El silencio amplificado

  • Imagen y sonido también tienen su representación en la ausencia de ambos, y así lo demuestran los 'Ecoiconoclastas' en Bellas Artes El cine sin Telón de Acero llega a la Alianza Francesa

EL silencio ante la obra de arte -y ante la puesta en escena- se impuso como convención en el siglo XIX. Sin embargo, a principios de ese siglo existía un público procedente de las capas más populares de la sociedad que veía shakespeares adulterados en Norteamérica y no se cortaba a la hora de silbar (¡o de pedir bises, si era menester!). Lo cuenta con bastante gracia Larry Shiner en La invención del arte, a propósito del aprendizaje de la actitud estética. Resulta pertinente volver sobre el tema del silencio cuando se aborda el arte sonoro. En esta ocasión, para ahondar los silenciosos espacios contemporáneos: silencios rotos -con intención- en la muestra colectiva que estos días programa la Facultad de Bellas Artes (Plaza de El Ejido, s/n) hasta el 15 de mayo próximo; en esta ocasión con el Grupo de Investigación Ikersoinu -adscrito al departamento de Arte y Tecnología de BB.AA. en la Universidad del País Vasco- como invitado. Ocho artistas integran la propuesta de Ecoiconoclastas, que arranca con las palabras de Gabriel Villota (Bilbao, 1964): una introducción a la voz como instrumento de la danza contemporánea -una vez emancipada de la música- y las prácticas performativas. La exposición (formada por instalaciones de Enrike Hurtado, Jon Mantzisidor, Sarah Rasines, Josu Rekalde, Mattin, Mikel Arce y Patxi Araujo) parte de un doble rechazo: a la representación visual convencional por un lado, y a las sonoridades tradicionales por otro. En un contexto, además, donde el arte sonoro está condenado a una mudez paradójica, atrapado entre nuestra [excesiva] sociedad visual y la ubicuidad del ruido deforme (carente de formalidad y de planteamiento expresivo).

La convención del silencio emerge, de esta manera, como una potencial aliada para el encuentro con dos piezas realizadas por Josu Rekalde (Amorebieta, 1959) -a la sazón, comisario de la muestra- y Mikel Arce (Bilbao, 1959), ambos veteranos de la instalación audiovisual en España. La amnesia de Sísifo, de Rekalde, parece triturar esa representatividad (en este caso en formato de vídeo) a manos de un taladro que despierta ilusiones de telequinesia. ¿Es el olvido un mal menor, necesario para soportar la memoria? Posiblemente, sí. Siguiendo un recorrido circular por la sala se encuentra Un público abucheándose a sí mismo, de Mattin (Bilbao, 1977); proyección que prescinde de la imagen, no así de texto y de un sonido (difícilmente audible en este caso) que por el contrario goza de protagonismo total en Riffs: DD-U-TT, de Enrike Hurtado (Bilbao, 1973). El reservado de la sala favorece espacialmente esta pieza de arte sonoro complementada con el dibujo que la pista -un loop sostenido que evoluciona sutilmente- realiza en la pantalla instalada. El software se convierte en una suerte de ilustrador automático que fabrica figuras trapezoidales a golpe de drone. Oihartzuna, de Jon Mantzisidor (Zarautz, 1973) parte de la palabra oihartzun (eco, en euskera) -en este caso el eco integrista del muy cuestionado arzobispo de Granada, que Mantzisidor traduce, en su dimensión no verbal, mediante esculturas donde abundan las formas fálicas-. Con La eliminación del azar, Patxi Araujo (Iruña, 1967) propone un experimento visual en el que deja en manos de una terminal la creación de una serie de ciclos de configuraciones acústico-formales que visualmente representan círculos concéntricos adoquinados que eluden la repetición. Se trata de un problema matemático-artístico irresoluto (al menos por el momento, según el creador).

Mikel Arce y Sarah Rasines (Burgos, 1983) se centran en la representación de obras donde el sonido juega un papel fundamental. Concretamente en sus respectivas instalaciones, Macroscuro y Choke Back. El primero para amplificar el surco que atraviesa la aguja del tocadiscos, proyectándolo en una pantalla, al tiempo que convierte la pieza en una escultura (contrapeso necesario para la aguja posada en el vinilo). En este caso el sonido suena a la mínima revolución posible con respecto a su concepción original; no existe una canción, sino que la materia prima e inasible ha sido reducida a una emisión, digamos, informe. Sonido apenas perceptible -salvo para oídos especialmente afinados por la vía del feedback- en la creación de Rasines: el altavoz amplificado y elevado a la condición escultórica que recoge tradiciones dadaístas (como la de Objeto indestructible, el metrónomo con el Man Ray exorcizó su desamor), apóstatas de ese silencio sacro que conviene abrazar de vez en cuando. Aunque sea en una exposición de arte sonoro.

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