flamenco

El talento en sus raíces

  • Con aliados como Miguel Poveda y Rafael Riqueni, Daniel Casares hizo de 'Palosanto' una fiesta en el Cervantes

Daniel Casares, con la Orquesta Sinfónica de Triana, ayer, en el Teatro Cervantes. Daniel Casares, con la Orquesta Sinfónica de Triana, ayer, en el Teatro Cervantes.

Daniel Casares, con la Orquesta Sinfónica de Triana, ayer, en el Teatro Cervantes. / fotografías: javier albiñana

Lejos de constituir un episodio anecdótico en la trayectoria del guitarrista esteponero Daniel Casares, Palosanto representa con la mayor solvencia la adscripción del músico a una determinada tradición cultural. En un instrumentista y compositor de altos vuelos como Casares, Palosanto sube a escena lo que nuestro hombre entiende por raíz; y lo cierto es que este trabajo llega en el momento perfecto para reivindicar al guitarrista como un maestro en su género de autoridad suficiente. Con la madera que da título a la propuesta, como puente entre la Cruz y la guitarra, Palosanto es, sí, una aproximación a la Semana Santa como crisol estético en el que se cuecen ingredientes insospechados; pero es mucho más una celebración del símbolo y del lenguaje, del modo en que la guitarra (al cabo, objeto de homenaje) es capaz de decir lo más hondo, lo menos abarcable. De cualquier forma, la presentación de Palosanto se convirtió ayer en el Teatro Cervantes en una exultación de los sentidos y, sobre todo, en una reivindicación del flamenco como arte absoluto. Brillaron estrellas como Miguel Poveda y Rafael Riqueni, invitados de alto postín; pero el verdadero regalo a la memoria fue un hechizo conjunto, equilibrado y certero que habría merecido un aforo completo (no faltó mucho, que conste).

Compareció primero Daniel Casares arropado por la Orquesta Sinfónica de Triana, un trío de cornetas solistas de Las Cigarreras de Sevilla y una formación flamenca que incluía a Miguel Ortiz Nene a la percusión, Sergio Aranda al baile y Manuel Peralta al cante. Transcurrió Palosanto en su primeros términos de la soleá a la bulería pasando por una colombiana sabiamente mecida, con una singular textura impresionista. La orquestación de Manuel Alejandro González se sirve repleta de hallazgos en su valiente gama de recursos tonales, con ambición contemporánea, sobre todo en los metales. Singularmente reveladora fue la aportación de las cornetas, que añadieron matices brillantes al paisaje. Eso sí, entre la celebración y el recogimiento, Palosanto fue una lección de virtuosismo, técnica, disciplina y generosidad en manos de un Casares en estado de gracia.

La actuación de Miguel Poveda, con quien ha compartido Casares oficio ya en varios proyectos, prometió lo que se esperaba: una puesta a punto del cante por derecho, porque sí, pleno de genio, rabia y dulzura, afinación y libertad. En sus veinte minutos de comparecencia, Poveda regaló la mejor versión de sí mismo, la de un creador dispuesto a todo y a su vez capaz de hablar de tú a la herencia secular. Con el tocaor Rafael Riqueni el ámbito del magisterio amplió su territorio: el sevillano se presentó con Amargura y recordó por qué es citado tan a menudo como influencia indispensable, con la guitarra asumida como una orquesta. La Banda de Cornetas y Tambores de la Estrella derramó el incienso. Alguien resucitó en alguna parte.

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