Arte

El paraíso congelado

  • Santiago Ydáñez presenta en Isabel Hurley una exposición que juega con el humor negro y que halla su inspiración en la presencia de la muerte y en las apariencias

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Pudiera parecer una obviedad, pero el paraíso perdido es el que se deja de vivir y experimentar. Esto precisamente es lo que se desprende de las monumentales e impactantes telas de Santiago Ydáñez: la certeza, a pesar de la rotunda presencia pictórica de seres y parajes, de una imposibilidad del desarrollo de la vida, de una suspensión o quiebra de ésta por más que sus imágenes jueguen a la simulación de mantener la apariencia. Éstas -la presencia de la muerte y el juego de las apariencias- son las motivaciones que dominan la presente exposición que, junto a lo macabro, el humor negro, la manifestación de los sentimientos y la estereotipación de éstos, han venido caracterizando buena parte de la trayectoria del artista jienense.

Más allá de la relación del conjunto de piezas de Ydáñez con el poema épico de John Milton del que toma el título, su reflexión no deja de ser una irónica e interpelativa vuelta a uno de los temas simbólicos consustanciales al hombre, el de la pérdida y expulsión del paraíso, sólo que aquí el rastro humano es mínimo (si acaso una revisión de una de las estampas de Los desastres de la guerra de Goya), lo que obliga a confrontarnos con los seres inertes y los paisajes desolados que pueblan la exposición. Las imágenes de escenarios naturales, de paradójicos paraísos carentes de vida, gélidos y mudos, así como seres expulsados del paraíso, esto es, lienzos de animales muertos al igual que ciervos disecados que penden del techo, se muestran como presencias cargadas de espiritualidad que encierran la ausencia de hálito y pálpito, abriéndose a distintas y fluctuantes significaciones que distorsionan nuestra aprehensión. Podríamos decir incluso que el artista juega a desubicarnos mediante el uso de distintas estrategias a distintos niveles, especialmente su personalísimo estilo y la elección de los motivos representados.

Una de las mayores virtudes de Ydáñez estriba en la profunda correlación de su estilo con sus intenciones y presupuestos. Expresión plástica, contenido y mensaje se retroalimentan, es decir, el estilo de Ydáñez es parte del mensaje y del discurso. Sus amplios formatos (la ampliación de los motivos en algunos casos convierte lo familiar en extraño y siniestro); su paleta restringida a blancos, negros y grises que exacerba la esencia del fragmento congelado ganando en impacto; así como la traslación de la realidad fotografiada a la pictórica -la pintura como modo de connotar, simbolizar y enigmatizar la realidad- actúan sobre el espectador envolviéndolo y sobrecogiéndolo, provocando una profunda atracción y empatía a pesar de la crudeza de muchas de sus imágenes, abrigando a partes iguales cercanía y extrañeza, recogimiento y horror, cotidianidad y excepcionalidad.

Por otra parte, los motivos y el tratamiento de éstos responden a un gusto por la ambigüedad y la indefinición; en muchos casos son espacios fronterizos entre la vida y la muerte y entre la presencia y la ausencia, motivos que aluden en ocasiones a una espiritualidad contenida al tiempo que a una ausencia de vida. Tal vez así, se carguen de sentido sus nevados paisajes que parecen congelar el ciclo de la vida; sus animales, suerte de vanitas; sus animales disecados, manifestación de la presencia y el esfuerzo por mantener la apariencia sin vida.

Los grandes formatos, más allá de la desubicación del cambio de escala, permiten observar cómo la maestría de Ydáñez no descansa en la minuciosidad ni en el detalle, sino en la pincelada amplia y no excesivamente cargada que juega con veladuras y transparencias, de modo que consigue calidades matéricas y capta y crea ambientes con una pincelada impulsiva, improvisada y gestual.

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