Otro, el mismo Umbral

  • Seix Barral recupera el único libro de poemas del madrileño junto con una selección, editada por Miguel García-Posada, de los versos inéditos que dejó a su muerte

Muchos han discutido la forma narrativa de sus novelas, pero aunque apenas cultivó el verso, nadie puede negarle la condición de poeta. Francisco Umbral escribió toda su obra en una prosa contaminada de lirismo, así en los periódicos como en los libros, miles y miles de páginas abordadas desde una concepción esteticista y sacralizada de la literatura que acuñó un lenguaje propio, único, absolutamente reconocible. Aun los libros más circunstanciales o menos perdurables de Umbral, que publicó demasiados a lo largo de toda una vida consagrada al oficio, contienen destellos novedosos, frases esculpidas, brillantes metáforas que justifican el discurso, a veces reiterativo pero casi siempre deslumbrante, de un escritor que desparramó su talento verbal en todos los géneros posibles, salvo el teatro, hasta constituirse él mismo -la obra, el hombre- en un género literario. Poeta, hemos dicho, y lo fue, pues incluso en los textos más directamente inspirados por el pulso de la actualidad, esto es en sus columnas, persiguió la imagen sorprendente, la asociación insospechada.

En vida, Umbral publicó un único libro de poemas, Crímenes y baladas (1981), no por casualidad subtitulado, pues la mayoría de los poemas no se sirven del verso, Antología de prosas líricas. Este volumen recupera ese título desde hace tiempo descatalogado, pero incorpora además, y en ello radica su novedad, más de un centenar de poemas rescatados del archivo por la viuda del escritor, María España, en edición de Miguel García-Posada, uno de los críticos que más y mejor ha explicado la singularidad de Umbral y el alcance extraordinario de su obra. Se trata de una selección, pues han quedado fuera más de la mitad de los poemas póstumos, en torno a 300, encontrados entre los papeles que el autor dejó a su muerte. Lector y crítico de poesía, devoto de Rubén y de Juan Ramón, de Lorca y de Neruda, Umbral tenía muchos versos en la cabeza, lo que se percibe claramente, ya se ha dicho, en su prosa, que a menudo sigue patrones rítmicos. En este sentido, los poemas ahora conocidos no suponen el descubrimiento de una veta distinta. Tampoco, en rigor, nos descubren a un escritor nuevo, pues se trata del mismo Umbral de las postrimerías -casi todos los inéditos están fechados entre 2000 y 2001- que comparece en Un ser de lejanías (2001), por citar una de las mejores obras, estrictamente contemporánea a la redacción de estos poemas, de su última etapa.

Algunos de los poemas de Crímenes y baladas, entre los que tienen como motivo el hijo muerto, formaron parte de ese libro hermosísimo e inclasificable, Mortal y rosa (1975), que pasa por ser y es la obra maestra de Umbral, la más honda, sincera y conmovedora. Otros son variaciones sobre la tía Josefina o Algadefina, habitual en las novelas del ciclo de Valladolid. También nos resulta familiar el erotismo violento y descarnado de los poemas en los que aparece Leticia/Lutecia -la protagonista de Los amores diurnos (1979), trasunto, como la Rimbaud de La bestia rosa (1981), de una de las amantes del autor en la vida real-, llenos de referencias escatológicas al propio falo y a sus propiedades amatorias, con las que Umbral fantaseó mucho. Este erotismo canalla, el gusto por el malditismo -Baudelaire, Artaud- y cierta imaginería modernista, dan un tono muy umbraliano -es la época de Spleen de Madrid, tal vez los años en los que el escritor disfrutó de mayor predicamento- a la colección recuperada, que contiene poemas más o menos extravagantes junto a otros verdaderamente exquisitos: "Un sol de tarde muerta tañendo silencioso/guitarras de la lluvia, arcángeles del coro, /y todavía mi cuerpo, sonante a cementerios,/partiendo en dos la sangre con pensativa espada,/y todavía mi cuerpo, mano que toca el tiempo, /caligrafía de selvas diciendo mi palabra: /la fiesta de los sexos, la fiesta de la prosa".

Ordenada temáticamente, la serie de los inéditos no es, en su mayor parte, especialmente memorable. Ligados bastantes de ellos a la actualidad inmediata, son poemas de circunstancia, como columnas en verso, pero también pueden leerse --dice con razón García-Posada- como una suerte de diario. Los mejores tienen que ver con la naturaleza o el tiempo o la conciencia de acabamiento. Otros parecen meros divertimentos, pero incluso en los más prescindibles aparece, de repente, el hallazgo. Sólo alguien como Umbral puede celebrar un día a Cervantes y otro a Carmen Ordóñez, dedicar un poema a Kafka y otro a Ana Botella. Del mismo modo que en sus artículos, Umbral lo mezcla todo, la tristeza de los "mares sin luna" y los encantos de las muchachas de la tele. Porque el protagonista es siempre la palabra, las palabras. A él no le gustaba que redujeran su literatura al estilo, pero Umbral, en verso o en prosa, es la fiebre del idioma permanentemente renovado. Desde este punto de vista, nunca dejó de hacer poesía.

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