El peor episodio

En mal momento se le ha ocurrido a Chris Carter resucitar a sus buscadores de misterios paranormales Mulder y Scully. Justo cuando la ficción televisiva norteamericana parece vivir su edad dorada con nuevos formatos, nuevos ritmos y nuevas narrativas, y ahí están Los soprano, A dos metros bajo tierra, Perdidos, CSI, 24, The wire, House o Dexter para corroborarlo, el creador de la popular Expediente X le da una nueva prórroga a su metafísica pareja en una insípida aventura larga con menos chicha que cualquiera de sus episodios televisivos.

Por no haber no hay ya aquí ni extraterrestres, ni abducciones, ni luces misteriosas en el cielo. Reunidos de nuevo por las forzadas circunstancias y sin mucha explicación sobre el tiempo transcurrido de por medio, nuestros desganados agentes del FBI se buscan más bien a ellos mismos (y todo a través de unos sonrojantes diálogos explicativos) entre experimentos médicos, tráfico de órganos, curas pedófilos con visiones y unos fríos y hermosos campos nevados de West Virginia.

También guionista de este mustio regreso, Chris Carter da vueltas y vueltas sobre un par de ideas, realmente solo una (creer o no creer, esa es la cuestión; la fe contra la ciencia, ¡a estas alturas!), puesta en escena con una flagrante ausencia de suspense y excesiva verborrea supuestamente trascendental.

El resultado, plano, romo, estancado, sin progresión ni tensión alguna, pone aún más de manifiesto el desfase de este estirado episodio en pantalla grande con el brío, la musculatura narrativa, la creatividad formal y la intensidad de las nuevas series televisivas de ficción que han nacido a la sombra de su éxito en la década de los noventa. Malos tiempos para esta lírica desubicada, desde luego. Tan sólo Gillian Anderson (sus ojos, su rostro afilado), a la que el tiempo y la madurez han tratado tan bien, nos redime un poco del aburrimiento.

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