67 Mostra de Venecia

Una venus negra llegada de Cuba

  • La sección a concurso recibe a 'Venus noire', film de Abdellatif Kechiche protagonizado por la debutante Yahima Torrès, y a la cinta griega 'Attenberg'

Venus Noire, la nueva y prolija película de Abdellatif Kechiche, llegó hoy con dinero francés, ritmos africanos y la actriz cubana Yahima Torrès al Festival de Venecia, donde también compitió una muestra del poderoso nervio del nuevo cine griego llamada Attenberg, de Athina Rachel Tsangari.

El director francotunecino volvió a Venecia tras ganar el Premio Especial del Jurado con El grano y la mula, y se enfundó por primera vez el traje de época aunque sin renunciar a sus señas de identidad: realismo en el límite con lo contemplativo, del que granjea al cine francés el famoso símil con el crecimiento de la hierba. "Espero que la mente prevalezca sobre la vejiga", se defendió tras las protestas por sus 160 minutos de sugerente pero muy parsimonioso recorrido por el último año de vida de Saartjie Baartman, una bosquimana que en 1817 murió en París tras haber sido explotada como espectáculo para las masas, objeto de estudio científico, divertimento de la burguesía y prostituta exótica.

Pero entre el césped que riega Kechiche crece también una gran flor, una dalia negra llamada Yahima Torrès que, procedente de Cuba, debuta como actriz en este filme que recorre cada milímetro de su totémico físico, porque el director resume su nueva propuesta como "la historia de un cuerpo y su mutilación progresiva". "Ha sido un papel con escenas muy difíciles, pero me he preparado físicamente, he aprendido bailes africanos y el idioma afrikáner para la película", explicó en rueda de prensa la primeriza actriz, que apareció resplandeciente en Venecia en contraste con su denostado aspecto en el filme.

A pesar de retraerse al siglo XIX, Kechiche defiende Venus Noire como un filme "muy contemporáneo" por tratar la cuestión de "la responsabilidad colectiva" cuando se presencia la vejación de otro ser humano. "Mirar juntos nos hace sentir menos responsables". Y así, la cinta teje una aguda equiparación de los imperativos del espectáculo, la instrumentalización por parte de la ciencia -por los atípicos genitales de la protagonista-, la doble cara de la sofisticación burguesa y la perversión sexual de la prostitución. "Esta película se pregunta hasta dónde podemos llegar para satisfacer un deseo o una ambición", dijo el director. Y Saartije Baartman, cuyos restos mortales no fueron repatriados a Sudáfrica hasta 2002, tuvo la mala suerte de ser deseada por todos.

La falta de deseo afecta, precisamente, a la protagonista de Attenberg, cinta griega que conecta con el espíritu inquietante y aséptico que Yorgos Lanthimos -no en vano productor y actor de esta cinta- desarrolló en la celebrada Canino. Como en aquélla, Athina Rachel Tsangari crea un nuevo código para unos jóvenes neutralizados por el exceso de estímulos y que "se han convertido en humanos que se comportan como pequeños animales". De ahí el título de la película: parece un documental de David Attenborough para la BBC.

"Son seres que intentan sobrevivir en una naturaleza alienada y postindustrial", explicó la directora, que crea en el filme sensación de ciencia ficción no por el eje temporal o por los efectos especiales, sino por lo marciano del comportamiento de sus criaturas. "Ellas construyen en esta pequeña ciudad una ridícula y estúpida manera de comportarse, y esa es la única manera de luchar contra un mundo que les resulta muy extraño", explicó esta atípica cineasta, que incluye números musicales sin música y cuatro canciones con una temática en común: el suicidio.

La apatía sexual de la protagonista "no es exactamente asexualidad, sino una opción sexual diferente", según Tsangari, y alterna escenas de sexo -que no eróticas- con secuencias en un hospital para resumir cómo su protagonista vive de igual manera un coito que una exploración ginecológica. Pero en Attenberg no sólo están aplacados los ardores de la carne, sino que el discurso oral ha alcanzado tal precisión que, derribados ya los tabúes, los sentimientos y las acciones parecen accesorios. "Nos hemos acercado tanto a los personajes para hacerlos muy distantes", sintetizó la directora, quien palidece y enfría sus imágenes con el azul y blanco que representan a Grecia y encuadra su cine en el "estilo dórico".

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