El quinqui impasible del 11-M

nos vemos en esta vida o en la otra

Manuel Jabois. Planeta. Barcelona, 2016. 240 páginas. 18 euros

El periodismo es un oficio con mucho más de albañil -con el andamio en tenguerengue- que de arquitecto. Ladrillo a ladrillo y con las herramientas de siempre -una caja surtida de preguntas, mucha observación y buen oído-, el periodista Manuel Jabois (Sanxenxo, Pontevedra, 1978) reconstruye la historia de Gabriel Montoya Vidal, conocido como Baby y bautizado por la prensa como El Gitanillo.

Montoya no había cumplido aún los 17 cuando el 11 de marzo de 2004 la dinamita destripó los trenes de Madrid y murieron 191 personas. Fue el único menor condenado por el 11-M. Jabois sigue su pista y con él recorre la trastienda, honda y negra como una mina asturiana, de aquella fecha infame.

Y estremece seguir a Montoya en este libro. Un encogimiento de hombros es el gesto que más repite si se le recuerda que él llevó a Madrid, como porteador de Emilio Suárez Trashorras, parte de la dinamita para entregarla a la célula. Él estaba haciendo un trabajo a cambio de dinero, de hachís. Cuando los terroristas se inmolan en el piso de Leganés, Baby está con los colegas en Avilés de copas y porros. Cuenta Jabois que al enterarse estaba tranquilo, jamás creyó que la dinamita se usaría para matar a gente, pero no le dio más vueltas, y se justificó diciéndose a sí mismo que de no haber sido él habría sido otro. Lo hecho ya estaba hecho, no podía hacerse nada más, ni cambiar el pasado.

Así era este adolescente. Hijo de un maltratador, delincuente precoz, ladrón de coches a los doce años y consumidor de speed un año después, un bala perdida, alguien sin historia o, como escribe Jabois, con "una historia cualquiera". Hasta el 11-M, una fecha terrorífica con unas vísperas que gracias a este libro ya se saben aterradoras, jornadas que van borrándose del calendario acercando el Día D, con las víctimas viviendo sin saberlo los últimos días de sus vidas, los terroristas pergeñando su plan demoníaco y Baby -como narra Jabois con la precisión del reportero que usa sus herramientas de forma sencilla, limpia y directa-, colaborando involuntariamente con ellos, con los asesinos, sin preguntarse nada. Sin arrepentirse de lo que hizo y sí de lo que pasó. Impasible. "Es mi manera de verlo. Murió mucha gente que no tendría que haber muerto y demás, pero si necesitas el dinero, ¿qué haces? (...) Te arrepientes de las muertes que ha habido y demás. Es arrepentimiento, pero te queda ahí un poquito de decir "bueno..."".

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