La invitación a sentirlo

Love day, el álbum para el que Richard Galliano ha armado el cuarteto que visitó ayer el Festival del Jazz, recrea a través de doce piezas un día cualquiera en la vida de un hombre cualquiera. En consecuencia, la música es accesible en apariencia, abarcable como un día en el que nada extraordinario ocurre; y sin embargo, sus costuras están repletas de nudos y texturas diversas, como una arquitectura desapercibida. Construido en directo, como se demostró anoche en el Cervantes, el resultado es espectacular. Los paisajes que revela recuerdan, claro, al jazz europeo (a menudo parecía que Django Reinhardt estaba tocando la guitarra por algún sitio), pero otras se asomaba las atlánticas veredas de Piazzolla (Love day tiene mucho de homenaje al Hora Cero). Alguien a mi lado me apuntó al oído el nombre de Hermeto Pascoal, y la verdad es que sí, la música de Galliano comparte con la del brasileño mucho de informalismo y de estructura casual. De cualquier forma, el concierto de ayer se degustó como los mejores momentos de los días cotidianos, el rodar de un objeto inútil o algunos colores que, en los pasillos, surten los mismos efectos de la magdalena de Proust. Una gozada para hacer las paces.

Quedan para la memoria los pasajes de Galliano al acordeón y su asombrosa facilidad para extraer armónicos por todos los rincones del instrumento; la asombrosa economía de medios de Gonzalo Rubalcaba, capaz de hacer lo muy difícil en escasos palmos, como llamando al tigre para que se suba al regazo, libre y maestro; el virtuosismo y la generosidad de George Mraz, cuya capacidad para construir acordes donde nadie se los espera logró que el respetable se olvidara de Charlie Haden, que participó en la grabación original; y la asombrosa creatividad de Clarence Penn a la batería, que llenó de color el concierto sin que le faltara ni sobrase un solo golpe, divertido en la darbuka y el cajón, espléndido en su composición de los silencios, suyos fueron, permítaseme la osadía, los momentos más mágicos de la noche. Y sin cansarse, el genio, como en otro día cualquiera.

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