Los terroristas no se han rendido

EL ministro del Interior, Jorge Fernández, ha resumido certeramente la situación: "La gente de bien no va armada por la calle". Se refería a la detención, el domingo, en Francia de tres miembros del aparato logístico de la banda terrorista ETA. Los tres llevaban armas, numerosas identidades falsas y elementos materiales para la fabricación de explosivos, adquiridos después de suspender sus acciones violentas. Una demostración inequívoca de que ETA puede estar en tregua -porque no le ha quedado otro remedio tras los duros reveses policiales y judiciales de los últimos años-, pero no se ha disuelto, ni ha dejado las armas ni se dispone a aceptar el juego democrático sin reservas ni cautelas. Este no es un hecho aislado, sino que se produce en el contexto de una movilización a favor del acercamiento de los presos y su puesta en libertad progresiva (y más adelante, la imposible amnistía) y contra la legislación antiterrorista que tanto bien ha hecho a la causa de la libertad en el País Vasco, así como de una creciente radicalización de los abertzales situados en las instituciones democráticas. Todo ello obedece a una estrategia: convertir la tregua que significó la derrota material de ETA en un instrumento más para el logro de las exigencias del nacionalismo radical y totalitario y atribuir a ETA el papel de supremo vigilante de la satisfacción de dichas reivindicaciones, con potestad de volver a matar y a coaccionar si no se avanza en el proceso que ellos llaman de democratización y liberación de Euskal Herria. Lógicamente, se trata de un chantaje intolerable. La política penitenciaria seguirá siendo individualizada y basada en las circunstancias de cada terrorista preso concreto, en su arrepentimiento y deseo de reparación, y la Guardia Civil y la Policía, nacional y autonómica, continuarán actuando mientras siga existiendo ETA y su disolución no sea definitiva. Es lo que ha repetido el ministro y lo que la sociedad española espera y respalda. La detención de estos tres etarras no será, pues, la última si ETA no desaparece de la vida española.

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