Cuando el medio es el (mejor) mensaje

Teatro Cánovas. Fecha: 17 de marzo. Compañías: Fundición y Escarmentados. Dirección y texto: Pedro Álvarez-Ossorio. Reparto: Antonio Dechent, Amparo Marín, Antonio Campos y Oriol Boixader. Aforo: Unas 250 personas (más de media entrada).

A Gonzalo Queipo de Llano lo habíamos visto en otros montajes anteriores de algunas compañías (en su mayoría sevillanas, claro) casi siempre a cuenta de sus incendiarias arengas radiofónicas, en las que pedía "café, mucho café" para comunistas y homosexuales cuando no directamente el tiro en la nuca. Pero la propuesta de Pedro Álvarez-Ossorio va mucho más allá, al albergar intenciones netamente brechtianas de pedagogía histórica para presentar en toda su plenitud al personaje, fallecido en 1951 y exiliado desde 1939. Queipo de Llano es un arquetipo muy suculento por su insaciable sed de poder en cualquier circunstancia, aquí subrayada de manera muy oportuna mediante el paralelismo con Ricardo III. La obra abraza lo biográfico pero lejos del tono académico, ya que se empeña en demostrar la calaña a la que pertenecía el presunto, que llegó a involucrarse en la restauración monárquica organizada por Don Juan de Borbón desde Estoril, ya en 1945, al ver en todo el proceso una nueva oportunidad para cumplir su sueño: coronarse como caudillo. Pero lo mejor de este envite ilustrativo es que supera con mucho lo expositivo para llegar a hacerse incómodo: la sociedad sevillana de la época, especialmente la más influyente, no queda precisamente bien parada (sería igual de saludable que una obra de teatro producida en Málaga indagara en cómo se pudieron cometer entre 1937 y 1942 más de 4.000 fusilamientos en San Rafael sin que nadie, hasta el momento, haya dicho "esta boca es mía") por la gracia de un Queipo de Llano empeñado en pregonar lo bien acogido que fue en la ciudad, con loas, salves y un cortijo de regalado sufragado "peseta a peseta" por los ciudadanos. Es aquí, al hacer al presente partícipe del pasado, donde el teatro tiene sentido.

Y sin embargo, lo mejor del espectáculo no es tanto su función aclaratoria, sino su naturaleza plenamente teatral. Álvarez-Ossorio cita diversos lenguajes escénicos, desde los juegos de sombras hasta los matices shakespearianos, con notable fortuna. La continua aparición de elementos audiovisuales (las proyecciones están muy bien integradas, igual que todo el enredo de emisiones de radio y llamadas telefónicas) conforman un discurso ágil y siempre pendiente de la inteligencia del espectador en el que el medio, el teatro, termina convirtiéndose en el mejor mensaje (justo al contrario de lo que quería Brecht: peor para él). Es una pena que la propuesta termine viniéndose abajo por un reparto bastante flojo, en el que sólo Amparo Marín (brillante en la confesión a la madre) está a la altura. Antonio Dechent quería un Ricardo III, pero le queda grande. Presta demasiada atención a la voz del lobo, aunque ninguna al alma. Y ahí está el quid.

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