Los terrores nocturnos de Cristina Lama

  • Para su primera individual en Málaga, la artista sevillana crea paisajes cargados de tensión y temor no exentos de carga crítica

El nuevo trabajo que Cristina Lama presenta en Málaga, en la galería de Javier Martín, lo componen más de cuarenta óleos de diverso formato centrados en lo que podríamos llamar imaginario del miedo. El título de la muestra, tomado de una canción radiofónica, expresa bien la idea del conjunto, ya que Lama no habla de sus miedos sino de esos otros que todos compartimos.

Carl Gustav Jung, hace ya casi un siglo, formuló la teoría según la cual existe un lenguaje común a los seres humanos de todo tiempo y lugar, constituido por símbolos primitivos que expresan contenidos que, al estar por debajo de la conciencia, escapan a ésta. Salen a la luz, domesticados pero sin perder su capacidad de despertar la emoción, en los cuentos infantiles y las leyendas y narraciones populares. Unos y otras son trasuntos, pálidos, de esos mitos que también se hacen patentes en ciertas figuras, signos e ideogramas, recurrentes en las distintas culturas. De este modo, el vampiro, la bruja, la fiera, el fantasma o el monstruo pueblan como protagonistas las pesadillas populares y se convierten en verdaderos iconos de la congoja. Con ellos, Lama (Sevilla, 1977) configura extraños paisajes, cargados de tensión, donde las imágenes del temor no están exentas de carga crítica.

Porque la autora conecta esos temores con las incertidumbres del momento. El desasosiego de la crisis económica y la desconfianza que despierta su gestión por los responsables políticos desembocan en algo parecido a una situación de pavor cotidiano. Por eso es posible una interpretación que surge al relacionar y asociar los arquetipos culturales del miedo con las figuras sociales que hoy lo producen. Al fin y a la postre, la imagen de un lobo hambriento conecta de manera inmediata con el especulador inmobiliario o financiero. Si observamos la obra desde esta óptica, podremos percibir ese carácter satírico y burlón, o mejor, grotesco, análogo al de Francisco de Goya cuando meditaba sobre la decadencia social que vivía España en el ocaso del Siglo de las Luces.

De un modo coherente y en consonancia con la trama establecida, Cristina Lama lleva a cabo una puesta de pintura rápida, que puede parecer tosca pero que se adapta perfectamente a la intención que persigue. El óleo sobre lienzo le permite dar textura a la superficie mediante empastes de todas clases; su pincelada, tocada de inmediatez, se organiza de forma violenta pero no desordenada ya que la disposición de ésta persigue un efecto visual concreto. El resultado se traduce en una fuerza que el espectador podrá apreciar en las distancias cortas.

Este método pictórico es fruto de un trabajo incesante y obstinado. Cristina Lama parece buscar incluso la pincelada y el material preciso para hablar de aquello que le afecta y le preocupa. Es verdaderamente un modo de proceder en pintura que no está libre de riesgos y cuyo empleo requiere trabajo y reflexión casi obsesivas. Y esto no ocurre sólo en la técnica sino también en el color. Para sugerir que los escenarios que abren sus obras son inciertos y turbios, no duda en recurrir a colores extraños que surgen de mezclas peculiares y que se aplican con abundante pasta, a veces de manera poco nítida, pero esta falta de, digamos, limpieza, no es en absoluto reprochable, porque se emplea con una clara intención, a veces en verdad artera.

Aunque la obra expuesta parezca alejarse de los interiores hogareños silenciosos, llenos de una iconografía personal, que movió a Ortega Regalado a hablar de una Cristina anfitriona, Lama no llega a alejarse del todo de sus orígenes, sobre todo en la composición espacial. Los planos sin volumen se contraponen a los elementos tridimensionales y el lienzo sigue siendo esa especie de ventana a la que nos tenemos que asomar para contemplar la escena entera.

La trama terrorífica que la pintora propone con una puesta en escena en la que un lenguaje en apariencia infantil e ingenuo se funde con una intención crítica parece el mejor procedimiento para hablar, no sin humor, de la inseguridad que han sembrado en nuestras vidas los centros de decisión del poder económico en confluencia con las ansias de hegemonía de determinados estados. Uno de los resultados de todo ello es el miedo unido a la incertidumbre. Casi sin querer vienen a la memoria aquellas palabras de Howard Phillips Lovecraft: "La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido".

Cristina Lama. Galería JM (Duquesa de Parcent, 12), Málaga. Hasta el 10 de noviembre

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