El viajero y la experiencia humana

  • Dickens mostró en 'Notas de América' su rechazo a la esclavitud y su preocupación por los desfavorecidos

En 1842, Charles Dickens, ya convertido en un autor célebre gracias a Los papeles póstumos del club Pickwick y Oliver Twist, emprende un viaje por Norteamérica junto a su esposa por el que conocerá entre otros destinos Boston, Nueva York y Filadelfia y visitará algunas ciudades de Canadá como Toronto, Montreal o Quebec. Su defensa de los derechos de autor, una causa en la que se puede apuntar la condición de pionero del novelista -tenía sus motivos para esta reivindicación: abundaban al otro lado del Atlántico ediciones de sus obras por las que no recibía remuneración alguna- y su discurso en contra de la esclavitud provocaron que su estancia estuviese rodeada de polémica; pero en el libro en el que recogerá esta experiencia, Notas de América, Dickens no quiere, excepto en los capítulos finales en los que argumenta su oposición a la esclavitud y plantea algunas impresiones sobre el pueblo americano, cargar las tintas en la crítica, "incordiar a los lectores con mis propias deducciones y conclusiones"; su objetivo, afirma, es llevar desde una perspectiva sobria "a los lectores siempre conmigo, adonde quiera que yo fuera".

Desde el comienzo, cuando cuenta la decepción que le supone conocer las estrecheces del camarote del Britannia que le trasladará hasta Boston y describe las vicisitudes de un trayecto en extremo fatigoso, Dickens se abandona al placer de narrar y hace partícipe a su público de las vivencias que afronta. La cortesía que encuentra en la aduana, su admiración por las universidades americanas o la falta de pompa de los tribunales de Estados Unidos frente a la aparatosidad de los juicios británicos, la grata imagen que le dejarán Boston, Nueva York o Cincinatti -no ocurre así con Washington, que contempla como una ciudad pretenciosa, vacía e insalubre, "un monumento a un proyecto fenecido"- o la revelación que le supone Canadá, que ocupará, dice, "un lugar importante" en su memoria, están contadas con la maestría de quien sabe transmutar cada expedición en alta literatura.

Pero Notas de América no es sólo la crónica de un viaje, la colección de apuntes de un turista seducido por los paisajes nuevos que desfilan ante su mirada: también es el testimonio concienzudo de las condiciones en las que viven los seres humanos que Dickens va topándose en el camino. Esa preocupación por los más desfavorecidos que refleja su producción literaria se manifiesta aquí continuamente: sólo en Boston el escritor acudirá a un instituto para ciegos, un hospital para enfermos mentales, una casa para ancianos, una escuela para niños desamparados y un reformatorio para jóvenes delincuentes.

Dickens ya contempla que América, con su promesa de ser la tierra de las oportunidades, puede ser una trampa para los emigrantes que sueñan con un porvenir próspero. "Después de haber ahorrado y mendigado, de haber tomado prestado y de haberlo vendido todo para costearse el pasaje, se dirigieron a Nueva York esperando encontrar las calles pavimentadas de oro, pero las encontraron adoquinadas con piedras de verdad y muy duras. Las empresas flojeaban, no se necesitaban peones, y se podían conseguir puestos de trabajo, pero no remunerados. Regresaban a la patria aún más pobres de lo que se fueron", observa el autor sobre los desafortunados pasajeros que viajan en la bodega del barco que les devuelve a casa. Antes, en la embarcación que arribará a Montreal, ve en los hombres humildes que aceptan las circunstancias adversas una "sencilla lección en el libro de la vida". Entonces reflexiona sobre las dificultades de ser virtuoso cuando la pobreza acecha, se solidariza con quienes se descarrían debido a las penurias. "En muchas mansiones nobles vive un hombre, el mejor marido y padre, cuya valía en ambos papeles se pone con razón por las nubes (...) Cambiemos su situación social", propone, "de tal modo que en esas pequeñas criaturas que se le suben a las rodillas no verá los testimonios de su riqueza y su renombre, sino unos pequeños competidores por el pan de cada día...".

Dickens cree que al carácter de los americanos le falta sentido del humor y le sobra un temperamento "triste y aburrido" y cierta desconfianza. Detesta los "infames periódicos" que proliferan en Estados Unidos y desearía que sus ciudadanos fueran "menos materialistas y algo más idealistas". Defiende que son "indispensables más medios para la higiene personal" y que deben "revisarse a fondo los sistemas de ventilación, alcantarillado y depuración". Por todo ello su libro le inspira "pocas razones para pensar, a raíz de ciertas advertencias que he recibido desde mi regreso a Inglaterra, que será bien acogido por el pueblo americano". No ayudaban a ello las "pruebas y garantías" con las que respaldaba su rechazo a "la espantosa naturaleza" de la esclavitud. Con suma inteligencia ilustra las atrocidades del sistema valiéndose de anuncios publicados en la prensa. Cualquiera de esos mensajes informa de las injusticias que se cometían: "Huida una mujer y dos niños negros. Unos días antes de que ella se fuera, la marqué con un hierro candente en el lado izquierdo de la cara. Intenté dibujar la letra M".

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