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Rafael Padilla

Austeridad

NO hace falta ser un economista consagrado para entender perfectamente qué significa la austeridad. En realidad, no hace falta ni ser economista. En la España actual, millones de familias podrían ilustrarnos sobre cómo gestionar el gasto en época de crisis. Ellas han aprendido que la única manera de capear el temporal es racionalizar ese gasto, paliar la desesperante falta de ingresos gastando menos y, lo que es igual de importante, gastando mejor.

Esos conceptos tan básicos parecen escapárseles a los que dicen gobernarnos, a ese numeroso gremio de autoridades con derecho a utilizar el presupuesto y empeñado, aún, en prolongar estúpidamente una bonanza que otrora le permitía dilapidar los fondos públicos.

Se suceden, claro, las declaraciones rimbombantes y los propósitos de enmienda. Todos, del presidente al último cargo, afirman haber comprendido la dureza de los tiempos. Pero los ríos de dinero común, escaso y nuestro, siguen fluyendo hacia destinos no prioritarios, manteniendo estructuras inútiles, pagando lujos francamente inmorales en un país que se nos desmorona.

Por desgracia, la sinceridad de los políticos sólo resulta creíble cuando alcanza el aval de las disposiciones publicadas, negro sobre blanco, en los diarios oficiales. Su lectura, sin embargo, alienta pocas esperanzas. Dos ejemplos -hay cientos- me servirán para fundamentar mi desencanto. En el BOE de 31 de octubre de 2009 aparece un decreto del Ministerio de Ciencia e Innovación por el que se establece una subvención de concesión directa a la entidad Basque Culinary Center Fundazioa, un organismo al que pertenecen, además de la cooperativa Mondragón Unibertsitatea, personas tan destacadas como Subijana, Arzak, Martín Berasategui o Arguiñano. En esencia, se les concede la jugosa cantidad de 7 millones de euros para que continúen experimentando en la excelencia de sus fogones mientras revientan los comedores sociales, se recortan otros muchos proyectos de investigación y falta en demasiados hogares no ya una delicia nitrogenada, sino el modesto pan de cada día. El segundo, casi de anteayer, supone la enésima expresión de un amor provechoso y recompensado: en el BOE de 4 de febrero de 2010, el Ministerio de Cultura dicta las pertinentes resoluciones que ordenan las ayudas al cine español, casi 84 millones de euros entregados a una industria ruinosa, beneficiaria de un especial cariño que para sí quisieran miles de pymes hoy ahogadas por la morosidad de la Administración, la sordera de los bancos y el olvido trágico de su condición de motores fundamentales de la prosperidad y del empleo.

Pues nada, que siga la fiesta. Eso sí, de ese poder mentiroso, pródigo, frívolo e incompetente espero, al menos, que no tenga la poca vergüenza de solicitarnos a nosotros los sacrificios que él, porque ni le conviene, ni sabe, ni quiere, no está dispuesto a realizar.

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