Cuando una voz lo es todo

Suave, delicado y humeante, así suena Chet Baker (1929-1988) cuando canta. Pocos músicos han logrado como él mantener una imagen de joven prodigio, pese a que los años y los excesos dejaron una profunda huella en su rostro; pasados veinte años de su muerte su nombre sigue evocando elegancia y rebeldía casi adolescentes. El trompetista es un icono del jazz, con poca obra registrada, mucha leyenda oscura y un repertorio extraordinario, del que las grabaciones vocales sobresalen por su sencillo encanto, las mismas que contiene este Sings sessions (Gambit/ Fnac, 2008), uno de esos productos que la industria lanza cuando el calendario marca un aniversario, pero que por precio y contenido es una joya muy recomendable.

Escuchar a Chet Baker cantando es una delicia que invita a disfrutar del jazz, género musical que en otras formas puede resultar de difícil entrada. El modo en que el de Yale se volcó con estos 24 standards -aquí hay mucho Rogers-Hart, Gershwin, Cahn y Mercer-, durante sesiones en Los Ángeles entre 1953 y 1955, representa un hito y demuestra el talento y sensibilidad de este músico maldito.

La aproximación de Baker es intrínsecamente moderna, fuera de su tiempo, hasta el punto de que muchos avispados geniecillos de la electrónica lo absorbieron con alevosía en los 90; sin estas canciones no existirían Jay Jay Johanson, Perry Blake o Tim Hutton. Y qué más da, esa vieja apropiación no resta magia a las lecturas pausadas que este músico excesivo hizo de temas como My funny Valentine, But not for me o I remember you. Este disco es de los que merece la pena tener en la estantería, de verdad.

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