Opinión

Manuel J. Lombardo

La 'justicia' de los premios

CREER en la justicia de los premios es como creer en los Reyes Magos o creer que te va a tocar la lotería sin ni siquiera haber comprado el boleto. Sin embargo, solemos cabrearnos si el premio en cuestión no va a parar a nuestro favorito, a quien nos gusta y estremece, o sea, al mejor.

Esta frustración aumenta además en una época en la que ya todo se premia, especialmente en el ámbito de la cultura o el entretenimiento, una industria que siempre tuvo claro que la mejor promoción para alargar la vida de cualquier producto de temporada era hacerlo pasar dos veces por caja.

La historia de los Oscar está repleta de excelentes películas sin premio y de películas mediocres con varias estatuillas. También de inertes debates postreros sobre los merecimientos o desmerecimientos de una cosa o la otra, como si la justicia o la calidad tuvieran algo que ver con el éxito o el desprecio.

Se olvida, nos olvidamos, de que en la carrera final por el Oscar hay más intereses, codazos, pisotones y estrategias de compra de votos que estrictos criterios de excelencia o incluso de gusto personal a la hora de elegir al ganador, categoría a categoría.

Son ya legendarias en el negocio las sucias artimañas de los hermanos Weinstein en la época de Miramax, sabido es cómo gastaban más dinero en fiestas, regalos personales y actos promocionales que en las propias películas.

No me cabe duda de que la victoria de Birdman en esta edición tiene que ver tanto con con la presión de sus productores, la campaña de sus publicistas o del potente lobby mexicano de la industria del cine que con su propia capacidad de seducción entre los académicos, ese ente difuso en el que coexisten viejas glorias jubiladas que dejaron de ver cine en 1986 con los premiados o nominados de las últimas ediciones, conservadores recalcitrantes con profesionales venidos de Europa, Latinoamérica o Asia con inquietudes regeneradoras, miembros del lobby afroamericano y del lobby homosexual, pacifistas y socios de la Asociación del Rifle.

La cosa es que, como en todo premio, un puñado de elegidos selecciona y sanciona lo que muchos piensan que es una realidad justa o una tendencia. O sea, se nos hace creer que en la poco transparente "democracia" de los votos secretos de los académicos reside la sentencia ecuánime de toda una profesión y la manera en que ésta quiere exportar su imagen al mundo.

Este año tocaba, por lo visto, una suerte de autoexpiación en clave "el show debe continuar", un mensaje redentor para estrellas caídas en desgracia, un canto a la profesión y al oficio del actor en falso plano-secuencia para amantes del (falso) virtuosismo y sus atléticos operadores de cámara. No tocaba, al parecer, premiar el cine sin atributos, el cine-río como trabajo del tiempo y la realidad cambiante, como puente entre la vida y la ficción, como proceso abierto a lo contingente, como espejo en el que mirar no tanto hacia uno mismo y su ombligo como hacia fuera, hacia los márgenes del encuadre.

En fin, que la celebren los ganadores. Por suerte, el cine y la vida sin premios continúan.

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