El plan perfecto: hagamos una tontería

  • Quince años después de su estreno, 'Lock & Stock' de Guy Ritchie sigue siendo el gran referente a la hora de llevar ideas disparatadas a la gran pantalla

Hubo un antes y un después de Lock & Stock. Tanto para su director, Guy Ritchie, como para la forma de concebir una idea disparatada dentro de las fronteras del séptimo arte. Esta historia centrada en un grupo de amigos que deben desenvolverse como puedan en el mundo del crimen para pagar una deuda que cuelga sobre sus cabezas es uno de los pilares fundamentales del último ápice de originalidad existente a día de hoy.

Acompañada de una banda sonora de ensueño, perfecta para el ambiente que se respira en la cinta, años después de su estreno en 1998 sería considerada por muchos como una de las mejores películas inglesas de todos los tiempos, y supondría la base para que Ritchie pudiese elaborar un segundo cuento barribajero (Snatch, cerdos y diamantes) en el que, ahora sí, habría que poner un ojo en un director que más tarde se hundiría por colmar de rosas a su mujer y musa, Madonna, en Barridos por la marea, el tedioso remake de Insólita aventura de verano, de la generalmente comedida Lina Wertmüller. Posteriormente, se afincaría en su peculiar elitismo y firmaría un filme más legible de lo que se ha destacado, aunque mucho más vacío de lo que pretendía el director, llamado Revólver. En 2008 volvería a la gran institución que es la comedia negra con RocknRolla, un filme vacuo e intrascendente que por su puesta en escena y sus insustanciales subtramas no acabó de funcionar. Ha dirigido a Robert Downey Jr. y a Jude Law en dos agradables filmes de Sherlock Holmes, pero nada ha vuelto a ser lo mismo en la carrera de este director desde su infiltracion en aquellos suburbios de Londres. Ahora que se cumplen 15 años de Lock & Stock, resulta imposible no rememorar las razonas por las que Guy Ritchie se convirtió en un magnífico realizador incluso antes de poder llegar a demostrarlo.

Una atmósfera seca y fría asalta la proyección retro de un Londres desértico , que únicamente despierta en las noches más pintorescas, con pubs caribeños hasta los topes, y timbas de póquer donde uno suda y juega por algo más de lo que hay en la mesa. En un compendio general, Lock & Stock es una cinta hábilmente sobrecargada, tanto en lo narrativo como en lo estético. Aquí se dan la mano tiroteos imposibles estudiados desde distintos tiempos y ángulos, una comicidad ágilmente medida y una dirección de la acción atrevida, tan dinámica que ofrece un sobrio espectáculo estético en forma de comedia negra.

Por otro lado, el libreto de Ritchie no le anda a la zaga a todo este pastiche. Existe en él un dominio brutal del lenguaje adecuado al crimen (des)organizado, que encuentra su cuna en la didáctica prosa y el abundante humor negro de George V. Higgins (del que recientemente se ha publicado en España La rata en llamas, que data de 1981), y claro, también en sus posteriores herederos, donde también se encuentra el mismo modelo de charlatanería, como en la obra del difunto Elmore Leonard.

El guión, orquestado dentro de los márgenes del estrambótico realismo de la generación pulp, se adjudica como heredera espiritual del tarantinismo imperante desde que el director asaltó el metalenguaje en Reservoir Dogs y repitió en Pulp Fiction. Sin embargo, Ritchie parece plantear su película más como una refutación del elitismo tarantiniano que como un homenaje. Si bien ambos forman parte de una élite que, junto a algunos otros (Álex de la Iglesia por buscar un ejemplo patrio), ha determinado una peculiar representación del gamberrismo y lo extravagante, es sólo Ritchie el que ha trabajado desde un terreno algo más genuino, en vez de agenciarse un género sobre el que únicamente ha reescrito un continuo homenaje, como es el caso de Tarantino. Más que nada, porque Ritchie, que a diferencia de Quentin Tarantino, no es tomado (ni se toma) demasiado en serio). Lock & Stock vendría a reivindicar un espíritu desbocado, una clase de cine que es la viva esencia de la magia de la sencillez y la complejidad que oculta la aparente arbitrariedad de algunas historias que aqui son hiladas con naturalidad y, sorprendentemente, con armonía. Es una barraca ambulante, despreocupada; la viva extravagancia sin pretensiones. Un ejercicio de estilo de una inmensa fuerza y libertad narrativa, algo que a día de hoy, desgraciadamente, no prevalece. Lo más probable es que esta película no hubiese pasado de la fase de estudio en estos tiempos ya que ha dejado de pagarse tan bien la originalidad para cederle paso a una mediocridad deleznable. Eso deja a Guy Ritchie en un lugar privilegiado: el del grande que se hundió a tiempo.

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