Una noche que pudo ser mejor

Un buen hombre, no sólo una leyenda, es lo que demostró Herbie Hancock que es. Su segunda visita al Cervantes le mostró afable, divertido y hablador: "¿Es la segunda vez que vengo? Cuánto tiempo ha pasado", dijo nada más subirse al escenario en la noche del miércoles. Y dijo más, mucho más. Antes, Lionel Loueke, su guitarrista, había sacado su alma africana, pero lo bueno tenía que venir con toda la banda bajo las amables órdenes de uno de los grandes del jazz.

No era malo el punto de partida: Hancock en formato de quinteto con dos vocalistas. "Esta gira se llama River of possibilities. River -Grammy al álbum del 2007-y Possibilities son mis dos últimos discos y tocaremos temas de ambos", adelantó. Luego tocaron, por fin. Y no funcionó del todo. Buenos músicos y una idea atractiva se unieron de forma un tanto desestructurada.

¿Buenos músicos? En realidad, eran intérpretes extraordinarios. Dave Holland, nada menos, estaba con su bajo - "hace 18 años que no estábamos juntos, ¿no?, preguntó Hancock a Holland-, y Colaiuta dio un recital soberbio a la batería. Pero no funcionó. En ningún momento fluyó aquello con ligereza.

Entre lo mejor de la larga noche, más de dos horas, estuvo el solo de Holland al contrabajo -virtuosismo con sentido-, la versión de When love comes to town -viva y brillante, gracias a las vocalistas- y algunos pasajes concretos. Pero hubo excesos, y de peso: los 15 minutos de Hancock al piano, tras la exhibición de Holland -llegaron a estar juntos durante unos pasajes-, fueron una exhibición de jazz impresionista pero sin groove, magia o encanto.

Quizá el gran problema es que todo lo que Hancock ofreció en la noche del miércoles ya se lo habíamos escuchado, y mejor. Los años pasan y la propuesta del que fuera un revolucionario en los 60 no termina de avanzar más allá de sus pasados grandes momentos. Sigue habiendo locura, desfase y desarrollos imprevistos, pero no sorprende ni fascina. Es más, cuando el guitarra quiso sonar distinto, especial, sus efectos resultaron más molestos que atrayentes -también tuvo algún desliz hortera el propio Hancock-.

Sigue siendo grande, y reconocido como tal, pero cuando soltó Cantaloupe island recordamos que su leyenda tiene donde apoyarse, que nos gusta y que es bueno ir a verlo.

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