Donde no alcanza la muerte

  • La Semana Santa toca hoy a su fin con un misterio que cristianos de todo el mundo y de todas las iglesias celebran como representación de la regeneración personal, de una nueva oportunidad brindada.

CUANDO lea usted estas líneas, el calendario litúrgico señalará la festividad del Domingo de Resurrección. Es una de las paradojas más amargas de la profesión periodística: el deber de narrar lo que acontece sabiendo que cuando el texto se haga público la realidad ya será, inevitablemente, otra. La Semana Santa toca hoy a su fin con un misterio que cristianos de todo el mundo y de todas las iglesias celebran como representación de la regeneración personal, de nueva oportunidad brindada, y que en el ámbito pagano que la calle ha vivido estos días se traduce en la procesión matinal del Resucitado y en cierta exultación familiar de disposición a la primaveral pereza, a los placeres cotidianos y peregrinos, al disfrute, si es que el tiempo lo permite, de un buen tentempié en la terraza más recomendada en compañía de los que se quiere, o de los que se soporta.

Pero el pasado viernes, como si desde entonces hubiese transcurrido un mundo entero, la situación era bien distinta: la del Viernes Santo volvió a ser una jornada recortada por la lluvia, en la que sólo salieron cuatro procesiones (Soledad de San Pablo, Piedad, Santo Sepulcro y Servitas; Dolores de San Juan, Descendimiento, Monte Calvario y Amor, por el contrario, decidieron permanecer en sus templos ante la más que seria amenaza de tormenta, dado que buena parte del día había transcurrido en pleno diluvio) pero en la que se contaron algunas imágenes más que dignas de aquel otro misterio, el que aconteció entonces: todo un Dios moría en las calles empapadas mientras a escasos metros cientos de jóvenes celebraban que el dionisíaco y larguísimo fin de semana continuaba a base de bares atestados, cabelleras engominadas y vestidos cortísimos. Por más que desfilaran los paraguas, aquella Pasión que trasladaba a la fría piedra del Sepulcro el cuerpo inerte de quien antes había pregonado la libertad y la compasión buscaba su hueco, igual que toda aquella enfebrecida juerga de la vida que se sabe corta y decide aprovechar hasta el último respiro para regalarse un gusto en realidad imposible.

Lo cierto es que en las salidas del Santo Traslado en la Trinidad, la Piedad en Capuchinos, el Santo Sepulcro en la calle Alcazabilla y Servitas en San Felipe Neri apenas cabía un alfiler: había ganas de desquitarse del mal sabor de boca que dejó el Jueves Santo, en el que sólo procesionó Mena, y jóvenes y mayores, familias al completo, turistas (también ellos, consolados, se quitaron la espina), curiosos, penitentes convencidos e incluso transeúntes que nada parecían tener que ver con aquello atestaron estos enclaves.

Luego, a lo largo de los trayectos, en los que no faltaron algunas lloviznas, las calles presentaron una afluencia sensiblemente menor a la de años anteriores, pero el misterio fue el mismo, éste sí entero y absoluto: el misterio de una muerte servida en bandeja para que conceder una esperanza al género humano más allá de esa misma muerte. O ¿a qué se debían, acaso, las lágrimas que corrieron por las mejillas de una mujer mayor que observaba la procesión del Sepulcro en la Plaza de la Merced, como si no hubiese consuelo para ella? ¿Por qué se apagan las luces del centro al paso de Servitas, mientras las oraciones susurradas se perfilaban en labios de personas toda condición, como si efectivamente aquél fuese un cortejo fúnebre? ¿Qué necesidad tenía una ciudad como Málaga y quienes la habitan de compartir ese luto, de descender a la soledad infinita de quien ha perdido a un ser querido? Resulta paradójico, y prueba de que la Semana Santa es tan cristiana como pagana, el hecho de que si en el cristianismo la Resurrección de Cristo ocupa el centro mismo de la fe y de la existencia, en la manifestación popular de la Pasión ésta supone apenas un detalle, un aditivo simbólico, frente al poderío conmovedor de su muerte, vejado y asfixiado en una cruz, luego encerrado en un sepulcro. La explicación es decididamente humana: sostener un artículo como la Resurrección, creer firmemente en que la piedra de ese sepulcro puede ser movida, requiere una fe mucho mayor de la que haría falta para mover montañas.

En el fondo, el corazón sabe que la muerte es el final, aunque quiera abrigar otra esperanza. Lo sabe porque lleva ya algunos muertos consigo, especialmente entre quienes cuentan más edad. Pero la muerte de Dios es además un fenómeno intrínseco a la conciencia humana: cada vez que un individuo se siente completamente solo y limitado, Dios ha muerto. Sólo un alemán loco llamado Nietzsche se atrevió a formular este argumento, y sólo una veleña llamada María Zambrano se atrevió a responder que el mismo estaba lleno de una enorme nostalgia de Dios. Así es: en el resumen de noticias, en todos los balances, las soledades y amarguras pesan más que los motivos para la esperanza. Y así ocurre desde que el ser humano sabe que no puede hacer frente a la muerte. Para su consuelo queda la idea de que ni siquiera el mismo Dios es capaz.

A LA ESPERA DE UN AÑO

Claro que donde más reinó el desconsuelo fue en la calle Fernando El Católico cuando se anunció que el Santísimo Cristo del Amor no saldría en procesión. Hubo lágrimas, abrazos de confraternización, alguna maldición silenciosa, expresiones diversas de aflicción. El Ubi charitas adquirió un tono distinto, aletargado, lóbrego. Una pequeña penitente parecía no encontrar alivio en las palabras de sus familiares mientras correteaba de un lado para otro, tal vez con la esperanza de que en algún momento alguien desmintiera el dictamen. Pero no, el Amor se tomaba el plazo de un año para que aquel milagro, el de su conquista en la calle, volviera a ocurrir. El problema de los milagros es que se toman su tiempo y sus plazos no siempre se corresponden con los humanos, y la gran paradoja de Málaga es que en sus calles, a pesar de su vocación de modernidad, la lluvia puede traducirse en tragedia sin que sucedan inundaciones. La misma escena se vivió en el Santuario de la Victoria, de donde no salió la procesión de Monte Calvario, así como en una iglesia de San Juan que recibió con infinita tristeza la noticia de que ni el Cristo de la Redención ni su Dolorosa recibirían el abrazo de los suyos al aire libre. En el Hospital Noble, el Descendimiento también tuvo que conformarse con las visitas de sus fieles, que durante horas guardaron cola para al menos reconfortarse con la contemplación de las imágenes.

La Trinidad, al menos, sí pudo reparar el mal sueño que venía viviendo desde que el pasado lunes no saliera el Cautivo en procesión: el reto lanzado por el Santo Traslado a la lluvia fue saludado con aplausos y flores, con la entrega de un barrio entero que necesita reencontrarse periódicamente con sus símbolos para mantener su identidad. Así lo vivió un trinitario, padre de familia, que había regresado a Málaga desde su residencia en Barcelona el pasado fin de semana y que lloró con hondura, según él mismo confesó, cuando tuvo que contentarse el Lunes Santo con ver al Cautivo en su casa hermandad; el viernes, en la Rampa de la Aurora, admitió al paso de Nuestra Señora de la Soledad que el viaje de vuelta le resultaría menos "en balde" de lo que había llegado a temer. En el Molinillo, la hermosísima estampa de la Piedad atravesó una tarde que viajaba hacia la noche entre nubes y sombras, el contexto idóneo para la muerte de un Hijo, recibida por los vecinos con sollozos y corazones encogidos.

La ciudad entera se rindió ante el Sepulcro, su imponente estampa, su espectacular evocación fúnebre, su monumental homenaje a la finitud. Otra señora delgada, enjuta, de melena blanca y pocas concesiones a la galería, lo expresó a la perfección en Carretería: "No somos nada". Hubo limones cascarúos, chucherías y cervezas a destajo en los puestos ambulantes, niños que tocaban a rabiar sus tambores de plástico, debates sobre el final de la Copa del Rey en casi cualquier esquina, muchachotes con las hormonas desatadas dispuestos a no dejar una presa viva aquella noche (Don Juan y sus burlones no descansan ni en Viernes Santo), japoneses que revisaban el contenido de sus tarjetas en sus carísimas cámaras digitales y hasta bandejas de jamón y mediasnoches que corrían regadas de fino en algunas tribunas mientras Cristo se desangraba a los pies de la bacanal. Pero el silencio lanzado desde el tambor sordo de Servitas logró imponerse a la jauría. Málaga rezaba mientras el Hijo de Dios descendía a los infiernos. Tal vez hay lugares a los que no alcanza la muerte.

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