Ni el pasado ni Gutiérrez Caba son suficientes

Hay películas que encierran propósitos loables, y Paisito, producción compartida entre España, Argentina y Uruguay, es una de ellas. Y lo es con vehemencia: las miserias de la dictadura militar uruguaya y los mecanismos de traición y corrupción que condujeron al golpe de Estado constituyen un material histórico de primer orden, y por tanto artístico. Pero las miradas al pasado (o, más aún, aquéllas que pretenden establecer conexiones entre el doloroso ayer y la situación actual de quienes lo vivieron, como es el caso) tienen sentido en la medida en que son clarificadoras respecto al mismo; si no, sencillamente, no merecen la pena y el arte se queda en mero tránsito. Más allá de sus méritos, Paisito es una película poco, o nada reveladora: que los militares que efectuaron el golpe eran muy malos ya lo sabíamos, que algunos de ellos no lo tenían muy claro también, incluso que parte de la insurgencia aplicaba métodos dignos de la mafia en sus acciones ya no le resulta raro a nadie. Habría sido deseable otro argumento, otra película; para asistir a lo ya visto tantas veces, bien desde la ficción o desde el registro documental, nadie va a pagar la entrada del cine. Pretender lo contrario por parte de quienes hacen la película es ingenuo o deshonesto.

A ello se une un ritmo que eterniza la hora y media del metraje, un montaje que tiende a la confusión (especialmente en los últimos compases, y muy a pesar de lo previsible del argumento), cierta torpeza a la hora de ligar los acontecimientos históricos con el devenir de los protagonistas en el presente (las escenas de María Botto y Nicolás Pauls son del todo prescindibles: una sola mirada bien rodada habría dicho mucho más que toda la perorata que sueltan, fuiste tú, fui yo, nos acostamos, nos separamos) y una dirección de actores que no termina de sacar todo el provecho. Gutiérrez Caba está espléndido, claro, pero no basta.

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