Callejuela del recuerdo

HAY calles que sólo recorremos en Semana Santa como existen también instantes que únicamente podemos revivir en esta Santa Semana. Muchas de ellas, más que calles, son pasadizos casi secretos que utilizamos para acortar distancias y evitar aglomeraciones mientras peregrinamos apresuradamente de la antigua curva del Águila a Carretería y desde Carretería al Llano de la Trinidad para reencontrar ante otra cruz guía aquella emoción que perdimos tras de un manto cualquiera. Ninguna de tales barreduelas, por céntrica que sea, posee suelos marmóreos o farolas fernandinas. Más bien todas ellas presentan calles rasgadas, baches como simas y, ¡ay!, enormes y vetustos caserones vacíos y en aparente ruina. Corralones sin vida, balcones desvencijados en su clausura forzada y acaso prematura. De la plaza de los Mártires a Puerta Nueva, las revueltas de Pozos Dulces tan calladas y sombrías, tan solitarias en la estrechez de sus paredes malheridas, son un vía crucis de temores y sollozos de chiquillos huérfanos. Y de la puerta de Granada a la plaza de Uncibay, por Tomás de Cózar ya no corretean niños ni huele a cocido. Las rejas que tantos anocheceres pelaron la pava están hoy embutidas en cemento, enterradas en un averno de especulación y de ausencia, ahogadas en una soledad tan de bulto y en un olvido tan denso, que hasta el aire que entre los portales corre ligero y fresco, a veces, corta el silencio con un silbo de lamento.

Por eso cuando zigzagueamos por el laberinto de esta recóndita trama urbana persiguiendo el rumor lejano de tambores, las viejas callejuelas recuperan el nervio. Corremos tras de las emociones buscando un reencuentro de capirotes y bambalinas en movimiento, pero en realidad es la ciudad vieja y malherida la que nos reencuentra a nosotros, recuperando, siquiera por un instante, el aliento.

Deteneos en cualquiera de esas calles un momento. Aguzad el oído, cerrad los párpados y escuchad su silencio. Poco a poco, como en un túnel del tiempo, descubriréis viejos nazarenos que surgen de las sombras, ecos de saetas por tonás que entre los recovecos derrotan al siglo moderno. Huele a miel y a canela, a torrijas de oro viejo. Canta un canario soñando surcar el cielo. Hay un murmullo de comadres que sentadas a la puerta de casa ríen y comentan mientras dan puntadas al dobladillo del misterio. Es Semana Santa y Málaga te crece por dentro. Rememoras a tus abuelos. Sus manos arrugadas y cálidas, aquellas sonrisas tiernas y el duro alegre que te daban para que compraras nazarenos de caramelo.

Mas a lo lejos resuenan clarines y timbales, y un grito te reclama secando el lagrimón de tu pupila: "Vámonos, hombre, que la procesión no espera". Y, porque es cierto que las horas no se detienen, te marchas a paso lento con un suspiro hondo y un hueco en las entrañas mientras el farol de la calle otra vez queda solo y brilla menos porque su luz temblorosa y tenue, como un recuerdo viejo y difuso, te la llevas en las entretelas del alma para ofrecérsela luego, regalo sencillo y sincero, a la Virgen Dolorosa que bajo el palio de las estrellas más quisieron tus abuelos.

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