Hacia la infancia del cine

Drama, Tai-RU-Ale-Fra-Hol-Esp, 113 min. Dirección y guión: Apichatpong Weerasethakul. Fotografía: Yukontorn Mingmongkon, Charin Pengpanich, Sayombhu Mukdeeprom. Intérpretes: Thanapat Saisaymar, Jenjira Pongpas, Sakda Kaewbuadee, Natthakarn Aphaiwonk, Geerasak Kulhong, Kanokporn Thongaram. Cine: Albéniz (VOS).

La valentía de un jurado presidido por Tim Burton (y con Víctor Erice entre sus miembros) al otorgarle la Palma de Oro en la última edición del Festival de Cannes, ha hecho posible que una película del tailandés Apichatpong Weerasethakul (AW), autor esencial para entender las inquietudes y derivas de la nueva cinefilia 2.0, llegue hasta nosotros en las mejores condiciones de difusión tras el estreno muy minoritario de la no menos excepcional y hermosa Tropical malady, cinta con la que el cineasta obtenía su primer gran reconocimiento internacional (Premio Especial del Jurado en Cannes 2004) tras una prometedora trayectoria que arrancaba con Mysterious object at noon (2000) y Blissfully yours (2002).

La sensualidad, la sencillez, el lirismo, la belleza y el misterio esenciales del cine de AW han encontrado entre una nueva generación de críticos y espectadores el paradigma, alejado de ese exotismo turístico propio del world cinema, de una manera de entender la expresión cinematográfica en su diálogo con el arte y la creación audiovisual contemporánea a partir de la relectura de algunas claves de la modernidad y de la reapropiación de materiales ancestrales (los relatos orales y cuentos tradicionales) e históricos (en tiempos de guerra, represión y censura) para ponerlos a dialogar en una forma libre y musical que franquea con sutileza las (falsas) fronteras entre el documental y la ficción, entre el registro y lo imaginario, entre lo terrenal y lo espiritual, así como cualquier otra convención sobre la naturaleza del relato.

Uncle Boonmee..., filme-compendio de todos los anteriores, nace de un libro budista y de un par de proyectos previos concebidos como instalaciones audiovisuales para integrar materiales e historias en una forma abierta e impredecible en la que se escuchan los ecos de la reencarnación, el karma y la convivencia armoniosa entre los vivos y los muertos en una Tailandia primero selvática y frondosa (cuyos sonidos, como en Herzog, nos acompañarán siempre en su significativa e intensa presencia) y, en su parte final, interior, blanca y fría, espacios enfrentados que, como en el resto de cintas de AW, invitan al debate sobre la verdadera identidad de sus personajes. Son dos de los múltiples registros, tiempos y niveles que se suceden y superponen en un filme que convoca a figuras legendarias (monos-fantasmas, princesas milenarias o peces-gato) y a un hombre moribundo entre las texturas del documental, la fotografía, la recreación de la estética de viejos filmes o series de televisión populares, el rigor formal de los encuadres o las noches (americanas) que alumbran espacios naturales como si de fascinantes y espectrales abstracciones escultóricas se trataran.

En el epicentro de este sugerente entramado de voces, fábulas, conexiones íntimas y sensaciones plásticas, el tío Boonmee camina en calma hacia la muerte para despedirse de los suyos y de sus raíces (en ésta y otras vidas), en un recorrido de desdoblamientos y resonancias que nos aparta del camino para desviarse por sus senderos adyacentes, creando una estructura y un clima de ensoñación por los que fluye la materia con la que deberían estar hechas todas las películas, esa materia viva y primigenia del cine que, más de cien años después, aún permanece tan pura, virgen e inocente como en el tiempo de los orígenes.

No pudo ser a la primera por cuestiones de agenda, a la segunda por cuestiones de reparto y, a la tercera, lo consiguió. Ángeles Martín estaba convencida de que el papel protagonista de La ley de la selva estaba escrito para ella y no paró hasta conseguirlo. Desde hace seis meses sustituye a la malagueña Mariola Fuentes en esta comedia "ácida", con texto de Elvira Lindo y que se sube al Teatro Alameda desde hoy hasta el próximo domingo. "Sabía que tenía que hacer este papel", confiesa la actriz que aborda este nuevo reto tras acabar de representar con el Centro Dramático Nacional Tórtolas, crepúsculo y... telón, de Francisco Nieva.

"Me encanta la carpintería teatral de Elvira Lindo, con tanta sorna, tan surrealista y berlanguiana", expresa Martín para referirse a una propuesta concebida para reírse de la cotidianidad en las parejas pero que encierra, a su juicio, una reflexión sobre la "debilidad" del ser humano y sobre actitudes "que no pasan de moda", asegura.

En el escenario acompaña a la actriz Tomás Gayo, actor y productor de esta obra bajo la batuta de Nieves Gámez. El punto de partida de esta sucesión de hilarantes enredos está en el día a día de un ama de casa "aburridísima", casada desde hace 20 años con un odontólogo "enganchado a Humor amarillo", relata la intérprete. Ella sueña con cambiar el rumbo de su vida y se plantea una sencilla pregunta: "¿qué hace la gente los viernes por la noche". Un día, cuando baja a tirar la basura, aparece un atractivo vecino, de aspecto indie, y "se queda enloquecida con él" . Pero pronto se da cuenta de que su relación con el joven, un intrépido cazador, acaba siendo "igual de monótona que mantenía con su marido", apunta la actriz. Lupe decide entonces pasar de víctima a depredadora.

"Son personajes muy queridos a pesar de sus torpezas", recalca la actriz. La trama desvela una complicidad "absurda" entre los dos hombres en discordia. "Descubren que son socios de la misma empresa y que se reúnen en un puticlub para ejercer de cazadores", argumenta. A partir de ahí, Lupe comienza a aplicar en su vida la verdadera ley de la selva.

El resultado devuelve al espectador "una hora y media de risas" a través de unos personajes encarnados en lo que a Ángeles Martín le gusta llamar "traficantes de la comicidad". La actriz se enfrenta aquí a su segundo papel cómico sobre las tablas, después de escenificar Abre el ojo de Zorrilla, "una comedia en verso, con una musicalidad distinta y que no requiere la misma improvisación", matiza Martín.

A pesar del reto, se siente "muy segura" en el escenario. "Me lo paso tan bien desde que descubrí este registro de locura y juego. Me siento divina", afirma. Y corrobora un pensamiento de su admirado Antonio Ozores. "Él decía que lo más difícil es hacer reír y yo añado que si sobrepasas el límite puedes quedar como tonto".

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