar los titubeos de cierto sector de los metales. Lo habitual.

Afortunadamente hubo elementos sorpresivos que engalanaron lo cotidiano vistiéndolo de un discurso florido e interesante. La verdad es que la Obertura de Der Freishchütz (El cazador furtivo en traducción a nuestro idioma) fue escudriñada con escucha atenta por este crítico en atención a las posibles novedades. Y sí, se observó una cuerda mucho más compacta en comparación con anteriores ediciones. Sin duda, la decisión de los violines -Sestakova a la cabeza- dieron empuje a la partitura bajo el prisma de la batuta de Manuel Valdivieso en realización exacta de diez minutos.

De seguido apareció ante la escena malacitana la joven solista Alina Pogostkina presta a realizar los tres tiempos del conocido Concierto nº1 en sol menor, op. 26 para violín y orquesta de Max Bruch. No es la primera vez que contamos con ella en España. Recordemos su actuación junto a la World Orchestra of Jeunesses en tierras valencianas durante la temporada 2006/2007 que ya por entonces dio que hablar de forma positiva. Pero como en el ser humano es innegable la curiosidad innata, tuvimos que comprobar in situ que efectivamente posee notables cualidades.

El planteamiento global que diseñó Bruch para este concierto planea entre la escenificación virtuosa y la clara demostración técnica con el instrumento; y claramente, se convierte en una excelente prueba para comprobar el nivel del músico. Cierto es que ya desde el primer tiempo Pogostkina dibujó limpieza en su sonido junto a un tratamiento efectivo del vibrato mezcla de dulzura sonora y equilibrio alejado de cualquier abuso (hecho que denota su escuela centroeuropea basada no sólo en su posición corporal). Hábil en técnica en general mostró bellos momentos especialmente en el segundo tiempo dedicado a la total expresión. Su buen entendimiento en las intensidades y la pulcra definición de los distintos planos sonoros aportados, merecieron los aplausos que cosechó.

Y como colofón, un espléndido tercer tiempo donde su mano izquierda asombró por su rotunda claridad y afinación en su discurso, y donde supo sacar todo el rendimiento posible a la cuarta cuerda de su violín Falk Peters de 2003. Tan sólo su ímpetu juvenil le llevó por terrenos cercanos a leves desajustes en el tempo en el accelerando final en relación con los maestros de la orquesta. Un punto que corregirá con la sabiduría del pasar de los años, a todas luces perdonable ante el entrañable bis del maestro Bach que nos dedicó.

La Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM) jugó un importante papel tanto en el óptimo acompañamiento del concierto para violín como en la Sinfonía en re menor de César Franck. Y aunque siempre hay elementos que a duras penas no se acaban de corregir (lo comentamos al principio), su discurso se presentó preciso y enérgico con relevancia en el segundo de los tiempos de esta obra. Manuel Valdivieso, el director invitado en esta ocasión, demostró seguridad y comunicación permanente con los efectivos orquestales dejando su atril en un plano casi inexistente y ciñéndose a una ejecución de tiempos alejados de versiones arriesgadas, por supuesto, con una óptima traducción de las obras programadas.

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