"Creía que era un terremoto"

  • El balance del hundimiento de un minarete de una mezquita se eleva a 46 muertos

"Dejé de lavarme las manos -las ordinarias abluciones previas a la oración- para guardarle dos portátiles a dos amigos que ya iban a entrar en la mezquita y justo cuando volví a abrir el grifo, escuché un ruido muy fuerte. Fue como un terremoto. Se estaba cayendo el minarete. He tenido suerte y he salvado la vida", relata esbozando una sonrisa, obligaciones de la cortesía, Errajraji Abbas, que regenta un pequeño locutorio frente a un solar poblado de cascotes y una mezquita en ruinas. Con suma precisión y orden, como un periodista que soltara de carrerilla lo que anotó en su cuaderno, en un francés dignísimo, Errajraji desgrana el relato de la tragedia que costó la vida el viernes a 46 personas y dejó heridas a más de 70 en una antigua mezquita de finales del siglo XVII, construida en tiempos del sultán Mulay Ismail, de la antigua medina de Mequinez, una de las villas imperiales de Marruecos.

"Era la una en punto del mediodía, viernes, como usted sabe, el día más importante para la oración de los musulmanes. Justo antes de comenzar los rezos. Unas trescientas personas ya estaban dentro ya", relata el testigo directo de lo sucedido detrás del mostrador de su comercio. "Y otras trescientas estaban fuera", remata un policía que descansa sentado en una silla del locutorio.

Errajraji recuerda con nombres y apellidos la mayor parte de los fallecidos y los heridos. "El minarete se hundió a la una y cuarto. Fue un viejecito, Hassan Gabi, el primero que vi muerto. Estaba en la puerta. A partir de ahí entré y fui ayudando a sacar a los que encontramos después".

"Ha habido suerte, porque la torre no cayó sobre el centro de la mezquita, sino sobre un lateral. Afectó, digamos, a un cuarto de la superficie", explica uno de los policías que vigila la zona.

La tragedia se prolongó durante toda la tarde del viernes. A medianoche las fuerzas de seguridad lograban sacar sin vida a un niño que trabajaba en una pequeñita tienda artesana que se ubicaba en la esquina de la mezquita.

Los heridos permanecen repartidos entre los hospitales Militar Mulay Ismail y Mohamed V de Mequinez y el Universitario de Fez, la otra ciudad imperial, que se encuentra a unos pocos kilómetros de allí. Los rescates han concluido y ya no queda ningún cuerpo entre los escombros.

Tras pasar el bello arco de entrada que da acceso a esta parte de la parte vieja de la ciudad imperial, una gran explanada se abre, y en su centro, más de cincuenta personas rezan sobre una gran alfombra ensordecidas por la megafonía. Una carpa se ha instalado con un libro de condolencias. Los vecinos de Mequinez observan y esperan con resignación. "La torre era muy vieja, había llovido muy fuerte y, bueno, nuestro Dios", asegura Ahmed, que mira al cielo al intentar encontrar razones que expliquen la tragedia.

Sólo un taxista se atreve a señalar responsables de este mundo. "Ya había un dinero destinado a la restauración del minarete, porque era un peligro y estaba ruinoso, pero alguien se lo ha debido de llevar", explica el conductor de uno de los pequeños taxis azules, que asegura que las autoridades religiosas podrían haber evitado la catástrofe.

Cuando el cielo se encapota y la luz comienza a debilitarse, los policías deciden dar paso a la gente, que comienza a desfilar delante de los cascotes. Jóvenes ataviadas con pañuelos no se resisten a fotografiar las ruinas de la mezquita con sus teléfonos móviles. Todos miran pero pocos se detienen demasiado. Repiten con precisión las cifras de fallecidos y heridos. El silencio reina en esta tarde neblinosa e invernal. Todo ha pasado, con una rara normalidad.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios