"La polémica se arma cuando lo que se dice no gusta al 'establishment' político"

  • La columnista y autora de libros de éxito como 'Jeffe Atta' visitó ayer Málaga y firmó en El Corte Inglés ejemplares de 'La Reina muy de cerca', obra que ha despertado variopintas adscripciones a las dos Españas

Carne de best seller, Pilar Urbano (Valencia, 1940) ha vuelto a suscitar calurosos debates con La Reina muy de cerca. A cada minuto salen a su paso incondicionales que la felicitan por su libro y tal o cual intervención en televisión.

-La Reina muy de cerca va dirigido a los hijos de los que leyeron hace trece años su anterior libro dedicado a Doña Sofía. Esta generación, que no vivió de manera directa la Transición, mantiene por lo general una relación mucho más indiferente con la monarquía. ¿Cómo asumió usted ese reto?

-Es la generación a la que se dirige la Reina en el libro, como si anticipara el reloj y lo pusiera en pasado mañana. En el anterior libro hablaba sobre todo del pasado, de la Historia y del Rey Juan Carlos; aquí habla de ella, de ellos, de Letizia y Felipe, de los nietos. Se dirige más al futuro, como si quisiera asegurar el diseño del tipo de monarquía que tiene que haber, con cierto instinto de conservación. Por eso se sincera, baja al asfalto, a la tierra; está especialmente pendiente de las demandas del pueblo y la sociedad, asume una vocación de servicio: no bastan los papeles ni los gestos, hay que hacer gestiones, echarse la gente a la cara, ganarse el sueldo. Por eso dice que el Rey Felipe no podrá pisar donde haya pisado el Rey Juan Carlos. Está garantizando, amadrinando a la parejita, a Felipe y Letizia, los futuros reyes. Se nota que no está encerrada en Palacio. Ella misma me lo dijo, "Letizia me ha enseñado la vida de la calle". Y se muestra muy dispuesta a aprender de la juventud. En estas conversaciones me encontré con una mujer que no tenía necesidad de fingir, habla de política lo que tiene que hablar pero tiene muy claro que si te aferras al pasado te conviertes en un carcamal.

-El tono coloquial del libro, ¿es señal de fidelidad a las conversaciones, o tiene la intención de ofrecer una imagen dirigida de la Reina?

-Mucha gente se ha extrañado del tono coloquial, sencillamente porque no han escuchado hablar a la Reina. Yo he querido que la gente escuchara detrás de las cerraduras, a través de las páginas. He intentado escribir como si hablara ella, por eso, después de cada conversación, me apresuraba a transcribirlas inmediatamente; esa inmediatez puede haber afectado al libro en cuanto a la aparición de determinadas faltas de estilo, pero a cambio el lector tiene un testigo fiel de los diálogos, según el ritmo en que ocurrieron. He eliminado todas las ortopedias. No hay discursos.

-¿En algún momento hablaron la Reina y usted sobre la respuesta social que podrían suscitar sus declaraciones sobre el aborto y los matrimonios homosexuales?

-Imagino a la Reina con los ojos a cuadros. Igual que yo. Hay un momento en que hablamos sobre la vez aquella en que el Rey le pidió a Marcelino Iglesias, el presidente de la Comunidad de Aragón, que no se pusiera tan cabezota con el tema del agua, y nadie ha protestado por eso. Seguramente, como pasa siempre, si el fragmento del libro destacado por El País hubiese sido otro, más agradable al establishment político, no se habría organizado este pollo, que yo no he buscado en ningún momento aunque a la editorial le haya venido muy bien. Pero no, no nos imaginamos una consecuencia así. De hecho, ni se me ocurrió recurrir a esos temas para los ganchos de la contraportada. No creía que aquello pudiera resultar especialmente atractivo al lector. Sí es verdad que la Reina se palpó la ropa cuando le pregunté sobre la memoria histórica, al igual que en otras cuestiones políticas, en las que pasó muy por encima, sin aterrizar en respuestas concretas. Incluso le pregunté por la llegada a Málaga de parte de la colección de Carmen Thyssen, porque tengo mis conjeturas acerca de a dónde han ido a parar las comisiones. Pero se limitó a recordarme la importancia de la colección.

-¿Las reacciones serían las de esperar en una sociedad de plena madurez democrática?

-El gran debate que se ha organizado es sobre si la Reina tiene libertad de opinión. Y yo me limito a recordar lo que dice la Constitución sobre la Reina consorte: que no podrá asumir funciones constitucionales. De hecho, sólo acude a los actos que le indica el Rey. No mueve ni una sola hoja de papel, no influye en modo alguno en el poder ejecutivo, legislativo, ni judicial. Ella no es inviolable, como sí es el Rey. Y por eso éste no puede pronunciarse sobre determinadas cuestiones. Pero la Reina es violable, es libre, con todas las consecuencias de expresión en libertad. Si le ponen una multa, la paga ella. Es responsable de sus actos y por eso es libre. Por eso creo que ha habido algunas malas interpretaciones desde ciertos sectores progresistas que han hablado en defensa de la igualdad. También se dijo que la Casa Real había emitido un comunicado que circunscribían las declaraciones de la Reina al ámbito privado, incluso llamaron del New York Times preguntando por ese comunicado, pero nunca lo hubo; sólo se produjo un comentario, en voz alta, desde la jefatura de prensa de Zarzuela a un periodista de la Agencia Efe. Si se hubiera producido ese comunicado, yo me hubiera querellado contra su autor. La Reina revisó las galeradas antes de su publicación y sólo cambió una palabra en el título, que iba a ser La Reina, confidencial. Lo de confidencial no le gustó precisamente porque sus declaraciones no las realizó en un ámbito privado, sino para un libro.

-Más allá de la Reina, ¿cuál ha sido su entrevista más difícil?

-La más difícil fue a un etarra. Tuve que hacerle diez entrevistas. Era un antiguo jefe del comando Nafarroa que atravesaba una época muy difícil, acababan de matar a Yoyes y se encontraba a un paso de cruzar la línea roja. Quería hablar pero sabía que se jugaba mucho. Tuve que darle mucha confianza. Yo sabía que en cualquier momento podía coger las cintas y salir corriendo, pero al final actuó como yo esperaba. Se produjo una situación apasionante porque cada cinta grabada suponía para él un paso adelante hacia la ley y la libertad a la que aspiraba. Otra muy difícil fue una que le hice a Rodrigo Rato. Todavía no era ministro, vivía encerrado en sus números, y tuve que hablar con él durante horas para que me contara algo que no fuera un dato económico. Era muy aburrido.

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