EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Dogmas

UN viejo sacerdote, amigo mío desde hace muchos años, me comentaba hace poco lo desalentado que se sentía por el rumbo que había tomado la Iglesia católica en los últimos tiempos. "Casi no reconozco la Iglesia actual", me dijo una tarde, "es como si la hubieran ocupado sus peores enemigos". Mi amigo pertenece a una familia muy humilde, pero logró estudiar en la Universidad Gregoriana de Roma, aprendió hebreo y arameo, y en los años 50 vivió en Jerusalén y trabajó con el equipo de investigadores que estudiaron los papiros de Qumrán. Luego fue párroco en Mallorca y capellán de una cárcel, y mientras tanto estudió el pensamiento zen y escribió libros de poesía. Ahora se ha retirado a un pequeño pueblo de Castilla, donde se dedica a pensar y a escribir, en una especie de semi-exilio que él mismo se ha impuesto.

Por sus conocimientos, por su fe, por su experiencia vital, mi amigo podría ser profesor de seminario o un inmejorable representante institucional de la Iglesia, pero nada de esto ha sido posible. "La Iglesia actual no está muy interesada en darme una ocupación", me dijo aquella tarde, mientras hablábamos de las cosas en las que ahora tenía que ocupar su tiempo, como sus viajes por el interior de Castilla, ya que el paisaje castellano le parecía -y con razón- uno de los más bellos del mundo, o su interés por los yacimientos de Atapuerca, que se había puesto a estudiar con el mismo entusiasmo que hace cincuenta años dedicó a los papiros del Mar Muerto.

Mi amigo es una de las personas más inteligentes que conozco y sus sermones son un prodigio de erudición y belleza. En la boda de mi hermano -que él ofició-, nos hizo una extraordinaria disertación sobre la etimología hebrea de la palabra "hombre", que para él estaba unida indisolublemente a la palabra "tierra", pero también a la palabra "amor". Recuerdo que me comentaba con amargura que la palabra "amor" había desaparecido casi por completo de la terminología oficial de la Iglesia, que ahora sólo parecía preocupada por las cuestiones del dogma. "Ni siquiera estoy seguro de que sean conscientes de la belleza de los Evangelios", me dijo de los personajes que dirigían la jerarquía eclesial. "En vez de hablar de Cáritas o de las misiones, sólo les preocupa saber si has pecado o no has pecado. Están tan obsesionados con el dogma que parecen enfermos", me dijo, y yo supe lo triste que se sentía al decir aquello.

Estos días, cuando he oído al arzobispo de Valladolid desautorizando a Soraya Sáenz de Santamaría como pregonera de la Semana Santa de la ciudad, ya que no está casada por la Iglesia, me he acordado de las palabras de mi amigo: "Parecen contables que se dedican a contar pecados como si estuvieran contando billetes". Me temo que tenía razón.

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