En las montañas de la locura

  • El título emblemático de H. P. Lovecraft llega a las librerías con una nueva traducción de Juan Antonio Molina Foix, autor también de una jugosa introducción

ESTOY obligado a hablar porque los hombres de ciencia han rehusado seguir mi consejo sin saber por qué. Completamente contra mi voluntad voy a contar los motivos para oponerme a esa prevista invasión del Antártico -con su vasta búsqueda de fósiles y su sistemática perforación y fusión del casquete glaciar-, y soy tanto más reacio por cuanto mi advertencia quizá sea inútil. Es inevitable dudar de los hechos reales, tal como debo revelarlos; sin embargo, si ocultase lo que parece extravagante e increíble no quedaría nada. Las fotografías retenidas hasta la fecha, tanto las normales como las aéreas, contarán a mi favor; pues son terriblemente vívidas y gráficas. No obstante, se pondrán en tela de juicio, debido a los considerables extremos a los que puede llegar una hábil falsificación. Se burlarán de los dibujos a tinta, desde luego, considerándolos obvias imposturas, a pesar de su novedad técnica que los expertos en arte comentarán y se devanarán los sesos.

Por último, debo confiar en el parecer y reputación de los pocos líderes científicos que poseen, por una parte, un criterio lo bastante independiente para sopesar mis datos por sus propios méritos terriblemente convincentes o desde el punto de vista de determinados ciclos de mitos primordiales y sumamente desconcertantes; y por otra parte, suficiente influencia para disuadir al mundo de los exploradores en general de cualquier programa precipitado y demasiado ambicioso en la región de esas montañas de la locura. Es de lamentar que personas relativamente desconocidas como mis colegas y yo, vinculadas únicamente a una pequeña universidad, tengamos poca oportunidad de influir en cuestiones de naturaleza tan extraña o sumamente polémica.

Tenemos, además, en nuestra contra el hecho de que no seamos especialistas, en sentido estricto, en los campos más directamente implicados. Como geólogo, mi propósito al dirigir la expedición de la Universidad Miskatonic era exclusivamente obtener muestras de roca y tierra de las capas profundas de distintas partes del continente antártico con ayuda de la extraordinaria perforadora inventada por el profesor Frank H. Pabodie, de nuestro Departamento de Ingeniería. No tenía el menor deseo de ser pionero en ningún otro campo; pero sí esperaba que el empleo de este nuevo dispositivo mecánico en diferentes lugares a lo largo de sendas previamente exploradas sacase a la luz materiales de un tipo no logrado hasta entonces con los métodos habituales de extracción. El aparato perforador de Pabodie, como el público ya sabe por nuestros comunicados, era incomparable e innovador por su poco peso, su facilidad de transporte y su capacidad de combinar el principio del taladro artesiano normal y el del pequeño taladro circular para roca, de tal forma que podía abordar rápidamente estratos de distinta dureza. El punzón de acero, las varillas articuladas, el motor de gasolina, la torre plegable de madera, la parafernalia para voladuras, el cordaje, la barrena para eliminar el escombro, y las tuberías desmontables para perforaciones de cinco pulgadas [12,7 cm] de diámetro y hasta mil pies [305 m] de profundidad, todo eso, más los accesorios necesarios, no excedían de la carga que podían transportar tres trineos de siete perros cada uno; lo cual era posible por la ingeniosa aleación de aluminio con que estaban hechas la mayor parte de las piezas metálicas. Cuatro grandes aeroplanos Dornier, diseñados especialmente para volar a la enorme altura necesaria en la meseta antártica, y equipados con dispositivos adicionales inventados por Pabodie para calentar el combustible y posibilitar un arranque rápido, podrían transportar a toda la expedición desde una base situada en el límite de la gran barrera de hielo a varios puntos idóneos del interior, y desde ellos utilizaríamos un contingente suficiente de perros.

Pensábamos cubrir la máxima extensión que nos permitiera una estación antártica -o más tiempo, si fuera absolutamente necesario-, actuando principalmente en las cordilleras y la meseta al sur del Mar de Ross, regiones exploradas en grado diverso por Shackleton, Amundsen, Scott y Byrd. Con frecuentes cambios de campamento, efectuados en aeroplano y cubriendo distancias lo bastante grandes para que fueran geológicamente significativas, esperábamos descubrir una cantidad sin precedentes de material, sobre todo de los estratos precámbricos, de los que tan escasas muestras antárticas se habían obtenido hasta entonces. Queríamos obtener también la mayor variedad de rocas superiores fosilíferas, ya que la historia de la vida primitiva de aquella desolada región de hielo y muerte es de la mayor importancia para nuestro conocimiento del pasado de la Tierra. Es bien sabido que el continente antártico fue en otro tiempo templado, incluso tropical, con abundante vida vegetal y animal de la que los únicos supervivientes son los líquenes, la fauna marina, los arácnidos y los pingüinos del borde septentrional; y esperábamos ampliar esa información en variedad, precisión y detalle. Cuando una simple perforación revelase signos fosilíferos, ensancharíamos la abertura mediante voladuras para obtener muestras de tamaño y estado de conservación adecuados.

Nuestras perforaciones, de profundidad variable según las expectativas que ofreciese el suelo o la roca de la capa superior, tendrían que limitarse a las superficies de tierra que estuviesen casi o totalmente al descubierto… que eran inevitablemente las laderas y las crestas, ya que las zonas más bajas están cubiertas por un espesor de una o dos millas de sólido hielo. No podíamos perder el tiempo perforando lo que no fuera más que mera glaciación, aunque Pabodie había elaborado un plan para introducir electrodos de cobre en grupos muy compactos de perforaciones y fundir extensiones reducidas de hielo con la corriente generada mediante una dinamo accionada con gasolina. Ese es el programa -que en una expedición como la nuestra no pudimos poner en práctica más que en plan experimental- que la próxima expedición Starkweather-Moore se propone seguir a pesar de las advertencias que he expuesto desde que regresamos del Antártico.

El público conoce la Expedición Miskatonic por los frecuentes reportajes que enviamos por radio al Arkham Advertiser y a la Associated Press, y a través de los posteriores artículos de Pabodie y míos. Formábamos el grupo cuatro miembros de la universidad -Pabodie; Lake, del Departamento de Biología; Atwood, del Departamento de Física (también meteorólogo); y yo, que representaba al de Geología e iba nominalmente al mando- además de dieciséis ayudantes: siete estudiantes graduados de Miskatonic y nueve mecánicos especializados. De los dieciséis, doce eran pilotos de aeroplano titulados, de los cuales todos menos dos eran radiotelegrafistas competentes. Ocho tenían conocimientos de navegación con brújula y sextante; lo mismo que Pabodie, Atwood y yo. Además, como es natural, nuestros dos buques -antiguos balleneros de madera, reforzados para navegar entre hielos y dotados de motor auxiliar- estaban tripulados al completo. La Fundación Nathaniel Derby Pickman, con ayuda de unas pocas aportaciones particulares, financió la expedición; por lo tanto nuestros preparativos fueron extremadamente minuciosos, a pesar de no haberse divulgado apenas. Los perros, los trineos, la maquinaria, los equipos de acampada y las piezas desmontadas de nuestros cinco aeroplanos fueron entregados en Boston, y allí los cargaron en nuestros buques. Estábamos estupendamente equipados para nuestros fines concretos; y en todo lo concerniente a provisiones, régimen, transporte y construcción de campamentos, aprovechamos el ejemplo excelente de nuestros más recientes y excepcionalmente brillantes predecesores. Fue el inusitado número y reputación de estos predecesores lo que hizo que nuestra expedición -a pesar de lo extensa que era-despertara tan poco interés en el mundo en general.

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